22 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 40



Empecé la semana con tranquilidad, pero cuando el martes nos reunimos en casa de Leticia, comenzaron los problemas de nuevo. Parecía que a todas nos había mirado un tuerto. Sara Patricia llegó como un alma en pena, sin maquillarse, con unos vaqueros andrajosos y una camiseta descolorida que había visto mejores tiempos. Se dejó caer en el sofá y a los dos minutos había pedido una copa de chinchón. Mala, mala señal. Las ojeras le llegaban al suelo y según pude observar había vuelto a morderse las uñas. Leticia empezó a hacerle muchas fiestas y cucamonas, pero confieso que a mí se me estaba acabando ya la paciencia con esta caterva de descerebradas que no salían de una para meterse en la siguiente.
-¿Y a ti que te pasa? ¿Qué tripa se te ha roto ahora?-la increpé.
Me miró con los ojos entornados y el ceño fruncido pero no me contestó.
-Pobrecilla-se compadeció Luisa Fernanda. Es culpa del maldito legionario. Todos los hombres son iguales-resumió.
-¿Se ha ido ya a Afganistán?-preguntó Leo. Y me dio miedo su pregunta, porque ella nunca hablaba por hablar. Si todavía está aquí…
-No le vamos a dar ninguna paliza ni vamos a cortarle el pene ni todas esas cosas que se te están ocurriendo-la corté. Ha puesto sus condiciones y ésta-dije señalando con la barbilla a nuestra amiga-muy sabiamente no las ha aceptado. Pues ya está. A otra cosa, mariposa.
Todas empezaron a hablar a la vez como una bandada de cotorras y yo las dejé hacer, hasta que me di cuenta de que Sara Patricia estaba llorando, pero no con grandes lamentaciones, como solía hacer, sino que simplemente le caían las lágrimas mejillas abajo hasta gotearle por el cuello y pararse en su mugrienta camiseta. Me senté a su lado y le puse la mano encima de la rodilla, sin presionarla, pero con el suficiente cariño para que supiese que estaba a su lado.
-¿Qué has hecho?-le pregunté.
Siguió hipando y limpiándose las lágrimas y los mocos en la manga, como una verdadera marrana, hasta que alguien le puso un pañuelo de papel en la nariz.
-He aceptado.
-¿Qué coño has aceptado?-inquirió Leo, con los brazos en jarras.
-Todas las condiciones que él me impuso.
-Ha ganado el Novio de la Muerte-sentenció Leticia, que cuando quería, sabía decir frases lapidarias.
-Gilipollas, eso es lo que eres-musité, más para mí que para ella. Pero todas me oyeron. ¿Sabes que nunca podrás cumplir esas promesas?
Asintió en silencio mientras seguía hipando.
-Y entonces, ¿Por qué lo has prometido?
-Porque le quiero y temo perderle. Y me da pánico llegar a los cincuenta hablando sola con el perro o con las paredes, y me sentía muy bien cada noche que se quedaba a dormir en mi casa, y me hacia la cena o por la mañana desayunábamos juntos.
Y siguió hipando miserablemente. Me parecía patética. Pero la entendía, más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Otra cosa era que lo reconociese aquí, en voz alta. Estaba obligada a mantener el tipo delante de mis amigas; no podía caer tan bajo de confesar que yo, a veces, tenía sentimientos parecidos.
Laura se vino conmigo cuando me despedí de las chicas. Cuando puse el intermitente para torcer a la derecha y enfilar hacia su casa me pidió que no lo hiciese. La miré de reojo, sin apartar demasiado la vista del frente; a aquellas horas el tráfico era verdaderamente demencial y siempre he tenido la desgracia de que los demás conductores se creen que tengo menos prisa que ellos y se cambian de carril delante de mis narices como si fuese invisible. Sara Patricia suele decirme que es debido a mi poca prestancia física, lo cual provoca que la gente piense que ha ocurrido un milagro y el coche va sin conductor. Mi ex marido, más cruel, me acusaba de conducir como una abuela a la que todos pueden pisar. Sin embargo la atención a la carretera no me impidió preguntarle a Laura qué pretendía.
-¿Podría quedarme a dormir en tu casa?-me preguntó en voz baja.
Frené para no empotrarme en la parte trasera de un Citröen que llevaba delante y que empezó a hacer una maniobra de aparcamiento sin haberlo señalizado antes.
-Maldito gilipollas-dije, pegando un golpe en el volante.
-Si no quieres que me quede, con decir que no es suficiente-me replicó, ofendida.
-No va por ti, sino por ese estúpido del Citröen. Puedes quedarte, claro que sí. Pero, ¿me vas a decir que es lo que pasa? ¿Has discutido con Mateo?
-Sí, no sé, supongo.
-Mira, guapa, aclárate. O has discutido o no. ¿O es que tú discutes a medias?
Trató de encender un cigarrillo pero la vi por el rabillo del ojo y moví la cabeza en sentido negativo. Podía soportar que fumase en mi casa, al lado de una ventana abierta, pero no estaba dispuesta a soportar el olor del tabaco dentro del coche. Ni siquiera se podían abrir las ventanillas porque se había puesto a llover. Abril era el mes propicio para ello. Las dos nos quedamos calladas el resto del trayecto y en silencio también aparqué el coche en el garaje y subimos hasta mi casa en el ascensor sin decir una palabra. Me fijé en mi amiga con más detenimiento; en la reunión apenas lo había hecho a causa de los problemas de Sara Patricia y ese maldito legionario que estaba empezando a resultarme tan pesado como llevar una piedra colgando del cuello. Quizá si le hubiese echado un vistazo antes me hubiese dado cuenta de que no estaba bien; iba toda vestida de gris y no se había maquillado. Pero no era cuestión ahora de flagelarse; no podía pasarme la vida atisbando en el interior de cada una de mis amigas para adivinar sí tenían problemas. Bastante cruz iba a tener ahora con escucharla hasta altas horas de la noche cuando mis planes eran darme un baño y acostarme antes de las nueve de la noche.

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