2 de noviembre de 2015

DECISIONES 46



Lucas fue a visitar a Laura al día siguiente de la cita con el médico. Se la encontró sentada en el jardín, tomando una limonada. Ya estaban a mediados de septiembre y aunque el tiempo seguía siendo cálido, sabía que estaban contados los días en que se podía disfrutar de una buena temperatura. Pronto llegarían las mañanas de heladas, los días ventosos y nublados y los atardeceres sombríos en los que no apetecía mucho más que quedarse sentado junto al fuego, leyendo, pensando o simplemente recordando. Por eso había decidido salir a disfrutar de una de las últimas tardes del verano. Igual que cuando era una niña pequeña y apuraba los últimos días antes de que las clases empezasen.
Aquella mañana se había sentido extraordinariamente joven y ligera nada más despertar. Había algunos días en que le costaba salir de la cama, y no era por pereza, pues nunca había sido perezosa, sino más bien porque no encontraba planes para llenar el día. Pero cuando abrió los ojos y se encontró con un par de zafiros azules en medio de lo que parecían nubes de algodón y que la miraban fijamente, sonrió y se dijo que al menos había alguien a su lado cuando se despertaba. Cierto que era un alguien silente que apenas se hacía notar, pero desde la llegada de Freya Laura hablaba cuando estaba en casa, y no tenía la sensación de hablar sola, lo cual como todo el mundo sabe, es el inicio de la caída por el precipicio de la locura y la decadencia. Y eso a ciertas edades es muy peligroso. Se empieza así y una termina vestida con las prendas más infames y desaparejadas y recogiendo periódicos por la calle para traérselos a casa y hacer en ella una pocilga. Luego los vecinos, debido al mal olor, tienen que llamar a los servicios sociales y eso sería una enorme desgracia, porque en ese pueblo solo hay tres asistentes, y las tres han sido alumnas suyas en la primaria, y una de ellas también en secundaria.
Por eso dio gracias a Dios por las pequeñas cosas, y una de ellas era la gata, que al menos había venido a salvarla de la decrepitud. De momento…
Cuando Lucas llegó le invitó a que se sentase y le sirvió un vaso de limonada. Él la miró con detenimiento. Llevaba un vestido de verano, de pequeñas flores azules, y se había puesto encima de los hombros una chaqueta. Ya nadie hacía eso, tan de Audrey Hepburn, llevar la chaqueta sobre los hombros; pero ella era atemporal; y en esa mañana cálida, parecía casi perfecta y como rodeada de una luz especial.
-Está usted muy guapa-le dijo.
Laura lo miró como si se hubiese vuelto loco.
-¿Ha bebido usted tan de mañana? ¿O es que fuma algo más que tabaco?
-No sea usted borde, o al menos procure no serlo mucho. La mañana es demasiado bonita. Si, está guapa, ¿es algún delito que se lo diga?
Se encogió de hombros al tiempo que pasaba la mano por el vaso de limonada, y su dedo índice iba trazando círculos en el vaho producido por el frío.
-No, no es un delito. Pero si totalmente innecesario. Ya no está usted en edad de ir soltando piropos por ahí, ni yo de escucharlos.
-¿Y por qué? No hay edades para eso. No me diga que una mujer tan experimentada como usted y que ha tenido tantos hombres en su vida se va a sonrojar ahora por un piropo.
-¿Me está usted llamando fresca, por un casual?
Lucas dio una calada al cigarro y se echó a reír, con una risa franca y profunda.
-Dios me libre. Estoy diciendo que es una mujer de mundo, que ha vivido, que ha tenido amantes, amores, admiradores, y que debe de estar acostumbrada a que le digan no que está guapa, sino que lo es.
Ella entornó los ojos.
-No me amilano fácilmente, ya lo sabe usted. Pero hace ya tiempo que no pienso en mí misma como mujer.
-Entonces… ¿quizá piensa que se ha convertido en un ente, un ectoplasma? Siempre será una mujer, igual que yo siempre seré un hombre.
Se detuvo, vacilante, y le pareció de vital importancia quitar una imaginaria pelusa de su pantalón. Apagó el cigarro en el cenicero que Laura había dispuesto en la mesa para él, y siguió hablando, aunque el tono de voz cambió y se hizo un poco más íntimo.
-¿Puedo hacerle una pregunta tremendamente indiscreta y personal?
-Puede. Que yo se la conteste ya es otra cosa. Ya sabe usted que contra el pecado de pedir, está la virtud de no dar. Pues aplíquela también a las preguntas y respuestas.
-¿Cuánto tiempo hace que no está con un hombre?
Laura rio, con una risa de falsete.
-Ahora mismo estoy con usted. Y es un hombre, supongo.
-No se haga la chistosa. Ya me ha entendido.
-Lucas; si hay algo que me disgusta son las medias tintas. Si quiere hacer la pregunta hágala debidamente. Usted quiere saber cuánto hace que no me acuesto con alguien. Eso de estar con un hombre me suena a esa idiotez de la Biblia de “conocer varón o conocer mujer”. Por favor, que ni tenemos veinte años ni estamos en los tiempos del General. ¿Es eso lo que quiere saber, cuánto hace que no echo un polvo?
Lucas se atragantó con la limonada. Aquella mujer sería su muerte.
-Es usted…no encuentro palabras. No quería decirlo de modo tan crudo.
-No sea mojigato. Pues aunque no sea de su incumbencia, se lo diré. Hace exactamente dos años y cuatro meses. Y ya si quiere saber quién fue el afortunado-siguió diciendo con una sonrisita maliciosa-le diré que un hombre de unos sesenta años con el que coincidí en un curso de Literatura americana. Éramos muy pocos, y todos mucho más jóvenes que nosotros, así que solíamos comer y cenar juntos. La última noche decidimos que estaría bien echar una canita al aire.
-¿Y ha seguido viéndole?
-Claro que no. Vive a muchos kilómetros de aquí. Nos escribimos correos de vez en cuando; más bien es él quien me escribe y yo le contesto. Le he dejado claro que no se repetirá, pero estuvo muy bien.
-¿Y por qué no se repetirá?
-Porque no me da la gana. No quiero vínculos de ninguna clase.
Le sirvió más limonada, mirándole fijamente.
-Ahora, quid pro quo. ¿Cuánto tiempo hace que no echa usted un polvo?


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