18 de noviembre de 2015

DECISIONES 50



Lo cierto era que de niños habían estado bastante unidos. Vicente venía a pasar los veranos a casa de su abuela y como eran los más pequeños de todos los primos, jugaban juntos. Ella le sacaba tres años y por lo tanto siempre era la que llevaba la voz cantante en los juegos. Además, era mandona por naturaleza. Mientras daba forma a las albóndigas que iba a preparar para la comida del día siguiente recordó con nostalgia sus juegos. Cuando más se divertían era cuando jugaban a los detectives. Vicente tenía una pistola que le habían dejado los Reyes Magos, pero a Laura siempre le tocaba todo lo que no había pedido. En una ocasión se encontró con una máquina de coser de color verde apabullante, cuando ella odiaba coser. Al año siguiente le dejaron un botiquín de enfermería con estetoscopio incluido y gasa y vendas de verdad. Pero Dios no la había llamado por el camino de la Medicina y no sabía ni poner una tirita. El maletín era precioso e incluso llevaba una enorme Cruz Roja grabada, pero no le hizo ni pizca de gracia, para disgusto de su madre y de su tía Serafina, que clamaban al cielo por haberles tocado en suerte una niña tan poco agradecida y modesta que en su carta a los Magos de Oriente pedía pistolas, lápices de labios y teléfonos. Con el correr de los años Laura pensó que había sido una injusticia que no le hubiesen regalado un disfraz de enfermera picarona; en algunas ocasiones le habría venido bien. Como le había dicho a Lucas, se apiadaba de las personas con poca imaginación en la cama. A ella en sus buenos tiempos, le sobraba.
Guardó las albóndigas en la nevera para que al día siguiente tuviesen más consistencia. Entonces las pasaría por harina y las dejaría cocinar a fuego lento en un lecho de salsa de tomate natural y verduras. Conseguiría que Isabel ganase un par de kilos que le hacían mucha falta para que perdiese esa pinta de muerta vuelta a la vida. Se preguntaba cómo había logrado seducir a Carlos. Aunque bien pensado, tampoco es que el chico fuese la quintaesencia de la elegancia y la belleza. Y lo que la enfadaba era que ambos serían muy atractivos si cuidasen un poco más su aspecto. Tal y como estaban ahora parecían dos zombis recién salidos de una película de terror; y de las malas.
Sonrió al recordar cómo se las apañó cuando en su décimo cumpleaños le regalaron un juego de peluquería, cuando a ella nunca le había llamado la atención peinar cabezas ajenas. Desechó toda la parafernalia de rulos, peines y botecitos varios; pero se quedó con un precioso secador de mano de plástico rosa. Tenía la forma y tamaño perfectos para semejarse a una pistola. Y encima, de color rosa. Mucho mejor que la del idiota de su primo de Tafalla. Ahora cuando jugaban a los detectives ella estaba en igualdad de condiciones; también tenía pistola. Pero además, se ponía un vestido de su madre de lo que ella llamaba pata de gallo, y como le quedaba grande se lo ajustaba a la cintura con un lazo. También le tomaba prestados sus tacones, las pinturas, un bolso negro de correa dorada y una mantilla de ir a misa que se sujetaba a la cabeza con unas horquillas. ¿Qué hacía una detective vestida de esa guisa? Pues no lo sabía; pero cuando su primo le dijo que los policías no iban así vestidos ni de broma ella le dio una trompada con semejante fuerza que se cayó de culo encima de un cactus enorme que la abuela tenía en el jardín, y la Tía Serafina y su madre estuvieron una mañana entera sacándole espinas de salva sea la parte. Pero ella no se fue de rositas. Su propio culo también pagó las consecuencias y con la tanda de zapatillazos que recibió no se pudo sentar bien en una semana. Esperaba y rogaba a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, que Vicente no se acordase de ese episodio. Ahora necesitaba su ayuda.







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