11 de noviembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 48



Y para no resultar demasiado mentirosa, aproveché para llamar a Laura y preguntarle cómo iban las cosas en general. Poco a poco me fue poniendo al corriente de todas las novedades. Lo suyo con Mateo marchaba regular, pues la convivencia no era tan sencilla como los dos se habían imaginado. Me barruntaba, aunque ella no me lo dijo directamente, que el chico estaba acostumbrado a que su hermana le sirviese también de madre y criada, y esperaba encontrar en Laura algo parecido; pero que ella no estaba dispuesta a darle. Después de aguantar al sinvergüenza de su marido y al ínclito Eusebio el horno ya no estaba para bollos. Me contó que Luisa Fernanda, al parecer, se había curado de su afición a la botella y había tenido la valentía de decirle a la cara a su prima que era un pendón desorejado y al mismo tiempo tirar en plena calle, desde el balcón, las cosas que su marido todavía no se había llevado. Eso me hizo reír; solo de imaginar a la elegante Luisa Fernanda perdiendo mínimamente los papeles me llenaba de asombro. Leticia seguía como siempre, en su mundo feliz y color de rosa, ahora enamoriscada del chico que le llevaba los pedidos del supermercado, porque le daban pena sus ojillos de perro pachón y lo poco que le pagaban en su trabajo. Sara Patricia de momento estaba pensando en cómo catar al profesor de yoga sin que el Novio de la Muerte desenfundase el revólver o lo que quiera que llevasen los legionarios; y en cuanto a la pobre Claudia y Nuria; seguían sin atreverse a contar sus amores a la familia. Nada nuevo bajo el sol.
El solo hecho de hablar con una de mis amigas me sirvió para encontrarme mejor, y me hizo pensar en ese dicho que tantas veces me he repetido: los novios, amantes y maridos van y vienen, pero las buenas amigas permanecen. Decidí que Alexander y su madre habían ya tenido tiempo de hablar, y se supone que yo no me iba a pasar el día encerrada en mi cuarto. Además, si Gisela iba a quedarse mi presencia ya no era necesaria. Tendría que mirar el horario de vuelos y marcharme a mi casa, donde estaría sola de nuevo, pero al menos no tendría la sensación de sobrar. Apenas salí de mi cuarto me encontré con Alex en el pasillo y tuvimos que esquivarnos para no chocar. Se echó a reír cuando tuvo que sujetarme por el codo para que no perdiese el equilibrio.
-¿A dónde vas con tanta prisa?
-Te buscaba.
-Pues ya me has encontrado.
Me guio suavemente hasta el salón; en la cocina se escuchaban las voces de los mellizos que hablaban con su abuela y se reían. Nos sentamos uno enfrente del otro y yo tragué saliva antes de hablar. Tenía una extraña sensación en la boca del estómago.
-Quería decirte que me marcho en el primer vuelo que salga hoy.
Me miró, entre sorprendido y dolido; pero no dijo nada. Se limitó a agachar la cabeza como hacía siempre que algo le disgustaba. Y yo, como siempre que me sentía confusa, empecé de nuevo a hablar. Las palabras, aún las dichas sin sentido, me permitían huir de los silencios molestos que me laceraban el alma, dejándome con la sensación de algo que acababa sin saber cómo ni por qué.
-Ahora que tu madre ya ha llegado no me necesitas aquí. Ella se ocupará de ti y de los niños y…es mejor para todos. Tu hija no me soporta, yo ya no sé qué hacer para llegar a ella. Y tú tampoco pareces muy contento de verme en tu casa. Tengo la sensación de que piensas que de alguna manera estoy invadiendo tu terreno y ocupando un lugar que no me pertenece. No aguanto que me compares a cada minuto con tu mujer, no me lo merezco-acabé por decir, aunque no sé bien por qué lo hice. No sabía si él me comparaba con Natalia; pero estaba desengañada y enfadada, y necesitaba decir algo que le hiriese.
Siguió callado unos minutos y luego se levantó despacio del sofá y fue hasta la ventana que daba a la calle. Se quedó allí, dándome la espalda unos minutos más. Por fin se giró y nuestras miradas se encontraron.
-¿Por qué me haces esto?-me preguntó, extendiendo las manos, como en un gesto de desolación e impotencia.
-¿Qué es lo que te hago? Me invitas a que entre en tu vida, pero solo cuando tú quieres y de la manera que quieres. Siempre eres tú quien tienes que llevar el control de todo, quien dice cómo y cuándo nos vemos, lo que haremos…todo tiene que pasar por tu aprobación. Estás viendo como tu hija me desprecia y no mueves ni una pestaña; todo te da igual.
Se pasó la mano por el pelo, mirándome como si estuviese loca.
-No me lo puedo creer. Flavia es una niña de ocho años que se siente amenazada. Tú eres la adulta y la que tiene que esforzarse por ganártela. Y yo no te aparto de mi vida, te he dicho que quiero compartirla contigo. Pero no sé bien como tratarte, eres demasiado susceptible y estás siempre dispuesta a defenderte de ataques que no existen. ¿Alguna vez te quitas los guantes de boxeo?
- No soy susceptible, es simplemente que tú eres demasiado callado. Hay algo duro y frío en ti que me impide adentrarme más. Soy yo siempre quien se preocupa porque esto funcione, tú te limitas a dejarte querer. Y en cuanto a lo de tu hija…es cierto que ella es una niña pequeña, que siente miedo y se encuentra insegura. Pero también es verdad que yo he hecho todo lo posible por acercarme a ella y tú no me has ayudado en nada. Más bien esperas que sea yo quien haga todo el trabajo. Ni siquiera le has regañado cuando se comporta como una maleducada. Seguro que si fuese Rodolfo el que hiciese esas cosas, se pasaría el día castigado.
-¿Me estás diciendo que no sé educar a mis hijos o que prefiero a uno de ellos?
-No, y sí.
Se dio una palmada con la mano abierta en el muslo, exasperado.
-Haz el favor de explicarte-exigió.
-Y tú haz el favor de no gritarme, no tienes derecho alguno.
-Lo siento.
-Y ahora, explícame eso. Si quieres-añadió, en tono conciliador.
-Quise decir que no, no creo que no sepas educar a tus hijos. Pero…sí que le consientes más a la niña. Supongo que todos los padres hacen lo mismo. Es lo que veo y te lo tengo que decir.
Se encogió de hombros. No parecía demasiado convencido de mi explicación.
-Bueno, no voy a discutir. Pero si te pido que no te vayas todavía.
-¿Por qué?
-Porque te necesito-me dijo al cabo de unos minutos, como si le doliese tremendamente confesarlo.
Aquellas tres palabras me parecieron un gran triunfo; era más de lo que él solía hacer; confesar que como cualquier persona normal necesitaba a alguien en su vida. Estaba deseando encontrar una excusa para quedarme unos días más; podría hacer el trabajo que tenía pendiente solo con un ordenador y una conexión a internet; pero pensaba que iba contra mi dignidad dejarme convencer tan fácilmente. Sin embargo, bastó que Alex me acariciase una mejilla y pusiese ojos de perro apaleado para que yo asintiese con la cabeza. Si la gente de Numancia o de Masada hubiesen tenido la misma fuerza de voluntad que yo, de seguro que no habrían pasado a la Historia. Mis murallas se derribaban con facilidad, quizá también porque yo era muy propensa a construirlas y sus cimientos no debían de ser demasiado sólidos.

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