2 de noviembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 45




Cuando llegamos a casa ya era hora de empezar a preparar la comida y animosamente puse manos a la obra. Nunca había cocinado para ellos, y he de confesar que sentía una mezcla de miedo y de ilusión. Decidí que no era momento de grandes experimentos. A todos los niños les gusta la pasta, así que preparé unos espaguetis a la boloñesa y de postre pastel de manzana. Todos comieron con buen apetito aunque solo Rodolfo y Alexander elogiaron la comida. La presuntuosa Flavia se limitó a mirarme con los ojos entornados por el rencor. Cuando estaba recogiendo los platos y me disponía a preparar café para nosotros dos, la niña soltó lo que me pareció una especie de bomba en medio de la sobremesa.
-Menos mal que mañana ya estará aquí la abuela y me hará mis platos favoritos.
Alexander se estaba limpiando los labios con la servilleta y la mano se le quedó en el aire, sosteniendo la tela como si fuese una bandera blanca pidiendo tregua.
-¿Qué es eso de la abuela?
-Ha hablado con Guiomar-era la primera vez que esa mocosa decía mi nombre-y cuando supo que estabas enfermo dijo que vendría.
No me explicaba cómo se había enterado; a menos que hubiese escuchado por el teléfono que había en el despacho de su padre; quien, por cierto, echaba chispas por los ojos.
-¿Y se puede saber quién eres tú para contarle a mi madre lo del accidente? Y en todo caso, ¿por qué no me has dicho enseguida que llega mañana?
Arrojó la servilleta sobre la mesa y se levantó tan rápido que tuvo que hacer un gesto de dolor y llevarse la mano al costado. No le contesté; me limité a quedarme sentada con los ojos llenos de lágrimas pero a la vez diciéndome que se merecía que le doliesen las costillas, y mucho, por cabronazo y por desagradecido.
Y para demostrarle que estaba enfadada y que me había hecho daño, cuando recogí la mesa le propuse a Rodolfo que saliésemos a dar un paseo. Flavia me dejó claro que ella no quería añadirse a la expedición, así que le encargué que le dijese a su padre que volveríamos en una hora. No sé si fue la caminata al sol, la conversación con este niño maravilloso que me miraba como a una especie de hada madrina o el batido que compartimos en una terraza; pero lo cierto es que cuando regresamos a casa estaba algo más animada y había decidido que las manías de Alexander no me iban a amargar la vida. Si me fiase del enfado que sentí cuando me recriminó, hubiese hecho la maleta y me hubiese ido al momento; pero frené mis impulsos porque ese imbécil no podía todavía valerse por sí mismo y había dos niños que necesitaban cuidados. Cuando llegase su madre yo me iría, y estaba pensando que quizá debiera hacerlo para siempre. Ya no tenía edad para estar aguantando pataletas de niño mimado.



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