3 de noviembre de 2015

DECISIONES 47



Lucas no se sorprendió; esperaba la pregunta y además creía que era bastante justa. Si uno escarba en la porquería ajena, es de ley permitir que los demás hagan lo mismo en la propia.
-Unos cuatro años, casi cinco-confesó.
-Y entiendo que la última vez no fue con la pobre Carmen-sentenció ella, mirándole fijamente.
-No, por supuesto que no. La coyunda marital, como se decía antes-y se rio al pronunciar esas palabras-hace tiempo que ya no tenía lugar entre nosotros. Si he de serle franco, Carmen nunca fue una mujer lo que se dice imaginativa en la cama. Pero lo peor era que tampoco permitía que yo lo fuese.
Laura asintió. Conocía ese tipo de mujeres, y a menudo las había despreciado silenciosamente. Cierto que cada uno tenía plena libertad para llevar su sexualidad como estimase oportuno, pero no podía evitar sentir por ellas una ligera compasión rayana a veces en el desprecio.
-Entiendo. Suele pasar. A menudo las mujeres casadas creen que ser esposa y madre va reñido con lo otro.
-¿Con lo otro?
-Sí, con lo otro. No se me haga ahora el tonto. Siempre me he preguntado por qué una esposa no puede ser también amante. Creo que muchos de los problemas de las parejas se solucionarían de esa manera.
-Debería usted poner un consultorio sentimental.
-Ya sabe usted que hace muchos años atendí uno en la radio. Pero me echaron por dar consejos del tipo de esto que acabo de decirle. ¿Quiere usted saber una cosa?
Lucas se adelantó en su silla y se acercó más a ella. Nunca se cansaba de escucharla; quizá porque era un pozo de sorpresas y también un soplo de aire fresco ante tanta hipocresía en la mayor parte de las personas, sobre todo de las de su edad.
-Sé pocas cosas, querida mía. Pero si usted quiere ilustrarme.
Laura le miró con su mejor cara de maestra de escuela dura y castigadora. Le molestaba que se riese de ella, aunque cuando se lo había reprochado él siempre le contestaba que no se reía de ella, sino con ella.
-Pues mire usted, le voy a decir algo que no por muy repetido deja de ser menos cierto. Atiéndame bien porque es una verdad atemporal.
Se detuvo un momento para llenar de nuevo los vasos de ambos de limonada.
-En este mundo estúpido y sin sentido en el que nos ha tocado vivir, si la gente follase más, jodería menos.
Y a continuación sacó el abanico y empezó a moverlo con mucha elegancia, como si estuviese en la ópera. Lucas ya no se asombraba de que fuese capaz de decir las barbaridades más grandes sin perder la compostura y sin que se le moviese una pestaña.
-Estoy de acuerdo por completo con usted, amiga mía. Y dicho esto tan importante y ya que nos hemos contado unas cuantas intimidades, ¿no cree usted que va siendo hora de que nos apeemos el tratamiento? ¿Le parece si nos tuteamos?
-No, no me parece. Soy de la firme opinión que no está nada mal guardar la compostura. Vamos a seguir tratándonos de usted un tiempo. De entrada…no me ha dicho usted quien fue la última que tuvo la enorme suerte de gozar de su atención?



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