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LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 38




Tomó aliento antes de seguir y encendió otro cigarrillo. Y despacio, sin mirarme, empezó a recordar.
-Estudié Medicina, ¿lo sabías?-como negué con la cabeza, siguió hablando. En el último curso conocí a Pavel.
-¿Pavel?-la interrumpí.
-Era ruso-explicó-y aunque ya llevaba unos años en España estudiando, no habíamos coincidido. Empezamos a salir; nos enamoramos. Bueno, si he de ser sincera, supongo que yo fui la primera que me enamoré. Era el hombre más guapo que he conocido. ¿Conoces esa canción que dice “era hermoso y rubio como la cerveza”?
-La conozco-asentí.
-Pues Pavel era así. Prácticamente fui yo quien se declaró; él era muy tímido. Pero gracias a mi falta de pudor, como diría mi madre, al año siguiente estábamos casados y dos años después trabajábamos en un hospital y teníamos un bebé recién nacido. Todo era perfecto.
Se detuvo, y esta vez se sirvió un vaso de agua de una jarra que tenía a su lado. Bebió un sorbo y juraría que hizo esfuerzos por que las lágrimas no asomasen a sus ojos.
-Pero mi madre solía decirme que cuando la felicidad parece completa siempre pasa algo que lo estropea. Por esos temores que me infundió desde la infancia, me imagino que a causa de su propia infelicidad, yo me levantaba cada mañana con el corazón saltando de gozo pero también con el temor de que en un momento pudiese perder lo que tenía. Era la primera vez en mi vida que me encontraba completamente bien, y no estaba acostumbrada a esa sensación. Tenía motivos para temer, porque cuando nuestro hijo cumplió un año les perdí a ambos.
Me aferré a los brazos de la silla, sin saber, una vez más, qué decir. Pero ella siguió hablando con voz monocorde y sin mirarme.
-Yo tenía guardia esa tarde y Pavel salió a la pastelería a recoger la tarta de cumpleaños. No tenía con quien dejar a Sergei y se lo llevó consigo. Un camión que se saltó el STOP les mató a los dos-dijo simplemente, sin que su voz cambiase de tono. Y cuando lo supe…supongo que pensé que era una lástima que yo no fuese también con ellos en el coche.
-Y te refugiaste en la religión.
-No; me refugié en la mala vida-me contestó. -Empecé a beber demasiado, a drogarme de vez en cuando, a meterme en la cama del primer hombre que me dijese una palabra amable…a descuidar mi profesión. Era un deshecho humano-resumió cáusticamente.
-¿Y qué te hizo cambiar?
-Una noche en que volvía de hacer guardia en el hospital me detuve en un bar para emborracharme. Estaba harta; mi jefe me había soltado una merecida bronca por mis descuidos y ya no podía más. No sé cuántas copas me tomé; pero salí de allí bastante bebida y estuve a punto de causar un accidente con otro coche en el que viajaba una familia con un bebé. Por suerte no pasó nada; pero a mí se me abrieron los ojos y comprendí que podía destrozar mi vida pero no la de mis semejantes. Así que con mucha voluntad dejé de beber compulsivamente y empecé a frecuentar el colegio de monjas en donde había estudiado. Me daba mucha paz pasear por el claustro y hablar con una monja que me había dado clases de Filosofía. Empecé a curar a las niñas que tenían acogidas una vez a la semana y descubrí que haciendo algo por los demás me encontraba mejor.
-Pero podrías haber hecho mucho por los demás sin ser monja.
-Podría, si-aceptó, aplastando el cigarrillo en el cenicero con algo parecido a la rabia contenida. Pero ocurre que descubrí que los conventos y la cercanía de Dios me daban paz y me ayudaban a estar mejor.
-Pero, ¿no dicen que Dios está en todas partes?-le pregunté, tercamente.
Se echó a reír con sarcasmo.
-Eres contundente y no te dejas nada dentro, ¿eh? Si, Dios está en todas partes pero en el silencio de los conventos o junto a los que sufren más es más fácil oírle que ahí afuera.
Mi hermana y yo nos despedimos con un abrazo apretado y sincero. Apenas me dio tiempo a contarle algo de mi vida en aquel primer encuentro; pero nos prometimos que cada mes nos dedicaríamos un día entero para las dos. Había muchas cosas pendientes qué hablar, muchos sentimientos a los que dejar salir a la luz, y sobre todo, ahora que nos habíamos encontrado no quería que todo se redujese a una simple entrevista de menos de una hora.

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UN MAÑANA

Han huido en silencio
las palabras.

Se ha secado de repente
mi garganta,
todo me huye, como si
con mis manos hubiese
levantado un puente
de plata que me abre
otro camino, que de todo
lo viejo me separa.

Un camino que me aleja
poco a poco de un dolor
inútil del que ya
no va quedando
más que un rescoldo,
ese que nunca se apaga.

No sé qué decir,
mejor será no
decir nada.

Se ha congelado mi
voz, solo puedo
quemar antiguas esperanzas
y tejer un nuevo
manto que abrigue
mi Mañana.

PIEZAS ROTAS

Como las piezas rotas de
un juguete desechado,
como las alas arrancadas
de un pájaro enjaulado,
como trozos de hueso
que estaban desencajados,
así, amor,tú yo
nos hemos juntado.

Y de dos realidades
dolidas y amargas
poco a poco y
en silencio,
mezclando risas y lágrimas,
estamos creando un
muevo mundo,
un lugar en donde
ocupe el sitio
principal la Esperanza.

Y a veces daremos pasos
de ciego,
caminaremos en falso,
nos dolerá la espalda
de cargar con un
equipaje que no es
nuestro, que alguien
nos ha ido prestando,
casi de soslayo
y sin dar la cara.

Pero si tus manos me sujetan,
podré, amor, subir la montaña,
llegar sonriente a la meta
y vaciar mi mirada en la tuya,
mientras mis dedos recorren
tu cara.

Y tu risa será mi trofeo,
tus abrazos los que apaguen la
sed de mi garganta,
tu pecho mi refugio,
y tus ojos mi mar
por fin en calma.

AMOR EN ZAPATILLAS

Quiero un amor
en zapatillas, un amor
de mañanas mojadas,,
de sonrisas azules,
de violetas envueltas
a veces en lágrimas.

Un amor que no
lleve prisas,
que no me dé la
razón para tenerme
callada,
quiero un amor
que esté a mi
lado aunque la
mañana me encuentre
despeinada.

Un amor que no
juzgue mis palabras,
a veces vanas, que
ame mis olvidos como
se quiere una noche
estrellada.

Un amor que se ría
de mis torpes
incongruencias, y me
las rebata; un amor
que sepa leer mi
mente cuando no puedo
más que estar
callada.

CONFÍO

Llévame de la mano
por campos nevados,
hazme ver la luz de
la luna que asoma
entre torres de aurora,
quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
la bruma del norte
me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.


ESPERA

Hemos regresado, amor,
de muchas vidas pasadas,
de amaneceres ocultos
entre brumas que le
daban a la felicidad
la espalda;
de miedos robados al
tiempo, de deseos silentes
que no pronunciábamos en
voz alta.

Y ahora, de la mano,
destejemos embrollos
que a veces nos velan
la mirada,
limpiamos de guijarros
el camino, abrimos
veredas donde antes
solo había zarzas
y montes de espinos
que en las plantas
de los pies
se nos clavaban.

¡Y es tan largo el
camino, amor, que
algunas noches yo
llego a la cama cansada!
Y ansío tus brazos
que me arrullen sin
palabras, quiero
tus dedos recorriendo
mi espalda,
trazando surcos
en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
como lo hace la azada
en la tierra, en la
hierba la guadaña.

Solo dime que tras
el invierno llegará
la primavera, verde
y blanca, preñada
de flores hermosas,
cargada de nubes
que no huelan a
amenaza.