25 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 41



Hicimos juntas la cena y mientras Laura lavaba la lechuga de la ensalada empezó a contarme sus penas, antes siquiera de que yo le preguntase de nuevo.
-Es un imbécil inmaduro y descerebrado.
-Te refieres a Mateo-supongo, puntualicé.
-¿A quién si no? ¿Puedes creer que está tan pegado de las faldas de su hermana mayor que la llama todos los días antes de irse a la cama? Le cuenta todo lo que ha hecho durante el día. Yo creo que cuando no le oigo le dirá hasta de qué color son mis bragas.
-Trae las servilletas; están en ese cajón-le mandé. Y siéntate ya, está todo preparado. ¿Un vinito blanco?
Se encogió de hombros, como dudando, pero al mismo tiempo ya me alargaba la copa para que le sirviese.
-Y luego es que no me ayuda nada en la casa. Le parece que soy Florinda Chico y tengo la obligación de servirle. Llega de trabajar, se ducha, se pone cómodo y se sienta con la servilleta en el regazo esperando que le sirva la mesa.
-¿Y tú le has dejado claro que tu casa no es un hotel? No es que me queje de que me cuentes tus problemas, pero en vez de enfadarte, llorar en mi hombro y dejarme sin provisiones de vino, igual deberías sentarte con él delante de un café y poner los puntos sobre las íes. Los hombres son tan simples que necesitan a menudo que se les diga lo que tienen que hacer.
-Pero es que ni con mis hijos he tenido que hacer eso-se quejó, limpiándose los mocos y las babas, la muy cochina, en mi servilleta de hilo. La miré con rencor, pero estaba tan cansada que desistí de la idea de regañarle.
-A tus hijos les has educado tú. Él proviene de otra familia, en donde probablemente las cosas se hiciesen de otra manera. Ninguna familia es igual a otra. Lo que no entiendo es eso que me cuentas de su hermana; me pega más que lo hiciese con su madre, ¿no?
-Su madre se murió cuando él tenía quince años y su hermana mayor se hizo cargo de él, de la casa, de su padre…es una especie de mezcla entre Pilar Primo de Rivera y Santa Teresa de Jesús-resumió con gesto de asco.
-Vaya…pues que Dios nos pille confesados. ¿Y dónde está esa buena señora?
-En la casa de la familia, con el padre. No se ha casado-dijo, levantándose a preparar te de canela. Es una maldita solterona sin vida propia, ni amigas, ni nada de nada. Solo vive para su trabajo en el hospital y para su padre y su hermanito pequeño. Y como ya sabes que soy siete años mayor que él…piensa que le he pervertido al niño. Tampoco es que juegue en mi favor el que esté viuda y con dos hijos.
-A ver si ahora vas a tener tú la culpa de que el desgraciado de tu marido se haya muerto.
-Ya ves, si será mentecata la tía esa.
Y se tapó la mano con delicadeza para esconder un hipido, quizá un eructo a causa del vino, un tanto espumoso y con esos molestos efectos secundarios.
-Y entonces a ti no se te ocurre otra cosa que irte de tu casa en vez de hablar de todo esto con él. ¿Te parece maduro ese comportamiento?
-Pues no, supongo. Pero ha sido algo espontáneo. Se me ocurrió cuando salíamos de la reunión con las chicas.
Una idea se me estaba empezando a formar en la cabeza; pero no quería pensar que hubiese sido tan inconsciente.
-Dime que le has avisado.
-¿A quién?-me preguntó, estoy segura de que para ganar tiempo.
-A Mateo, idiota, ¿a quién va a ser?
Le sacudí el brazo derecho hasta que se soltó de golpe y empezó a frotárselo. Esta mujer era una verdadera inconsciente. Faltaba de su casa desde hacía más de seis horas, y a las doce de la noche el pobre chico estaría ya como loco buscándola. Me extrañó que no la hubiese llamado al móvil; pero tenía una sospecha. Sin decirle nada hurgué en su bolso y como me temía, lo había apagado.
-Eres una estúpida. ¿Acaso no sabes que ese chico tiene una enfermedad y que no puedes jugar con él y desestabilizarle? Merecerías que te pegase ahora mismo una somanta de palos, pero me pillas demasiado cansada. Haz el favor de darme el número de Mateo y ya le llamaré yo e intentaré que se tranquilice.
Cruzó los brazos delante del pecho, haciéndose la enfadada y la interesante, pero le lancé un buen pellizco en el hombro y me cantó el número, con voz ofendida y llena de rencor. Maldita fuese mi estampa por meterme siempre en líos que no eran míos.
Al final conseguí hablar con él, le tranquilicé y todos pudimos irnos a la cama hasta el día siguiente, en el que a saber lo que Dios o el diablo me depararían. Pero como no me fiaba demasiado de la buena suerte, sino que siempre he pensado que no hay que esperar a que nos toque el hada Maribel con la varita mágica sino que debemos salir en busca de las cosas buenas, decidí hacer algo por mí misma y en el descanso del almuerzo me marché a la peluquería en lugar de comer. Nadie se moría por ayunar un día, pero sin embargo era altamente peligroso para la propia autoestima y la salud mental pasearse por el mundo con unas greñas como las mías, creciendo a su libre albedrío y con las canas plateando mis sienes, como en el tango. Después de hora y media en manos de una muchacha que podría ser mi hija y que iba llena de alfileres, tachuelas y otros adornos innombrables, mi apariencia era mucho mejor que cuando entré. Cuando me levanté del sillón vi en el espejo a una mujer de mediana edad artísticamente despeinada y, por primera vez en muchos días, con el rostro relajado y aspecto descansado. Salí de allí balanceando airosamente mi bolso, más ligera y con ganas de comerme el mundo, o al menos de no permitir que él me merendase a mí. Hasta las tres horas siguientes preparando la tediosa contestación a una demanda de divorcio me parecieron más cortas y el trabajo menos cansado. Me bastaba tocarme la nuca desnuda para sentirme mejor. Una de las decisiones más acertadas de mi vida había sido cortarme el pelo cuando me separé. Fue una especie de venganza contra mi ex marido; a quien le encantaba mi media melena. Y de rebote la beneficiada fui yo, que me peinaba cada mañana en dos minutos exactos y me sentía más joven y ligera que antes.
El haberme dedicado un tiempo a mí misma, sin pensar en mi familia ni en mis amigas, ni siquiera en Alexander o sus hijos hizo el milagro de que llegase contenta y descansada a mi casa. De vez en cuando, estaba convencida de ello, era necesario ser egoísta y pensar solamente en una misma. Y así, satisfecha de cómo había transcurrido mi día, fue como me acosté, dispuesta a dormir a pierna suelta hasta bien entrada la mañana. Para algo Dios nos ha premiado con los sábados.

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