Ir al contenido principal

DECISIONES 46



Lucas fue a visitar a Laura al día siguiente de la cita con el médico. Se la encontró sentada en el jardín, tomando una limonada. Ya estaban a mediados de septiembre y aunque el tiempo seguía siendo cálido, sabía que estaban contados los días en que se podía disfrutar de una buena temperatura. Pronto llegarían las mañanas de heladas, los días ventosos y nublados y los atardeceres sombríos en los que no apetecía mucho más que quedarse sentado junto al fuego, leyendo, pensando o simplemente recordando. Por eso había decidido salir a disfrutar de una de las últimas tardes del verano. Igual que cuando era una niña pequeña y apuraba los últimos días antes de que las clases empezasen.
Aquella mañana se había sentido extraordinariamente joven y ligera nada más despertar. Había algunos días en que le costaba salir de la cama, y no era por pereza, pues nunca había sido perezosa, sino más bien porque no encontraba planes para llenar el día. Pero cuando abrió los ojos y se encontró con un par de zafiros azules en medio de lo que parecían nubes de algodón y que la miraban fijamente, sonrió y se dijo que al menos había alguien a su lado cuando se despertaba. Cierto que era un alguien silente que apenas se hacía notar, pero desde la llegada de Freya Laura hablaba cuando estaba en casa, y no tenía la sensación de hablar sola, lo cual como todo el mundo sabe, es el inicio de la caída por el precipicio de la locura y la decadencia. Y eso a ciertas edades es muy peligroso. Se empieza así y una termina vestida con las prendas más infames y desaparejadas y recogiendo periódicos por la calle para traérselos a casa y hacer en ella una pocilga. Luego los vecinos, debido al mal olor, tienen que llamar a los servicios sociales y eso sería una enorme desgracia, porque en ese pueblo solo hay tres asistentes, y las tres han sido alumnas suyas en la primaria, y una de ellas también en secundaria.
Por eso dio gracias a Dios por las pequeñas cosas, y una de ellas era la gata, que al menos había venido a salvarla de la decrepitud. De momento…
Cuando Lucas llegó le invitó a que se sentase y le sirvió un vaso de limonada. Él la miró con detenimiento. Llevaba un vestido de verano, de pequeñas flores azules, y se había puesto encima de los hombros una chaqueta. Ya nadie hacía eso, tan de Audrey Hepburn, llevar la chaqueta sobre los hombros; pero ella era atemporal; y en esa mañana cálida, parecía casi perfecta y como rodeada de una luz especial.
-Está usted muy guapa-le dijo.
Laura lo miró como si se hubiese vuelto loco.
-¿Ha bebido usted tan de mañana? ¿O es que fuma algo más que tabaco?
-No sea usted borde, o al menos procure no serlo mucho. La mañana es demasiado bonita. Si, está guapa, ¿es algún delito que se lo diga?
Se encogió de hombros al tiempo que pasaba la mano por el vaso de limonada, y su dedo índice iba trazando círculos en el vaho producido por el frío.
-No, no es un delito. Pero si totalmente innecesario. Ya no está usted en edad de ir soltando piropos por ahí, ni yo de escucharlos.
-¿Y por qué? No hay edades para eso. No me diga que una mujer tan experimentada como usted y que ha tenido tantos hombres en su vida se va a sonrojar ahora por un piropo.
-¿Me está usted llamando fresca, por un casual?
Lucas dio una calada al cigarro y se echó a reír, con una risa franca y profunda.
-Dios me libre. Estoy diciendo que es una mujer de mundo, que ha vivido, que ha tenido amantes, amores, admiradores, y que debe de estar acostumbrada a que le digan no que está guapa, sino que lo es.
Ella entornó los ojos.
-No me amilano fácilmente, ya lo sabe usted. Pero hace ya tiempo que no pienso en mí misma como mujer.
-Entonces… ¿quizá piensa que se ha convertido en un ente, un ectoplasma? Siempre será una mujer, igual que yo siempre seré un hombre.
Se detuvo, vacilante, y le pareció de vital importancia quitar una imaginaria pelusa de su pantalón. Apagó el cigarro en el cenicero que Laura había dispuesto en la mesa para él, y siguió hablando, aunque el tono de voz cambió y se hizo un poco más íntimo.
-¿Puedo hacerle una pregunta tremendamente indiscreta y personal?
-Puede. Que yo se la conteste ya es otra cosa. Ya sabe usted que contra el pecado de pedir, está la virtud de no dar. Pues aplíquela también a las preguntas y respuestas.
-¿Cuánto tiempo hace que no está con un hombre?
Laura rio, con una risa de falsete.
-Ahora mismo estoy con usted. Y es un hombre, supongo.
-No se haga la chistosa. Ya me ha entendido.
-Lucas; si hay algo que me disgusta son las medias tintas. Si quiere hacer la pregunta hágala debidamente. Usted quiere saber cuánto hace que no me acuesto con alguien. Eso de estar con un hombre me suena a esa idiotez de la Biblia de “conocer varón o conocer mujer”. Por favor, que ni tenemos veinte años ni estamos en los tiempos del General. ¿Es eso lo que quiere saber, cuánto hace que no echo un polvo?
Lucas se atragantó con la limonada. Aquella mujer sería su muerte.
-Es usted…no encuentro palabras. No quería decirlo de modo tan crudo.
-No sea mojigato. Pues aunque no sea de su incumbencia, se lo diré. Hace exactamente dos años y cuatro meses. Y ya si quiere saber quién fue el afortunado-siguió diciendo con una sonrisita maliciosa-le diré que un hombre de unos sesenta años con el que coincidí en un curso de Literatura americana. Éramos muy pocos, y todos mucho más jóvenes que nosotros, así que solíamos comer y cenar juntos. La última noche decidimos que estaría bien echar una canita al aire.
-¿Y ha seguido viéndole?
-Claro que no. Vive a muchos kilómetros de aquí. Nos escribimos correos de vez en cuando; más bien es él quien me escribe y yo le contesto. Le he dejado claro que no se repetirá, pero estuvo muy bien.
-¿Y por qué no se repetirá?
-Porque no me da la gana. No quiero vínculos de ninguna clase.
Le sirvió más limonada, mirándole fijamente.
-Ahora, quid pro quo. ¿Cuánto tiempo hace que no echa usted un polvo?


Comentarios

Entradas populares de este blog

JOHNNY Y JUNE

“June era mis señales en el camino, me hacía alzarme cuando estaba débil, me animaba cuando estaba desanimado y me amaba cuando sentía solo y desamparado. Es la mujer más grande que jamás he conocido. Nadie más, excepto mi madre, se le acerca”.
Esto es lo que decía Johnny Cash de la mujer de su vida, June Carter. Fue su segunda esposa, pero para él la única mujer que marcó su vida y su camino, y también la que le salvó de perecer en un infierno de drogas y alcohol.
No quiero hablar de él como cantante, todos sabemos que fue una de las leyendas del country, el icono de los presidiarios y tipos duros, y quien mejor supo entenderles y cantarles. También que vestía siempre de negro y saludaba con un parco “Hi, I´m Johnny Cash”. No, quiero hablar del hombre, de la persona tímida y reservada que tuvo una vida complicada y salió a flote con mucha voluntad por su parte y con la ayuda de alguien que le amaba.
Cash y June se conocieron en los escenarios. Ella provenía de una familia que cantab…

ESPERA

Hemos regresado, amor,
de muchas vidas pasadas,
de amaneceres ocultos
entre brumas que le
daban a la felicidad
la espalda;
de miedos robados al
tiempo, de deseos silentes
que no pronunciábamos en
voz alta.

Y ahora, de la mano,
destejemos embrollos
que a veces nos velan
la mirada,
limpiamos de guijarros
el camino, abrimos
veredas donde antes
solo había zarzas
y montes de espinos
que en las plantas
de los pies
se nos clavaban.

¡Y es tan largo el
camino, amor, que
algunas noches yo
llego a la cama cansada!
Y ansío tus brazos
que me arrullen sin
palabras, quiero
tus dedos recorriendo
mi espalda,
trazando surcos
en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
como lo hace la azada
en la tierra, en la
hierba la guadaña.

Solo dime que tras
el invierno llegará
la primavera, verde
y blanca, preñada
de flores hermosas,
cargada de nubes
que no huelan a
amenaza.

¿POR QUÉ ESCRIBO?

Hace poco me preguntaba para qué escribir. Hoy quiero saber por qué escribo, cual es el motivo que me lleva a esto que hago a diario. Desde hace ya mucho tiempo sé que así como hay gente que necesita, para sentirse bien, hacer deporte, o cantar, o bailar, o coser… yo necesito escribir. Pero además, pensando y analizando muchas cosas me he dado cuenta de que para mí el escribir se ha convertido, además de en una importante terapia, en un acto de poder y de soberbia.
Si…mal que me pese reconocerlo, es así. Yo no soy por naturaleza una persona a quien le guste mandar o controlar. Tampoco me gusta estar del lado contrario; es decir, odio que alguien me diga lo que tengo que hacer. Mi lema siempre ha sido “vive y deja vivir”. Pero esto de escribir tiene tanto encanto porque me permite jugar, por un momento, a ser Dios.
Cuando escribo una novela o narro un cuento, no importa la extensión de lo que escriba, estoy creando personajes, dando vida, interviniendo como mano ejecutora en la cade…

PALABRA

Poco hace falta;
una luna desnuda
que en la noche se alza,
un silencio entre líneas
pintadas, la radio que suena
con asesinos en serie, con
extrañas amenazas...
Un rayo de luz que
me baña las manos
abandonadas, manos triste
que no tocan nada.

Tal vez, amor, todo
es triste y oscuro
ahora que hablas.

Pero a mi me basta
una sola palabra,
tan solo una,
dicha en voz baja.

Y entonces el sol
brilla como si
estuviera naciendo
la mañana.

Ha amanecido de pronto,
la noche ha hecho
la maleta al país
del Olvido, mis manos
se visten de esperanzas
aladas; me cubro de risa
de nuevo, y mi corazón,
amor, vuelve a ser, como
siempre, tu cama.

CONFÍO

Llévame de la mano
por campos nevados,
hazme ver la luz de
la luna que asoma
entre torres de aurora,
quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
la bruma del norte
me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.