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LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 44




Pero a veces Dios escucha nuestros ruegos. Cuando abrí la puerta del coche casi lloro de alegría al encontrarme con la familiar palanca con la letra N, P, y los números 1-2-3. Aleluya, gracias sean dadas a todos los dioses, especialmente aquellos que cuidan de las personas torpes. El coche encendió a la primera, y comprobé que tenía el tanque lleno. Un mando del garaje descansaba en la bandeja debajo del salpicadero; normal; como buen alemán Alex nunca dejaba nada al azar. Decidí sacarlo ahora ya del garaje y aparcarlo delante de casa para salir con los niños. No me gusta hacer maniobras con gente delante, aunque sea menuda. Aunque en realidad no tuve que hacer nada más que abrir la puerta y acelerar para subir la rampa. La plaza, por misericordia divina, estaba enfrente del enorme portalón. Entré en la casa casi canturreando y me enfadé conmigo misma por estar tan contenta sin saber cómo estaba el pobre Alexander. Iba a llamar a los niños para salir cuando sonó el teléfono en el vestíbulo. No había nadie más cerca, así que contesté. Me sorprendió oír una voz de mujer, con un leve acento, arrastrando algo las erres. Y creo que ella se quedó tan sorprendida como yo, aunque lo disimuló bajó una capa de exquisita cortesía.
-Lo siento, quizá haya marcado mal. Quisiera hablar con Alexander.
-No, no se ha equivocado; esta es su casa; pero él no se encuentra aquí en este momento. Si quiere dejarle algún recado, con mucho gusto se lo daré; tengo que verle dentro de un rato.
Hubo un silencio molesto al otro lado de la línea. Al final aquella mujer siguió hablando en el mismo tono cortés, aunque noté que hacía un esfuerzo.
-Perdóneme, pero, ¿me podría decir quién es usted?
Al principio me entraron ganas de decirle que no me daba la gana, ya que era ella quien había llamado. Pero de pronto recordé que no estaba en mi casa.
-Me llamo Guiomar. Soy…una amiga de Alexander.
No encontraba otra manera de identificarme, y aunque odio la palabra amiga cuando hay por medio más cosas, no me pareció adecuado contarle mi vida y milagros a una señora desconocida.
-Ah, pues, encantada, supongo. Yo soy Gisela…su madre. ¿Podría usted decirme que es lo que pasa? ¿Dónde está mi hijo? ¿Mis nietos están bien?-susurró en voz baja, como si se le hubiese ocurrido de repente.
-Sí, los niños están bien, señora. Y su hijo también, aunque anoche tuvo un pequeño accidente en el coche. Ahora llevo a Rodolfo y Flavia al hospital para que le vean y creo que es posible que le den el alta. No ha sido nada grave.
Guardó silencio unos segundos y me la imaginé llevándose la mano al pecho, aliviada. Es el gesto internacional de las madres cuando sabemos que algo ha ido mal, pero podría haber sido peor.
-Se lo agradezco mucho, que esté ahí echándoles una mano. Yo tomaré el primer vuelo que encuentre. Pero…Guiomar-pronunciaba mi nombre de una manera muy extraña-no le diga nada a mi hijo, se lo ruego.
¿Qué podía hacer yo? Se lo prometí, aunque me quedó la extraña sensación de que la relación entre ellos debía de ser, al menos, complicada. Cuando colgué el teléfono una sensación de frialdad se me había instalado en el pecho. Había tantas cosas en la vida de Alexander que yo desconocía que en ocasiones me daba pánico pensarlo. Y precisamente para no pensar, llamé a los niños y entramos en el coche. Por suerte para mí, Rodolfo había heredado el sentido de la orientación de su padre y me fue guiando, pues aunque había mirado en internet el callejero, creo que por mí misma me hubiese perdido unas cuantas veces. Mi exmarido solía decirme que era tan torpe que necesitaba usar GPS en mi propia casa. No era tan grave, pero he de reconocer que no soy la persona que mejor se orienta del mundo. Afortunadamente, a mí no me sonroja preguntar, cosa que la mayoría de los hombres no son capaces de hacer. Por el retrovisor eché a un vistazo a los mellizos en el asiento trasero. Los dos iban callados y Flavia se había vestido de una manera algo curiosa, como en ella era habitual: un jersey de ochos negro, tan grande que forzosamente tenía que ser de su padre sobre un pantalón corto blanco de guipur y a todas luces veraniego y en total discordancia con el jersey grueso. Remataba la faena unos leotardos rojos por debajo del jersey y unas sandalias de goma. Me fijé, sin decirle nada, que me había usado mi brillo de labios y se había pintarrajeado las uñas con una horrenda laca de color azul marino. Iba hecha un verdadero cromo, pero como no era mi hija, me limité a suspirar y mirar a la carretera.
Supongo que Dios pensó que ya me había puesto bastante a prueba y me reservó un aparcamiento cómodo y cercano a la entrada de visitas. En silencio entramos en el ascensor y subimos a la cuarta planta. La puerta de la habitación de Alexander estaba cerrada y toqué con los nudillos, pero al mismo tiempo Flavia empujó y entró. Rechiné los dientes al no poder decirle nada. Tendría que hablar con su padre; esos malos modales cuando él estaba ausente habría que frenarlos de alguna manera. Por suerte la cama de al lado estaba vacía y Alexander estaba ya vestido, sentado en la butaca con aire aburrido. Sonrió al vernos entrar y cuando los niños se abalanzaron sobre él hizo una mueca de dolor pero no se apartó. A mí me saludó con un deslavazado beso en la mejilla, como si fuese su prima de Cuenca. Debería ya de conocerle y estar acostumbrada a su desapego cuando había gente presente, y principalmente si eran sus hijos; pero no podía, era superior a mí. Me soliviantaba que se mostrase siempre tan frío y lejano y ya estaba harta de atenerme a la estúpida explicación de su educación germánica. Al diablo con Alemania y con sus estrambóticas ideas a la hora de educar criaturas. ¿Acaso les castraban emocionalmente para que fuesen una especie de inválidos en los sentimientos? Llena de insano resentimiento, no le pregunté cómo se encontraba y fue él quien me dijo que tenía el alta y estaba deseando llegar a casa. Como no podía conducir todavía, fui yo la encargada de llevar a toda la tropa a buen puerto. El cuello se me iba poniendo rígido a medida que menudeaban las indicaciones del copiloto, como si yo fuese una mema a la que había que guiar.

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