9 de noviembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 47



No me detuve ante su llamada. Seguí caminando con toda la altivez que pude reunir, aunque al cerrar la puerta de mi cuarto me desmoroné. Quizá estas cosas no me harían tanto daño si ocurriesen en mi casa, en mi territorio, porque allí me sentía segura. Pero aquí estaba en una casa que no era la mía, sola y desprotegida, y me sentía muy vulnerable. Me arrebujé en el edredón hecha un ovillo, esperando que el calor llegase a detener el temblequeo de mi cuerpo. No hacía frío, pero yo siempre temblaba cuando estaba asustada, nerviosa o me sentía mal. Y pocas veces me había sentido peor que ahora. Los desengaños de amor siempre duelen, pero yo tengo la teoría, a diferencia de lo que piensa la mayoría de la gente, de que conforme más años se cumplen; más duelen. En la juventud es fácil recuperarse de los desengaños, pero cuando nos hacemos mayores también queremos con más profundidad y nos hacemos más sabios y más vulnerables a la vez. Creo que yo había puesto demasiadas esperanzas en esta relación. El cuarto de Alexander estaba al lado del mío y le escuché como se metía en la cama, como se daba la vuelta y hasta sus quejidos cuando la postura adoptada le hacía daño en las costillas rotas. Tentada estuve varias veces de levantarme para preguntar cómo estaba, pero no lo hice. Me quedé tapada hasta las orejas, aovillada y temblando, aferrada estúpidamente a un cojín como si fuese mi tabla de salvación.
A las ocho en punto de la mañana ya estaba en la cocina, perfectamente vestida, peinada y maquillada. El día había amanecido brumoso, exactamente igual que mi espíritu. Me sobresalté cuando escuché el timbre de la puerta. Todos estaban dormidos todavía, así que fui corriendo a abrir para que nadie se despertase. Me encontré con una señora que llevaba una maleta pequeña y un bolso colgado del hombro. Sin necesidad de que ella dijese nada, supe que era la madre de Alexander. Tenía sus mismos ojos oscuros y grandes, y ambos compartían la boca carnosa y bien delineada. Me sonrió y yo tomé la maleta y la ayudé a que entrase. Ya en la casa nos miramos fijamente y creo que las dos nos dimos cuenta que teníamos una cosa en común muy importante: amábamos al mismo hombre, cada una a su manera; pero las dos queríamos que estuviese bien y fuese feliz. Esperaba un apretón de manos, sé que los europeos no son tan efusivos como nosotros, pero Gisela abrió los brazos y me acogió como si fuésemos amigas de siempre. Era solo un poco más alta que yo, y su abrazo me dio una seguridad que necesitaba. Olía a violetas y su mejilla cuando besó la mía era fresca, como la ropa recién planchada. Se agarró de mi brazo y entramos juntas en la cocina.
-Todos están aún en la cama, supongo-dijo sacándose la gabardina y dejando el bolso encima de una silla.
-Sí. Alexander ha pasado mala noche; le he oído dar vueltas hasta hace poco, así que me imagino que ahora que ha encontrado el descanso, tardará en despertarse. Y supongo que Flavia pronto se despertará, no es demasiado dormilona.
-Y me imagino que tampoco habrá sido demasiado amable contigo-aventuró.
Sonreí y me encogí de hombros, pero no dije nada. Y ella tampoco insistió. Preparamos juntas el desayuno y nos sentamos a tomar el café y las tostadas en la mesa que daba a la ventana, aunque el jardín apenas se atisbaba en medio de la bruma.
-Eres distinta a cómo te había imaginado-me confesó.
-¿Y puedo preguntarle cómo había pensado que era?
Movió la mano derecha, en un gesto de displicencia.
-No me trates de usted ni se te ocurra llamarme señora o me sentiré ofendida. Ya sé que tengo setenta y siete años, pero no me siento como una vieja todavía. Haz el favor de tutearme, y mi nombre es Gisela.
Acepté sonriendo pero insistí en saber cómo me había imaginado.
-Pues la verdad es que pensé que mi hijo se habría buscado a una mujer parecida a quien fue su esposa.
Se quedó un instante callada, como espiando mi reacción. Yo estaba nerviosa, no sabía cómo interpretar sus palabras, pero me esforzaba por no dejar entrever mi inseguridad.
-Me alegra ver que eres completamente distinta a Natalia-continuó. Entre nosotras, nunca pude soportarla, ni ella a mí. Y no me digas eso de las nueras y las suegras, porque no creo en esas cosas. Simplemente hay personas que conectan y otras que no. Y nosotras dos éramos como agua y aceite.
Sacó del bolso una polvera dorada, de esas que ya no se usaban y que mi madre también había tenido, y se retocó con gesto coqueto.
-Yo a mi suegra, que en paz descanse, la quise más que a mi madre. Así que ya entenderás que no soy persona que crea en los tópicos. Ocurre que Natalia es un ser egoísta, algo despiadada y muy destructiva, aparte de completamente neurótica. Hizo polvo a ese idiota de mi hijo.
Me quedé sorprendida de que hablase así de Alexander y de su franqueza. Y creo que ella se dio cuenta.
-Mi hijo es un buen hombre, pero tonto de remate-dictaminó cerrando con un golpe seco la polvera. En eso ha salido a su difunto padre. Ya pasa de los cincuenta años pero hace cosas que me convencen de que todavía es un crío. Ahora bien, contigo creo que ha acertado-dijo mirándome fijamente. Le quieres mucho, ¿verdad niña?
Me revolví, inquieta y sin saber muy bien qué decir. Pero cuando tocó mi mano e insistió en que la mirase a los ojos, lo que vi fue el amor y la preocupación de una madre por su hijo y por su bienestar. Y eso yo lo entendía muy bien. Asentí con la cabeza y ella me acarició la mejilla y el apretón en mi mano se hizo más fuerte.
-Me lo imaginaba. No te garantizo que no sufras, pero creo que en esta batalla tú ganarás. Y tu victoria será la mía también, así que haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte.
¿Qué podía contestarle yo a esta buena señora? La madre de Felipe, la única suegra que había tenido hasta el momento, era una arpía que siempre trató de que las cosas entre su hijo fuesen lo peor posible; así que encontrarme ahora con una madre que parecía querer entregarme a su niño envuelto en papel de celofán, me sonaba raro y en cierto modo me hacía desconfiar. O el niño era un petardo, como estaba comprobando estos últimos días, o ella muy buena persona. Y hablando del rey de Roma…las dos miramos hacia la puerta cuando hizo su entrada Alexander, todavía en pijama y sin afeitar. Su madre se levantó de la silla, pero no se movió. Fue él quien se acercó para darle un frío beso en la mejilla. Me di cuenta de que ella pretendía alargar el momento, pero no pudo retenerle lo suficiente. Me sentí mal al presenciar la escena; yo no era nadie para entrometerme, pero como madre me sentía un poco agredida, y desde luego completamente solidaria con esta pobre mujer. Me disculpé alegando que tenía que hacer una llamada telefónica y les dejé solos, esperando que el bloque de hielo que parecía haber entre los dos se derritiese un poco.

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