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DECISIONES 53



Cuando llegó a su casa y mientras hacía una salsa boloñesa para la lasaña que pensaba dejarles a los chicos se estaba preguntando todavía por qué había accedido a ese viaje que ahora mismo, picando la zanahoria y la cebollas, con los ojos llorosos por el ácido de éstas, le parecía una completa locura. No sabía lo que le estaba pasando; pero de un tiempo a esta parte hacía cosas que no había planeado en absoluto y que incluso se había propuesto no hacer.
Miró a la gata, que la contemplaba indolente desde la mecedora; pero Freya se limitó a cerrar los ojos y bostezar con parsimonia, como si quisiera darle a entender que a ella no la molestase con esas estupideces. Se pasó la mañana y parte de la tarde cocinando. Solo descansó para comer con Isabel, a la que informó debidamente del viaje. Si se sorprendió no lo dio a entender. Tan sólo preguntó por la comida y le propuso quedarse con la gata.
-No me parece buena idea-refutó Laura. Además, no creas que te voy a dejar la llave de mi casa. Me harías cualquier desaguisado. La comida os la voy a dejar en casa de Lucas.
Isabel se encogió de hombros.
-Bueno...pues deja allí también a Freya. Nos hará compañía.
No le contestó, pero empezó a darle vueltas y quizá no fuese tan mala idea. No podían ser tan inútiles como para no alimentar a una gata durante cuatro o cinco días. Igual no les venía mal darles algo de responsabilidad para que madurasen un poco; aunque tampoco quería que lo hiciesen a costa de atender mal a la pobre Freya. Cuando Isabel se marchó llamó a Lucas por teléfono para consultárselo y a él le pareció bien; con lo cual, algo más tranquila, decidió probar.
Había algo más que tenía que hacer antes de marcharse. Buscó el teléfono de Silverio. Eran las ocho de la tarde y sabía que a esa hora todavía estaría en la consulta, pero probablemente preparando las citas del día siguiente, ya sin pacientes. Le contestó personalmente, señal de que la enfermera ya se había ido; y pareció muy contento de hablar con ella, hasta que le expuso el motivo de la llamada.
-¿Usted sabe lo que me está pidiendo? Los médicos tenemos un código deontológico, un secreto profesional. No puedo llamarla si esa niña que me presentó como su sobrina, aunque bien sé que no lo es, viene a mi consulta con una “urgencia”, como usted ha dicho. Sencillamente no puedo. Hay un ética a la que debo permanecer fiel.
Laura soltó una risa irónica al otro lado del teléfono.
-No me vengas con pamplinas. ¿Ética cuando te presentaste a la alcaldía? Los políticos no sabéis lo que es eso.
-No todos somos iguales. Y además, me está hablando como médico, no como político. No puedo hacerlo.
Laura se quedó en silencio, pero su enfado se percibía a través de la línea telefónica y Silverio, a pesar de sus cuarenta y cinco años y toda su experiencia profesional, se sintió de nuevo como un niño pequeño al que van a castigar por una travesura. Maldita mujer que le hacía sentirse todavía sentir la necesidad de dar explicaciones. Lo pensó mejor y trató de razonar con ella o de engatusarla, si fuese necesario.
-Vamos a ver, seño…
-Qué no me llames así, demonio. No seas ridículo.
-En el fondo sé que le gusta-rio él. No tiene motivos de los que preocuparse. La niña se está tomando pastillas anticonceptivas y la creo con el suficiente juicio para no dejar de hacerlo simplemente porque usted y el abuelo del chico se vayan de viaje.
Ella seguía callada; así que Silverio decidió quemar su último cartucho.
-Si usted quiere puedo pasar por la casa, fingiendo que voy a verla a usted, como si no supiese que está fuera, y echaré un vistazo. La llamaré cuando vaya y la informaré de cómo están.
A regañadientes Laura aceptó la propuesta y cuando el médico colgó se dejó caer agotado en el sillón y pensó en lo extrañas que son a veces las personas solitarias. Laura intentaba parecer dura y el que no la conociese bien diría que era una horrible bruja sin sentimientos y resulta que se trataba de todo lo contrario. No era más que una especie de abuelita gruñona y preocupada a la que daba miedo dejar sola a su niña durante unos días. Olvidaba, además, que esa niña tenía unos padres, aunque no se ocupasen mucho de ella, y que mal que bien había sobrevivido durante quince años.
Laura se quedó más tranquila y aquella noche al acostarse su última mirada fue para la maleta que estaba al lado de la puerta y que le recordaba que el día siguiente sería especial. Acarició a la gata y se dio cuenta de que la echaría mucho de menos. Había una parte de ella que estaba deseando emprender el viaje, salir a la carretera e ir dejando atrás los kilómetros y la monotonía; pero la Laura más temerosa miraba cada palmo de su habitación y de la casa entera y se decía que durante unos días estaría lejos de su territorio, de lo que consideraba que le daba la protección necesaria. Había días en los que odiaba aquellas cuatro paredes porque le parecían una cárcel que venían a frenar sus ansias de conocer, de cambiar, de hacer cosas distintas; pero en el fondo sabía que en ningún sitio del mundo se sentiría tan a salvo como allí, en la casa en la que había nacido. Le dio un golpe a la almohada, enfadada consigo mismo, y despertó a la gata. Ésta, enfadada por tan desconsiderado comportamiento salió de la cama con paso lento y majestuoso, dirigiéndole una mirada de reojo y fue a refugiarse a la descalzadora, ocupándose de restregarse con sumo cuidado para dejarla toda llena de pelos. Laura bufó y la gata con ella, retándola. Y se durmieron cada una en un sitio distinto aunque a la mañana siguiente, cuando abrió los ojos, descubrió que en algún momento de la noche había vuelto a la cama, a su sitio habitual, hecha un ovillo a sus pies. También ella era un poco como esa gata; caprichosa y montaraz, pero necesitada de calor.



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