28 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 42



Por eso cuando sonó el teléfono me costó tanto despertarme. Encendí la luz de la lámpara pensando que el tiempo había transcurrido demasiado rápido. Tenía la sensación de que me acababa de dormir. Y según vi en la pantalla del despertador, no iba demasiado desencaminada. Apenas eran las once de la noche. Descolgué el teléfono y por un momento pensé que se habían equivocado de número. Al otro lado se oía una voz infantil, llorosa y titubeante. Pasaron unos cuantos minutos hasta que me desperté lo suficiente para darme cuenta de que era Rodolfo, un lloroso Rodolfo, quien me llamaba. Le tranquilicé lo mejor que pude y finalmente conseguí entender que su padre había tenido un accidente de coche y estaba ingresado en el hospital. Sentí que el corazón se me paraba en el pecho, pero yo era la adulta y la que debía de mantener la calma, o al menos intentarlo. Calmé al niño lo suficiente para entender que la señora que se ocupaba de la limpieza de la casa estaba en aquel momento con ellos, así que le mandé que me la pasase al teléfono. Me presenté como una amiga de Alexander. Era lo más sencillo, y por otra parte no sabía qué nombre darme a mí misma. ¿Era su novia madura, su amante, su lío? Amiga era una palabra inocente, aunque pudiese dar lugar a muchas interpretaciones. Decidí tomar el toro por los cuernos y hacer todas las preguntas necesarias para saber cuál era la situación.
-¿Cómo está? ¿Ha sido grave?
-Pienso que no, señora, creo que se ha roto varias costillas y está lleno de moratones, pero no hay gravedad. Puede ser que mañana le den ya el alta.
-¿Quién se ocupará de los niños esta noche?
Dudó por un momento. Supongo que ella tendría una familia y no le sería sencillo quedarse ocupándose de los niños. Decidí hacer la pregunta de otra manera.
-¿Esperan a alguien de la familia para hacerse cargo de todo?
-No, claro que no. La madre del señor es anciana ya y está en Alemania. Me ha pedido que no la llame. No sé qué se puede hacer. Yo también tengo hijos y…
-Le diré lo que vamos a hacer. Déjeme buscar un vuelo; creo que a las dos de la madrugada hay uno, o al menos lo había el año pasado; quiero pensar que no lo hayan suspendido. La llamaré en cuanto sepa algo. Si ese vuelo continúa funcionando y hay plazas, estaré ahí a eso de las cuatro de la mañana; un poco antes tal vez. ¿Podrá usted quedarse con los niños hasta que yo llegue?
Volvió a dudar pero al final me prometió que sí. Mientras me vestía con una mano sola, con la otra tecleaba en el ordenador para buscar billete y supongo que por una vez la suerte estuvo de mi parte porque conseguí una plaza. Solo me quedaba llamar un taxi para que me acercase al aeropuerto. Cinco minutos antes de embarcar me acordé de llamar a la asistenta para tranquilizarla y rogarle de nuevo que no dejase solos a los niños. Ahora solo me quedaba tranquilizarme a mí misma; pensar que Alex estaría bien y que yo sería capaz de manejarle a él y a los niños. Por si acaso, crucé los dedos cuando el avión despegaba.





No hay comentarios:

Publicar un comentario