17 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 37



Se detuvo a rebuscar en el cajón, del que sacó un platito de madera que hacía las veces de cenicero y sacudió el cigarrillo, deteniéndose en el acto, como pensando qué decir a continuación.
-¿Fue tu madre quien te habló de mí?-me preguntó por fin.
-Si-admití. Creo que no fue algo premeditado por su parte, sino que más bien surgió en una de las muchas discusiones que tenemos por el tremendo pecado de estar divorciada.
-¿Por qué?
-¿Por qué discutimos por eso o por qué estoy divorciada?
Sonrió, sin dejar de mirarme. Era lo más parecido a tener un espejo enfrente.
-Por qué las dos cosas-me respondió.
Me arrellané en la silla, si es que esa palabra se podía emplear para este instrumento de tortura medieval en el que empezaban a dolerme todos los huesos.
-Discutimos porque mi madre cree que todo debe hacerse según su criterio y para ella la familia es lo primero; hay que anteponer su unión al hecho de la felicidad propia. Y me divorcié pues precisamente porque no era feliz con mi marido.
-¿Te engañaba?
-No, que yo sepa. Pero aunque te parezca mentira no todos los divorcios suceden por cuernos. En mi caso me cansé de cenar frente a una momia que no tenía nada que decirme y que incluso el pan me lo pedía por señas. Me cansé de estar sola en compañía-resumí.
Leonor siguió con la tanda de sorpresas cuando se levantó y sacó de un armario una botella de brandy y dos copas.
-Si me dices que no bebes, pensaré que ha sido una desgracia que me hayas encontrado-me advirtió
-Sí, me tomo mis copitas de vez en cuando, aunque eso tan fuerte no me gusta. Lo mío es más el vino y el chinchón tampoco está mal. Pero es que…he traído coche.
-Bueno, pues beberé sola. No creas, no soy una viciosa, esto solo lo hago en ocasiones especiales, y supongo que la de hoy lo es. Y dime-siguió con su interrogatorio-¿qué sentiste al saber de la existencia de mi madre y de la mía?
-Pues no te voy a negar que al principio sentí mucha rabia y mucho enfado.
-¿Contra nosotras?
-Contra mi padre, nuestro padre-me corregí. Le odié por engañar a mi madre, aunque ella se encargó de decirme que la situación era conocida por todos los afectados, menos por mi hermano y por mí, al parecer. ¿Tú supiste siempre que él tenía otra familia?
-Siempre, siempre, pues supongo que no. No recuerdo exactamente cuándo se habló de eso. Supongo que a los cinco o seis años, cuando empecé a hacer preguntas porque me extrañaba que mi papá durmiese casi siempre fuera de casa o que pocas veces me llevase al parque.
-¿Y cómo te sentó?
-No lo sé. Supongo que en aquel momento no alcancé a entender del todo la situación. Empecé a sentirme mal con el asunto en la adolescencia, ya sabes, en la etapa rebelde que todos pasamos. Fue entonces cuando empecé a rondar tu casa, hasta que un día mi madre me pilló y me mandó interna a un colegio.
La información me dejó algo descolocada.
-¿Por qué? –le pregunté sin rodeos.
-No me dio ninguna explicación. Mi madre no consideraba entonces que yo mereciese explicaciones. Era su hija y mi deber era obedecerla. Pero supongo que no quería causarle problemas a nuestro padre, y como yo había amenazado varias veces con descubrirlo todo…
-Dime la verdad; ¿nos odiabas?
-¿A quién?
-A mi madre, a mi hermano y a mi…no sé, saber que había otra familia.
-Pues no sé qué decirte. ¿Era odio? No lo sé, la verdad, quizá más bien envidia, resentimiento. Mi padre pasaba más tiempo en aquella casa que en la nuestra, yo solo le tenía de vez en cuando y jamás fue al colegio a hablar con los profesores, nunca me llevó al circo…
Ambas nos quedamos calladas; ella me imagino que debido al dolor que le producían los recuerdos y yo porque no sabía qué decirle ni cómo consolarla. Tenía toda la razón del mundo para sentirse mal; la habían privado de una parte importante de su infancia.
-Pero esas cosas son pasado-dijo al fin Leonor, moviendo la mano por delante de la cara, como si espantase una mosca. Y en todo caso tú no tenías ni tienes culpa de nada. Dice mucho en tu favor que me hayas buscado al enterarte.
-Supongo que soy curiosa-dije, para quitarle importancia. Por cierto, tengo una pregunta que no sé si hacerte, a lo mejor te ofende, pero desde que entré estoy deseando saber por qué te hiciste monja.
Se ajustó la toca sobre la cabeza y luego unió los dedos índice y pulgar de ambas manos y las dejó reposar encima de la mesa, como poniendo en orden sus ideas.
-¿Qué por qué me hice monja?
-Sí, tengo curiosidad por saber el motivo por el cual una mujer joven como tú se ha ido del mundo.
-Te equivocas, vivo en el mundo igual que tú, pero de otra manera. Y a tu pregunta te diré que me hice monja porque me pareció lo mejor que podía hacer en aquel momento.
-Eres consciente de que no me has contestado, ¿verdad?
-Lo soy-dijo, sirviéndose más brandy. Luego tendré que comer caramelos de menta para no oler a alcohol cuando me reúna con las hermanas-comentó, como al descuido. Te contaré la historia, si quieres, aunque no es algo que me agrade recordar.





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