21 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 39



Nuria me esperaba en la misma salita en donde la había dejado. Sentí remordimientos cuando me di cuenta de que casi me había olvidado de ella. Como recompensa, le dije que la invitaba a cenar en mi casa.
-No quiero darte trabajo; después de todo este tiempo conduciendo no tendrás ganas de preparar una cena.
-No te preocupes, tomaremos algo sencillo. Y si tanto te remuerde la conciencia, me ayudas a cocinar y se acabaron los remordimientos.
Aceptó con una sonrisa y de común acuerdo durante el viaje de vuelta no hablamos de nada que nos recordase a los problemas que cada una de nosotras arrastraba. Nos limitamos a escuchar música y comentar los últimos libros que habíamos leído. Fue en la sobremesa cuando volvimos al problema en el que Nuria estaba inmersa.
-Entonces-me dijo mientras recogía los platos de ambas y los dejaba en el fregadero- tú opinas que debo tomar el toro por los cuernos, nunca mejor dicho, y hablar directamente con mi hija.
-Pues sí, es lo que pienso. Aunque al principio se enfade, luego valorará que hayas sido sincera. Y además, piensa que es cosa de poco tiempo que sepa la identidad de Claudia. Por cierto, ¿es que tu hija no tenía su correo? Me extraña, siento tan amigas.
-No te extrañes; es que a pesar de todo, hemos tomado nuestras precauciones; las dos creamos cuentas nuevas de correo para comunicarnos.
Asentí, sintiéndome algo tonta. La verdad es que era una verdadera suerte que nunca hubiese tenido que engañar a nadie, porque me pillarían enseguida; siempre he carecido de eso que mi abuela llamaba picardía.
-Lo que no sé-continuó ella-es en qué momento se lo puedo decir.
Limpié las migas del mantel mientras pensaba qué complicadas somos las mujeres; casi todas le damos mil vueltas a las cosas y lo preparamos todo cuidadosamente. Un hombre rara vez se haría esas preguntas.
-Intenta hacerlo en un momento en que las dos os encontréis cómodas. No sé, invítala a comer o la llevas de compras.
-Mi hija y yo no estamos demasiado unidas-me confesó.
Le apreté el antebrazo, en señal de solidaridad.
-Si te sirve de consuelo, Irina siempre se ha sentido mejor con su padre que conmigo. Es como si me viese como a una rival; no sé. Cuando estoy con ella, al menos desde que me he divorciado de su padre, tengo la sensación de que me está analizando, de que mide y pesa cada uno de mis gestos o movimientos.
-Ya veo entonces que me entiendes.
Se quedó pensativa durante unos minutos, mirando fijamente a un punto indeterminado de la cocina.
-Creo que se lo diré cuando vayamos a ver a mi madre a su residencia el próximo fin de semana. Ella quiere mucho a su abuela y estará más vulnerable. Siento que es aprovecharme, pero necesito tener algo a mi favor. En contra ya tengo bastante.
-Me parece buena idea. Y tal vez tu madre te pueda ayudar-aventuré.
-Lo dudo-dijo, esbozando una sonrisa amarga. Mi madre tiene demencia senil y hace ya un par de años que no nos reconoce, ni a su nieta ni a mí. Y quizá sea mejor así, que no se entere de nada. No podría con sus reproches.
-Siento lo de tu madre-le dije. Pero no aventures nada; si tuviese conocimiento quizá entendiese tu situación. No sabes lo que las madres son capaces de entender cuando la felicidad de sus hijos depende de eso.
-Puede que tengas razón-manifestó, dudosa. Y ya me tengo que ir, de verdad. Es demasiado tarde y las dos estamos cansadas. Te agradezco mucho que me hayas dejado pasar tu lado este domingo. Me ha hecho mucho bien que hayamos hablado.
Me dio un abrazo a la puerta y no me permitió que sacase el coche para llevarla a casa; solo después de insistir consintió en que le pidiese un taxi.
Apenas la había despedido cuando sonó el teléfono. Era Alexander; ahora siempre me llamaba él; yo le había dicho después de una discusión que nunca más le volvería a telefonear a no ser por fuerza mayor y él lo respetaba. Decidí dejar de hacerlo porque me entristecía mucho llamarle y que siempre pareciese estar ocupado y deseando dar por terminada la conversación. Sin embargo, cuando era él quien llamaba, nunca parecía tener prisa. Otra de las peculiaridades de este hombre que había entrado sin permiso en mi vida. Cuando ponía en una balanza lo bueno y lo malo de Alexander, porque nadie hay perfecto; es indudable que lo bueno pesaba mucho más; aunque las pequeñas cosas que me desagradaban estaban ahí y me resultaba difícil eludirlas. No son iguales los amores de juventud que los que nos trae la edad madura. Cuando somos jóvenes nuestra propia inconsciencia nos impide ver más allá de la locura del momento y no nos fijamos en los detalles. Y por desgracia, con la edad y los fracasos a nuestras espaldas, pasamos por alto muy pocas cosas. En todo caso la conversación de aquella noche fue muy agradable y duró casi una hora. Me contó novedades relacionadas con los mellizos, que al parecer estaban muy ilusionados con nuestro próximo viaje; incuso Flavia se mostraba encantada con la idea de unas pequeñas vacaciones, aunque fuese soportando mi presencia. Yo solo le conté que había pasado un día agradable con Nuria, y que había intentado ayudarle con sus problemas. No le conté nada de Leonor. No sé realmente por qué, pero prefería decírselo cuando nos viésemos.

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