3 de noviembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 46



Pasé el resto de la tarde en mi cuarto. Los niños estaban entretenidos con sus deberes, vigilados por su padre y yo no deseaba hacer el estúpido paripé de la familia feliz; sobre todo porque si me quedaba en el mismo cuarto que él mucho tiempo no podría evitar iniciar una discusión. Y eso no era apropiado, menos en su casa y cuando se encontraba convaleciente. Había traído mi portátil y dediqué una hora a contestar correos de trabajo y a terminar una demanda de divorcio que tenía que presentar en tres días. Trabajar siempre me equilibraba y me hacía sentir mejor; era como un lazo que me ataba al mundo real, a la vida, a lo que me era conocido y me hacía sentir segura. Para acabar de animarme, me llamó Leticia y hablar con ella siempre era como beber de una fuente de agua fresca. No había nadie tan transparente, tan inocente y cálido como ella. Me contó las últimas aventuras de Sara Patricia, que añoraba tanto a su legionario que no conseguía dormir por las noches y había decidido ir a clases de yoga, confiando en que esto le haría descansar mejor. Pero…empezaba a sentirse más interesada por el profesor de yoga, un italiano de unos treinta años que parecía un actor de cine, que en las tablas que él le enseñaba. Me reí de buena gana y pensé que las cosas iban bien cuando Sara Patricia volvía a sentirse interesada por varios hombres a la vez. ¿Cómo se llamaba esa escritora inglesa que decía eso de que “Dios está en el cielo y en la tierra todas las cosas marchan bien”? Pues esa era la sensación que yo tenía. Quizá por ese motivo hice la cena muy animada y la serví en la cocina, sin apenas dirigirle la palabra a Alexander ni a su endiablada hija, pero manteniendo una animada charla con Rodolfo. Cuando le pegase una patada en el culo a este maldito alemán lo sentiría mucho por el niño. Francamente, no sé a quién habría salido esta encantadora criatura. ¿Tal vez a su madre?
Cuando terminamos de cenar los niños se marcharon a la cama y aunque Flavia ni siquiera tuvo a bien decirme buenas noches, Rodolfo me dio un apretado abrazo y un beso. Alexander y yo nos quedamos solos, pero yo le di la espalda con el pretexto de limpiar la encimera y poner en marcha el lavaplatos. El silencio se había instalado entre los dos y pesaba como un manto de plomo. Sentía su mirada fija en mi espalda y me entretuve limpiando lo que ya estaba limpio. Al final tuve que mirarle al darme la vuelta. Me hizo daño ver sus ojos, grandes y marrones, limpios y puros como eran los de su hijo, fijos en mí. Aparté la mirada y la fijé en el ojo de buey de la lavadora. Nada hay que me calme tanto como las cosas cotidianas. El mundo puede estar hundiéndose a mí alrededor, pero mientras pueda cocinar, planchar, hacer camas o poner orden, pienso que todo está bien. Y ese fue el pretexto del que me serví para dejar de mirarle. Me acerqué a la despensa y desplegué la tabla de planchar, enchufé la plancha y extendí una camisa de Alexander. Mientras alisaba la tela no dejaba de pensar que estaba demás en esta casa. No había lugar para mí en la vida de un hombre que me quería pero a su manera, y al que siempre tenía que estar rogando que me hiciese partícipe de su vida o que me ofreciese una palabra de amor. Su pretexto siempre era que se pasaba las veinticuatro horas del día pensando en mí, que en su mundo solo existía yo; pero eso no me bastaba. Colgué la camisa en una percha y la dejé sobre una de las sillas. Sin dejar de pensar extendí un vestido de Flavia sobre la tabla de planchar. Poco a poco la soledad y la pena iban haciendo mella en mi interior. ¿Qué hacía en esta casa? Nadie me había llamado.
-¿Te vas a pasar la vida ignorándome?
No le contesté. Las lágrimas me impedían hablar. Tenía un nudo en la garganta y si pronunciaba una sola palabra se daría cuenta de que estaba sollozando; así que seguí planchando los pliegues del vestido de una niña que me odiaba.
-Háblame-me ordenó.
Me desprendí de su brazo con un tirón y seguí planchando. No soy una persona colérica ni que se enfade fácilmente, pero es muy sencillo hacerme daño y él me lo había hecho.
-¿Vas a decirme de una vez en qué te he ofendido?
Despacio desenchufé la plancha y me giré con lentitud para mirarle, ahora sí, a los ojos.
-¿Necesitas preguntarlo?
-Si-me contestó, apretando los puños. Me tratas como a un apestado desde que has ido a buscarme al hospital. Me pregunto si has venido para eso; para despreciarme.
Me entraron ganas de reír. Me pregunté si el accidente le habría causado amnesia.
-Por si no lo recuerdas-le reproché- me has regañado delante de tus hijos sólo porque contesté al teléfono cuando tu madre llamó. ¿Qué querías que hiciese? Es tu madre, por Dios, no podía mentirle.
-Pero a mí no me contaste que te había llamado. Y no me digas que se te olvidó porque a ti nunca se te olvida nada.
-No, no se me olvidó. Pero ella me pidió que no te contase nada. Y quizá deberías explicarme por qué. No quiero entrometerme en tu vida, pero sería bueno que me avises de qué oscuros secretos no quieres que sepa o en dónde no debo entrar. Has sido tú quien me ha propuesto que vivamos juntos y yo no puedo vivir con un hombre que no me deja formar parte de su vida y que ni se molesta en enseñar a su hija a que me respete mínimamente.
-Mi relación con mi madre no es cosa tuya ni tiene nada ver con lo nuestro. Ya tengo años suficientes para saber lo que me conviene.
-Y yo también-le contesté, más airada de lo que quisiera haberlo hecho. Y sé que desde luego no me conviene una persona que se cierra ante todo el mundo, empezando por su madre. Y no quiero hablar más del tema; es tu vida, como me has dejado claro. Me voy a la cama, estoy cansada.
-¿A la de invitados?
-A la que me corresponde. Es lo que soy, ¿no? Una invitada en tu casa. Pero tranquilo, en cuanto llegue tu madre y se haga cargo de todo, me iré.

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