24 de noviembre de 2015

DECISIONES 52



Al dejar atrás sus erráticos pensamientos Laura se dio cuenta de que su vecino estaba esperando que le contase a qué había ido a verle sin avisar y en horas tan intempestivas, pero era demasiado educado para plantear la pregunta y se limitaba a servirle el café.
-Se preguntará usted a qué diablos he venido.
-Pues no en esos términos exactos, querida mía, pero sí, es cierto que me lo pregunto-le respondió con una franca sonrisa.
Laura removió su café y pensó en la relación que se había ido consolidando entre ambos. Nunca había ido más lejos con ninguno de sus vecinos del cortés buenos días o buenas tardes; y eso que a la mayoría de ellos les conocía de toda la vida. Y sin embargo con este recién llegado había llegado a un punto de intimidad tal que le había contado secretos que nadie sabía y había escuchado otros suyos. Definitivamente la vida era extraña y a veces existían encuentros que la cambiaban.
-He venido a pedirle un favor; cosa que me cuesta mucho.
-Usted dirá.
-¿Podría quedarse unos días con Freya? Yo he pensado en ir a Tafalla y aunque podría confiársela a Isabel, no me fío ni un pelo. Ni de ella ni del vago de su nieto-masculló, mirando hacia las escaleras, dando por sentado que todavía estaría en la cama; aunque luego se dio cuenta de que las clases ya habían comenzado.
-Si, claro, no hay problema. Me quedaré con ella. ¿Puedo preguntarle si el viaje se debe a algo en especial?
-Pero qué cotilla es usted. No, tengo allí un primo al que no he visto desde hace mucho tiempo, pero la verdad es que si dijese que voy para darle un abrazo, estaría mintiendo. Me cae gordo, y la santurrona de su mujer, mucho más.
-¿Se va a alojar en su casa?
Laura soltó un bufido mientras movía ambas manos, como si espantase una mosca molesta.
-No lo permita Dios. Me obligarían a bendecir la mesa antes de cada comida, y todas las tardes a las siete tendría que acompañarles en el rezo del Santo Rosario. Mi alma pecadora no resistiría tanta tortura. Buscaré un hotel agradable.
Lucas llenó de nuevo las tazas de ambos y sacó un cigarrillo del paquete. Iba a encenderlo cuando una mirada de Laura le frenó. Era verdad que estaba en su casa y en su cocina, pero como sabía que a ella le desagradaba el humo, no se impuso. Volvió a guardar el cigarrillo en su paquete con un gesto de resignación. No le convenía que estuviese de mal humor para lo que le iba a proponer. Y sabía que era muy fácil hacerla enfadar.
-¿Y por qué no me permite que la acompañe en este viaje? Serían como una especie de vacaciones.
Antes de que ella abriese la boca siguió hablando.
-Podríamos llevarnos también a la gata. Hay hoteles en donde permiten animales. Y Freya es muy tranquila. Le basta un sillón mullido, su comida y un cajón con arena. ¿Qué me dice?
Laura se ajustó la chaqueta que llevaba sobre los hombros. De repente sintió un poco de frío. ¿Qué debía contestarle? Más bien, ¿Qué era lo que le estaba proponiendo exactamente?
-No sé si me gusta la idea. ¿Viajar juntos usted y yo? ¿En calidad de qué?
-No se haga la remilgada, que no le va nada. En calidad de amigos. ¿O teme que vaya a violarla en un descampado? Por supuesto, pediremos habitaciones separadas. No sea boba; ya tenemos los dos una edad y usted es una mujer de mundo.
Laura se indignó. ¿Estaría pensando este viejo loco que ella se estaba imaginando cosas raras? Por favor…
-¿O es que teme lo que el santurrón de su primo vaya a decirle? No la creía tan pusilánime.
Esa frase fue el revulsivo que Laura necesitaba.
-No diga sandeces. Todavía no ha nacido quien me ponga límites. Yo no doy explicaciones a nadie. ¿Se ha enterado usted bien? Tenga la maleta preparada para pasado mañana. No antes. Tengo que dejarles a Isabel y al holgazán ese de nieto que tiene usted comida para varios días. Es lo que tiene vivir rodeada de inútiles. Una tiene que hacerlo todo. Y recuerde llevar ropa de abrigo. En Tafalla en este tiempo ya refresca. Por cierto, ¿iremos en su coche o en el mío? Le advierto que a mi no me apasiona conducir mucho tiempo.
Si Lucas se asombró de la parrafada, no lo demostró.
-No se preocupe. Iremos en mi coche y conduciré yo. Usted solo tiene que ir sentada a mi lado como una reina y alegrarme el viaje con su presencia.
Laura le miró, indignada. Estaba segura de que se estaba riendo de ella.
-Pero la música la llevo yo.
-Espero que le guste el country.

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