18 de noviembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 49



Me quedé en casa de Alex una semana, y su madre se marchó solo un día antes que yo. Pasamos mucho tiempo a solas mientras los niños estaban en el colegio y él trabajaba en su despacho, porque aunque seguía con dolores y molestias, ni un solo día dejó de escribir. Nosotras aprovechábamos entonces para salir de compras o simplemente a pasear y tomar un café en alguna terraza. El mal tiempo de los dos primeros días pronto cambió y era agradable caminar por las calles del centro y sentarnos cuando ya estábamos cansadas. Descubrí en Gisela a una mujer fuerte, que no había tenido una vida fácil pero que había sabido capear el temporal como mejor había podido. Me contó que se había separado de su marido cuando Alex tenía 15 años y él nunca se lo llegó a perdonar del todo. Estábamos entonces sentadas en una terraza enfrente del mar. La gente iba y venía por la acera como en una explosión de colores primaverales; los niños jugaban en el parque de la esquina y olía a agua salada y anticipo de tardes de verano. Lamenté no haberme traído las sandalias; ahora mismo agradecería que el sol me acariciase los dedos de los pies; pero me contenté con sacarme la chaqueta y dejar que los rayos tibios de primavera me lamiesen los hombros y los brazos como un amante tímido y primerizo. Quizá fuese ese primer calor sensual del incipiente verano o la languidez de una tarde perezosa lo que me trastornó lo suficiente para pedirle a Gisela que me contase por qué. Después de haberlo hecho me arrepentí. No tenía derecho a preguntarle por su vida; aunque a ella no pareció molestarle. Sacó de su bolso el paquete de cigarrillos y se entretuvo en encender uno y aspirar el humo con verdadero placer. Pareció pensar durante algunos minutos y se entretuvo dándole vueltas encima de la mesa al encendedor dorado con pequeñas piedras de malaquita que llevaba grabadas sus iniciales.
-Alex nunca me lo perdonó porque yo dejé a su padre para irme con otro hombre.
Me quedé callada, esperando a que continuase, pero ella debió entender mal mi silencio porque empezó a justificarse. La detuve, poniendo mi mano sobre la suya.
-No, no me malinterpretes. Yo no te estoy juzgando; no tengo derecho y además… ¿quién ha dicho que el amor dure toda la vida? Todo tiene un principio y un final. Yo también me separé de mi marido y mi madre todavía me sigue juzgando, aunque creo que cada vez menos.
Se rio con su risa ronca, pienso que por lo mucho que fumaba.
-Mira Guiomar-le costaba pronunciar mi nombre y al principio a mí me hacía gracia como lo decía. Ahora ya estaba empezando a acostumbrarme. Me di cuenta de que la vida es demasiado corta para desperdiciarla. Yo pensé que era feliz con Hans, el padre de mi hijo; pero cuando conocí a Georges me di cuenta de que había vivido en una especie de espejismo que poco tenía que ver con la realidad. El me hizo sentir viva de nuevo, me dio alas cuando pensé que ya no era capaz de volar y una vez que probé a hacerlo…ya no quise volver al suelo.
-Te enamoraste-resumí. No hay nada malo en ello.
Torció el gesto a la vez que aplastaba el cigarrillo contra el cenicero con algo de rabia, como si lo quisiese deshacer.
-Puede que no. Pero a la gente le extrañó que me marchase con el profesor de piano de mi hijo, al que sacaba veinte años.
En esa conversación iba pensando en mi viaje de vuelta a casa, mientras el hombre que iba sentado a mi lado no paraba de roncar y resoplar, como un jabalí herido de muerte. Debía de pesar más de cien kilos y su tremenda humanidad desbordaba su asiento y se aposentaba en el mío, dejándome aplastada contra la ventanilla. De repente me sentí sucia y sudorosa y sólo pensaba en llegar a mi casa y meterme bajo la ducha para sacarme todos los efluvios de este vecino indeseado y botarate. Estaba triste. Siempre que me despedía de Alex me invadía una extraña sensación de abandono, de ser como un perro sin amo a quien han dejado tirado en la calle. Yo me pasaba la noche anterior intentando contener las lágrimas y él estaba tan tranquilo y solía dormir como un bendito. Y luego en el aeropuerto se convertía en el hombre servicial que se preocupaba de facturar mi equipaje, sacar mi tarjeta de embarque y dejarme sana y salva en el avión. Hasta sospechaba que se quedaba aliviado cuando me iba; y si no era así, lo disimulaba muy bien, porque nunca vi que hubiese emoción en su cara cuando me despedía con un formal beso en la mejilla. ¿De qué estaba hecho este imbécil? Parecía que por sus venas, en vez de sangre, corría horchata. Aunque su madre me había aconsejado que tuviese paciencia con él. Cuando nos despedimos aprovechó un momento en que nos quedamos solas para agarrar fuerte mi mano y mirarme a los ojos fijamente. En los suyos vi sinceridad y también un atisbo de miedo mezclado son deseos de convencerme de algo.

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