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DECISIONES 49



Estaban ya en el mes de octubre y era evidente que el otoño se había instalado en su vida de nuevo; aunque bien pensado, ella vivía en un permanente otoño. Aunque fuese pleno verano o primavera, nunca permitía que la luz entrase de pleno en su vida. Se había impuesto el castigo de vivir siempre al borde del lado oscuro, y algunas veces hasta inmersa en él. Cuando se sentó a desayunar tenía el pálpito de que iba a ser uno de esos días de cemento, en los que todo le pesaba demasiado y las cosas se veían negras o en distintos tonos de grises.
Le había puesto la comida a la gata sin decirle una sola palabra, cuando por lo general solía hablar con ella, que parecía escucharla atentamente y a veces hasta movía los bigotes en señal de asentimiento. La última conversación seria que había tenido con Lucas la había dejado preocupada y pensativa. ¿Sería verdad que estaba mejor desde que él, su nieto e Isabel habían llegado a su vida? Puede que sí; pero lo cierto es que no le hacía ninguna gracia. No podía depender de nadie emocionalmente ni en ningún sentido. Dolía demasiado cuando esa persona fallase. Y fallaría, siempre lo hacían. Se sirvió una taza de café y mientras pasaba las hojas del periódico se ajustó el cinturón de la bata. Las mañanas ya eran frías. Debía ir pensando en poner la calefacción. Ya no podía mantener abierta la puerta de la cocina que daba al patio trasero, hacía demasiado frío a aquella hora. Quizá avanzada la mañana pudiese abrirla si al final el tímido sol se atrevía a salir durante un rato al menos.
Le gustaba el olor de la tinta de los periódicos y quizá por eso seguía leyéndolo en papel, aunque Lucas se riese de ella y le dijese que era de otra época. De repente, dio un respingo en la silla y parte del contenido de la taza se derramó por sus manos y por el periódico a partes iguales. Se limpió, sin darse cuenta de lo que hacía, en los costados de la bata. Acababa de leer una noticia que la dejó apabullada. Habían encontrado muerta en el pueblo de al lado a una mujer de setenta y cinco. Lo terrible era que llevaba muerta dos semanas y nadie la había echado en falta, hasta que los vecinos se empezaron a quejar de mal olor. Se levantó, presa del pánico y como una niña pequeña fue a refugiarse de nuevo a la cama, bajo los edredones. Freya, quizá sintiendo su miedo, se acercó a ella y también se cobijó a su lado. Laura le acarició el lomo sin saber muy bien lo que hacía. Por nada del mundo quería acabar igual que esa pobre mujer; le parecía el colmo de la degradación. Y si no le ponía remedio, acabaría así. Alguien la encontraría medio devorada por los gusanos, formando parte de un caldo pestilente que asquearía a quienes la encontrasen. Se estremeció de repulsión y pavor a partes iguales.
Se pasó la mañana en la cama, pensando en lo que había leído. Después de darle muchas vueltas al tema lo único que se le ocurría era ir a ver a su primo Vicente. Aún vivía en Tafalla y era casi su único pariente vivo. Hacía años que no mantenían el contacto, pero estaba segura de que si le ponía cualquier excusa la recibiría unos días en su casa. No es que le gustase mucho el hombre en el que se había convertido, pero podría serle útil. Vicente era farmacéutico y todavía no se había jubilado, aunque debía de estar a punto de hacerlo.
Esta idea le dio nuevos impulsos y de un salto impropio de su edad se levantó de la cama y bajó las escaleras tan rápido como pudo. No quería ni pensar en conducir hasta Tafalla; había casi setecientos kilómetros. Para eso estaba el tren; cómodo y barato. Tecleó rauda buscando un billete. No había nada para el día siguiente pero si para el viernes. No quiso reservarlo; lo compró directamente. Ahora solo le quedaba dar con un pretexto adecuado para decirle a su primo que después de más de quince años, iría a verle. Algo se le ocurriría.



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UN MAÑANA

Han huido en silencio
las palabras.

Se ha secado de repente
mi garganta,
todo me huye, como si
con mis manos hubiese
levantado un puente
de plata que me abre
otro camino, que de todo
lo viejo me separa.

Un camino que me aleja
poco a poco de un dolor
inútil del que ya
no va quedando
más que un rescoldo,
ese que nunca se apaga.

No sé qué decir,
mejor será no
decir nada.

Se ha congelado mi
voz, solo puedo
quemar antiguas esperanzas
y tejer un nuevo
manto que abrigue
mi Mañana.

PIEZAS ROTAS

Como las piezas rotas de
un juguete desechado,
como las alas arrancadas
de un pájaro enjaulado,
como trozos de hueso
que estaban desencajados,
así, amor,tú yo
nos hemos juntado.

Y de dos realidades
dolidas y amargas
poco a poco y
en silencio,
mezclando risas y lágrimas,
estamos creando un
muevo mundo,
un lugar en donde
ocupe el sitio
principal la Esperanza.

Y a veces daremos pasos
de ciego,
caminaremos en falso,
nos dolerá la espalda
de cargar con un
equipaje que no es
nuestro, que alguien
nos ha ido prestando,
casi de soslayo
y sin dar la cara.

Pero si tus manos me sujetan,
podré, amor, subir la montaña,
llegar sonriente a la meta
y vaciar mi mirada en la tuya,
mientras mis dedos recorren
tu cara.

Y tu risa será mi trofeo,
tus abrazos los que apaguen la
sed de mi garganta,
tu pecho mi refugio,
y tus ojos mi mar
por fin en calma.

AMOR EN ZAPATILLAS

Quiero un amor
en zapatillas, un amor
de mañanas mojadas,,
de sonrisas azules,
de violetas envueltas
a veces en lágrimas.

Un amor que no
lleve prisas,
que no me dé la
razón para tenerme
callada,
quiero un amor
que esté a mi
lado aunque la
mañana me encuentre
despeinada.

Un amor que no
juzgue mis palabras,
a veces vanas, que
ame mis olvidos como
se quiere una noche
estrellada.

Un amor que se ría
de mis torpes
incongruencias, y me
las rebata; un amor
que sepa leer mi
mente cuando no puedo
más que estar
callada.

CONFÍO

Llévame de la mano
por campos nevados,
hazme ver la luz de
la luna que asoma
entre torres de aurora,
quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
la bruma del norte
me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.


ESPERA

Hemos regresado, amor,
de muchas vidas pasadas,
de amaneceres ocultos
entre brumas que le
daban a la felicidad
la espalda;
de miedos robados al
tiempo, de deseos silentes
que no pronunciábamos en
voz alta.

Y ahora, de la mano,
destejemos embrollos
que a veces nos velan
la mirada,
limpiamos de guijarros
el camino, abrimos
veredas donde antes
solo había zarzas
y montes de espinos
que en las plantas
de los pies
se nos clavaban.

¡Y es tan largo el
camino, amor, que
algunas noches yo
llego a la cama cansada!
Y ansío tus brazos
que me arrullen sin
palabras, quiero
tus dedos recorriendo
mi espalda,
trazando surcos
en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
como lo hace la azada
en la tierra, en la
hierba la guadaña.

Solo dime que tras
el invierno llegará
la primavera, verde
y blanca, preñada
de flores hermosas,
cargada de nubes
que no huelan a
amenaza.