21 de noviembre de 2015

DECISIONES 51


Cuando llegó la noche y la hora de irse a la cama Laura ya no tenía la fogosidad de la mañana, al leer aquella noticia. Y empezó a pensar con algo de racionalidad. ¿De qué excusa se serviría para conseguir que Vicente le diese algo que la ayudase a pasar al otro barrio? Incluso aunque le contase toda la verdad y tratase de hacerle entender que era una decisión personal y que no quería seguir viviendo, lo más probable sería que él no lo entendiese. Era católico, apostólico y romano. No sabía si, como el viejo general, también dormía abrazado a algún brazo incorrupto del más santo de los santos, pero de seguro que no entendería que alguien quitarse la vida. Dio un bufido al recordar que incluso había tenido problemas porque en su farmacia se negaba a vender condones. No, puede que el imbécil de su primo no fuese la persona más adecuada para ayudarla. Pero como ya había comprado el billete de tren decidió seguir adelante con la idea de ir a Tafalla. Hacía mucho tiempo que no se iba de viaje; porque la visita a Joaquín en la residencia no podía considerarse como una salida de placer, ni mucho menos. Si, decidió antes de quedarse dormida. Se iría unos días a Tafalla. Era un buen momento; si esperaba más ya no le apetecería. No era agradable viajar en pleno invierno. Todavía en este momento del año se podía disfrutar de un buen paseo.
Se quedó dormida pensando en el viaje y quizá por eso se levantó con buen ánimo . Pero antes tenía que dejar unas cosas ultimadas. Debería buscar hotel, no le apetecía quedarse en la casa de su primo; nunca había congeniado bien con la santurrona de Lucía, su mujer. Era de misa y rosario diario y en su presencia siempre tenía que estar controlando su afilada lengua para no sacar los pies del tiesto. Para alguien espontáneo y con el volcánico temperamento de Laura esto era un esfuerzo tal que la dejaba más agotada que escalar una montaña, en el supuesto caso de que estuviese dispuesta a ese dispendio de energía, que no lo estaba.
Lo más importante, sin embargo, era solucionar el asunto de Freya. Sólo a Lucas le podría pedir que se ocupase de ella. De Isabel no se fiaba para esos menesteres. Quería a la gata, pero podría olvidarse tranquilamente de ponerle su agua y su comida o de limpiar el arenero si Carlos venía a buscarla o si tenía uno de sus días melancólicos de “no puedo con mi vida”.
Una vez que hubo desayunado y se hubo vestido correctamente e incluso maquillado, decidió tomar el toro por los cuernos. Iría a casa de Lucas. Aunque llevaban ya unos meses con esa relación extraña de amistad o de encuentros, o lo que quiera que fuese, siempre se habían visto en casa de Laura o fuera. Él ciertamente la había invitado alguna vez a que se pasase a tomar un café, pero ella siempre había declinado la oferta. Se sentía mucho más segura en su propio terreno y no le gustaba invadir intimidades ajenas.
Miró el reloj. ¿Sería apropiado ir a casa de alguien a las once de la mañana? Estimaba que no. La mañana, decía siempre su madre, no era momento para visitas. Siempre por la tarde, y con invitación previa o al menos avisar de que vamos a ir. Bueno, pues por una vez iba a romper todas las normas de la buena educación. No se iba a hundir el mundo porque dejase de lado el protocolo.
Y con esa disposición de ánimo fue como tocó a la puerta de su vecino. Lucas le abrió casi al instante. Si se sorprendió al verla, que seguro que si, lo disimuló muy bien y con una sonrisa le invitó a que pasase. A Laura le agradó ver que ya iba vestido como si fuese a salir a la calle; se hubiera sentido muy culpable y carente de educación si le hubiese encontrado en bata, pijama y zapatillas. Pero llevaba un vaquero, jersey azul y mocasines. Ahora que le miraba bien, la verdad es que Lucas era un hombre apuesto, que diría su madre. O un tío bueno, según Isabel. Ella prefería quedarse en medio, los extremos no le agradaban, y simplemente pensó que era guapo. Esa barba canosa le sentaba bien. Ahora se daba cuenta de quien había heredado el vago de su nieto los ojos azules.
-Me alegro de verla por aquí, Laura. Siéntese. Le haré un café. Por una vez...siempre es usted quien se toma la molestia por mi. ¿Le importa que lo tomemos en la cocina?
Laura movió la mano, como indicando que no tenía importancia, y se sentó en la silla que Lucas, caballerosamente, había separado. Nunca había estado en aquella casa, aunque sabía que la disposición era exactamente igual que la suya, al menos en la planta baja. En la superior ella había hecho modificaciones después de la muerte de su madre. Esta cocina también daba a un patio trasero, aunque a diferencia del suyo, aquí no había azulejos portugueses ni macetas con geranios. Simplemente estaba pintado de un insulso blanco y pulcramente colocadas en una esquina al lado del tendedero había una escalera de mano y una caja de herramientas. Bien, al fin y al cabo, aquí vivían dos hombres, y desde hacía poco tiempo. La cocina seguía conservando aquel horrible azulejo de la época de su juventud, con unos enormes estampados psicodélicos que le daban dolor de cabeza. Suponía que los suegros de Lucas habían renovado la cocina en los años setenta o principios de los ochenta; un momento en que todo era excesivo para su gusto. La cocina era de gas, algo que ella temía y odiaba a partes iguales. Aunque, bien pensado, el gas era muy socorrido para quitarse la vida. Y decían que era una muerte dulce. ¿Y si un día que no hubiese nadie en la casa se colaba aquí y abría la espita del gas? Pero claro, primero habría de conseguir una llave de la casa, lo cual no le representaba muchas dificultades; podría manejar a Lucas. Lo que ya le parecía de peor gusto era obsequiarle con un cadáver a su vuelta a casa. Le traería problemas y disgustos, y él siempre se había portado muy amablemente. Se enfadó consigo misma por dejarse llevar por sus locas elucubraciones. Menos mal que nadie podía leer sus pensamientos pues en caso de que así fuese la encerrarían de por vida y tirarían la llave al mar.



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