29 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 43




Llegué a la casa de Alexander pasadas las cuatro. Tuve que tocar al timbre, a pesar de lo intempestiva de la hora. La última vez que estuve allí insistió tanto que volví a mi casa con un juego de llaves de la suya, pero en mi última pelea con él, impetuosa como siempre, se las devolví por mensajería sin una nota de explicación. La asistenta me abrió la puerta con cara de sueño y de pocos amigos, a partes iguales. Era una señora de unos sesenta años que me sacaba una cabeza de altura. Intercambiamos un saludo cortés y me dijo que tenía que irse; su hijo la estaba esperando en la esquina. Le agradecí el favor de quedarse con los niños y la liberé en los dos días siguientes de venir a trabajar. Me tomé esa libertad por deferencia a las horas que se había quedado ocupándose de un trabajo que no era el suyo, pero también porque si yo iba a quedarme aquí, no quería gente sobrevolando a mi alrededor. Bastante complicada era ya la situación, y cuantas menos personas por medio, mucho mejor.
Antes de guardar mis cosas en el cuarto de invitados pasé de puntillas por el de los niños. Seguían ocupando la misma habitación, cada uno en su cama; y su forma de dormir decía mucho de la manera de ser. Rodolfo tenía la ropa de cama intacta, con una mano bajo la mejilla y tapado hasta el mentón. Flavia, en cambio, yacía despatarrada en medio del lecho, con el edredón hecho un rebujo a un costado y abrazada a una pringosa muñeca de trapo que había conocido tiempos mejores. Intenté taparla un poco sin despertarla pero abrió un poco los ojos y me dedicó una mirada vidriosa. Confiaba en que el sueño le nublase lo bastante el entendimiento y no me hubiese reconocido. Quería dormir un poco antes de tener que enfrentarme a sus caprichos.
Dada la hora pensé que ya no valía la pena deshacer la cama de invitados y me tumbé en el sofá, tapada con una manta. Conseguí descansar al menos unas horas, y a las ocho me adentré en la cocina con el propósito de tomarme un café con tranquilidad antes de que los chicos se despertasen y tuviese que someterme a su escrutinio. Nada hay que me desanime tanto como enfrentarme a una cocina desconocida. Alexander era el orden personificado, pero guardaba las cosas en los lugares más extraños, al menos a mi modo de ver. Al final, después de abrir puertas y más puertas, encontré todo lo necesario para hacerme café y tostadas. Miré con ansia el exprimidor…necesitaba un zumo de naranja, dulce y refrescante; pero me resigné a tomar solo café. Era preferible un rato más de tranquilidad que despertar a los niños exprimiendo naranjas. Apenas me había sentado a tomar el café mientras consultaba mi correo en el portátil cuando me giré hacia la puerta. No había oído nada, pero sentía en mi espalda el peso de una mirada, y no precisamente amistosa. Mi sexto sentido no me engañó. Allí estaba Flavia, con su pijama rosa y su muñeca debajo del brazo. Me miró con los ojos entornados.
-Buenos días-la saludé con una sonrisa que intenté que pareciese amable, pero también firme. No iba a dejarme amedrentar por una mocosa consentida, por mucho que quisiese a su padre. ¿Quieres desayunar conmigo?
No me contestó. Se limitó a sacar un bol, llenarlo de cereales, tirando parte de ellos encima de la mesa, y soltar encima un chorretón de leche que salpicó mi blusa. Decidí que no iba a entrar en provocaciones absurdas y no le reproché sus malos modales. Seguí tomando el café sin mirarla siquiera. Ella empezó a comer, masticando ruidosamente y mirándome con la boca abierta, mostrando innecesariamente los cereales a medio masticar. Apreté una mano contra otra en mi regazo para evitar que se me disparasen en una merecida bofetada a esa niña insolente que me miraba de manera provocadora. No fui una madre que haya pegado a sus hijos, aunque cuando eran pequeños alguna que otra torta les repartí. Sin pensar que el castigo físico sea lo más recomendable para educar a un niño, si pienso que en ocasiones un azote en el trasero viene de perlas para recolocar las cosas. Y aquella niña estaba necesitando que alguien la pusiese en su sitio.
-¿A qué has venido? Aquí no te queremos. Mi padre se va a poner bien sin que estés tú aquí. Estás todavía más fea que la última vez.
-Y tú más malcriada, mocosa-le contesté. Haz el favor de sentarte correctamente y come sin enseñarme la comida. Y cuando termines de desayunar, coloca todo en el lavaplatos. Me quedaré aquí hasta que tu padre esté mejor, te guste o no. Y por tu bien, vale más que te guste, porque si me lo propongo puedo hacerte la vida muy difícil.
Salí de la cocina con lo que esperaba que fuesen aires de reina medieval, aunque más bien era una tremenda furia asesina que intenté calmar haciendo la cama a tirones y diciendo más palabrotas juntas que las que le había oído en toda mi vida a Leo, que es la persona peor hablada que conozco. Al entrar de nuevo en la cocina me tropecé con Rodolfo, ya vestido; y no tuve fuerzas para no devolverle un abrazo sincero. Acaricié esa cabecita que se pegaba a mi pecho. Tal vez todavía no podía arrojar la toalla, pensé mientras unos ojos marrones como los de su padre me miraban con adoración.
-Ahora que estás aquí todo irá bien. ¿Iremos a ver a Papá esta mañana?
-Sí, claro que iremos. Pediré un taxi.
-Papá tiene otro coche en el garaje-me informó.
Y yo recordé haber visto un pequeño BMW al fondo del garaje la última vez que había estado aquí. Pero de repente me entró el terror de tener que defraudar al niño. Hacía más de veinte años que no conducía un coche manual; siempre iba en automático y me imaginaba que éste, al igual que el grande que Alex conducía, también sería manual. Maldita Europa, que nunca entraría por el aro de entender que era una enorme incongruencia tener una palanca de cambios en pleno siglo XXI. Era igual que lavar a mano teniendo en casa lavadora. Le sonreí con lo que rogué que pareciese una sonrisa confiada y no una mueca desesperada y le dije que bajaría al garaje para ver que todo estuviese bien. Fui rezando mentalmente para que el coche no encendiese o no tuviese gasolina, o lo hubiesen robado. Cualquier cosa menos confesar ante esos dos niños que me ponía a morir ante una palanca de cambios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario