16 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 36



Ya con esa información salimos del mesón en dirección al convento, del que nos separaban apenas veinte Kilómetros. Durante el camino fuimos discutiendo qué actitud sería más adecuada para adoptar con su hija y ambas llegamos al acuerdo de que como era cuestión de días que la identidad de Claudia saliese a la luz, sería mejor que Marina se enterase por su madre.
-No sé si seré capaz de decírselo a la cara.
-Lo serás-la animé, apretándole la mano un segundo, para volver a colocarla al volante. Piensa tan solo que si no lo haces las consecuencias serán peores para ambas.
-Pero se enfadará-opuso ella en voz baja, frotando el muslo para sacar una mancha imaginaria del pantalón.
-Si-convine con voz serena. Claro que se enfadará; es normal que lo haga por otra parte. Pero luego recapacitará, porque eres su madre y se alegrará de verte feliz.
-¿Tú estás segura?
-Pues segura, segura… ¿quién está seguro de algo en esta vida? Yo solo te digo que entre padres e hijos, por más problemas que haya, siempre se acaban diluyendo.
Ya habíamos llegado al convento, que estaba en un lugar apartado, en medio de un bosque de pinos y castaños. La torre del campanario se erguía, enhiesta y orgullosa, como pretendiendo tocar ese cielo que había estado azul hasta hacía unos minutos y ahora se veía algo encapotado y ya de color gris. Me ajusté más la chaqueta cuando salí del coche; el aire había refrescado. Nuestros pasos retumbaban en el silencio de la tarde sobre el patio enlosado que llevaba a la entrada principal donde destacaba un enorme portal de hierro forjado con una enorme aldaba, que pesaba lo suyo, según tuve ocasión de comprobar cuando la levanté para llamar. Después de al menos cinco minutos nos abrió una monja mayor, con la cara llena de arrugas y la espalda encorvada.
-Buenas tardes- saludé. Hemos venido a ver a la Madre Superiora. Me citó a las cinco.
Asintió con la cabeza y nos hizo un ademán para que la siguiésemos. Caminamos tras ella, algo sobrecogidas, como dos niñas pequeñas a las que conducen por primera vez al confesionario antes de la primera comunión. Me arrepentí de haberme puesto tacones; resonaban como disparos en el silencio sepulcral. Creo que Nuria pensó lo mismo porque me miró con reproche, haciéndome un gesto de reprobación con la cabeza. Me encogí de hombros como diciéndole que no era culpa mía. Llegamos a una sala cuadrada con unos sillones de madera de castaño cuyo tapizado había conocido tiempos mejores y una mesa pesada, con las patas torneadas. La monja habló por primera vez, con las manos escondidas entre las amplias mangas y la cabeza gacha. Su voz era ronca.
-Usted espere aquí-le dijo a Nuria. Puedo traerle una tisana si lo desea. Aquí no tenemos café ni esos vicios terrenales-dijo, con desprecio. Y usted-me dijo a mí señalándome con un ademán de su puntiaguda barbilla-sígame hasta el despacho de la Madre Superiora. ¿Quiere la tisana, por fin?-le preguntó a Nuria de mala gana. Y la aludida negó con la cabeza, asustada, dando las gracias con voz queda.
La seguí por un interminable pasillo enlosado donde mis tacones seguían haciendo de las suyas y aquella monja malhumorada me miraba con cara de pocos amigos. Por fin llegamos hasta una puerta de madera oscura, dividida en cuarterones labrados. Casi antes de que la monja tocase a la puerta alguien desde dentro nos mandó pasar. La anciana abrió, se hizo a un lado y me dejó que entrase. Entré como la niña pequeña que espera la reprimenda en el despacho del director de colegio. Al otro lado de la mesa estaba una mujer vestida con el mismo hábito de monja que la anciana que me había recibido, pero esta vez la toca enmarcaba una cara todavía joven y llena de gracia. No sé como sería su pelo, de qué color, me imagino que habría predominado el negro de su madre, pero la cara era muy parecida a la mía. Los mismos ojos almendrados y de color gris, la misma boca ancha y una nariz igualmente pequeña y salpicada de pecas. Cuando se puso de pie comprobé que era bastante más alta que yo y también algo más robusta.
-Bienvenida, Guiomar.
-Hola, Leonor. Bueno-dudé-no sé si es correcto que te llame así. ¿Debo llamarte Madre?
Ella se echó a reír con una risa franca y profunda, la misma que había tenido mi padre.
-En todo caso hermana se aproxima más a la realidad, ¿no? Leonor está bien. Soy Madre para las demás monjas, pero quiero que me trates como a una persona normal. Las monjas lo somos.
Asentí con la cabeza, sin saber qué decir ahora que estaba allí. Miré la estancia con disimulo; era amplia de tamaño pero se encontraba casi vacía: una mesa de madera de teca que hacía las veces de escritorio, una estantería desde el suelo al techo que cubría toda una pared, un sillón para Leonor y una silla más sencilla al otro lado de la mesa. Ni un jarrón con flores, ni una alfombra…No se podía decir que las religiosas de este convento viviesen a cuerpo de rey.
Me miró de arriba abajo, como valorando lo que veía. Y se echó a reír. No supe cómo interpretar su risa; quizá no me había vestido de manera adecuada y mi vestido primaveral de florecitas con zapatos de tacón y una chaqueta negra no fuesen adecuados. Ella pareció leerme el pensamiento.
-No me río de ti, no te sientas molesta, por favor. Me río de la fijación de nuestro padre por Machado. Dos hijas; Guiomar y Leonor. No es tener demasiada imaginación, ¿no?
También yo me reí, un poco para romper el hielo dela situación, pero también aliviada de saber que mi hermana, por lo menos, tenía sentido del humor. Siempre es más fácil llevarse bien con las personas que saben ver el lado gracioso de la vida. Me hizo ademán para que me sentase y una vez que estuvimos la una frente a la otra, se detuvo a contemplarme con tiempo, al igual que yo a ella. Al cabo de un rato abrió un cajón de su mesa y para mi sorpresa sacó un paquete de cigarrillos, y con mano experta que indicaba que el gesto le era familiar, sacó uno y me ofreció a mí.
-Gracias, no fumo-rechacé.
-Y te extraña que yo lo haga-afirmó mientras encendía el cigarro y daba una primera calada que transformó su cara en puro placer. No me lo permito todos los días, solo de vez en cuando, pero es un vicio terrenal al que no soy capaz de renunciar por más que cada vez que me confieso me arrepienta sinceramente.
Me eché a reír. Me gustaba aquella hermana recién estrenada. Había algo en sus ojos que me decían que, al igual que yo, era transparente como el cristal y que en ella no cabía la mentira ni el disimulo.
-Sí, supongo que me ha extrañado. Es que-le expliqué, abriendo las manos como para que me entendiese mejor-eres la primera monja que conozco. Y la ignorancia, ya sabes, actuamos basándonos en arquetipos. Supongo que las monjas de ahora poco tienen que ver con las del siglo XIX.
-Pues depende-dijo, solazándose en las volutas de humo que se elevaban hacia el techo-aquí hay algunas de las hermanas que más o menos tienen las mismas ideas que entonces. Las de más edad-me aclaró. Pero no, en general, hasta las monjas hemos cambiado.

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