21 de noviembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 50



-Mi hijo es buen chico, querida-me dijo arrastrando las erres, en su español dificultoso. Que yo le quiera mucho no me hace ser ciega, sin embargo, y sé que puede ser muy difícil de llevar. A mí me lo vas a decir-susurró levantando los ojos al cielo, como pidiendo misericordia. Pero creo que tú podrás llegar hasta él; se trata solo de derribar esa barrera que ha interpuesto entre él y el resto de la humanidad. Parte de la culpa es mía, por ese asuntillo que te he contado; pero quien verdaderamente le destrozó la vida fue la zorra de su mujer, a quien Dios confunda.
Yo no quise pedirle más explicaciones. Ya tenía en mi vida bastante drama, propio y ajeno, para guardar más en las estanterías de mi cabeza y de mi corazón. Alexander podría ser el hombre de mi vida; de eso estaba segura; pero tendría que domarlo. Y bajo su apariencia suave escondía un verdadero tigre de Bengala que no se dejaba amansar. Pero desde niña he sido muy terca y me juré a mí misma, mientras el gordo roncaba a todo trapo, que a éste alemán del demonio le metería yo en vereda aunque fuese lo último que hiciese en la vida. Vamos que lo haría; y de paso me encargaría de enderezar a la descastada de su hija, aunque tuviese que inflarle la cara a collejas. Si había sido capaz de lidiar con Luisa Fernanda y su afición a la botella y había soportado las crisis existenciales de Laura…bien podría luchar contra este nuevo reto. Y para infundirme ánimos, saqué el espejo del bolso y el lápiz de labios y me di unos retoques antes de que el avión aterrizase.
Para castigarle un poco no le avisé de que había llegado, ni atendí sus llamadas hasta última hora de la tarde. Me costó mucho hacerlo, pero se lo merecía, y decidí que le vendría muy bien saber que tenía vida más allá de él y sus problemas. Al día siguiente, martes, nos reunimos por la tarde en la casa de Sara Patricia. Solo con ver de nuevo a mis amigas ya me sentí mejor. Ellas me entendían, habían compartido conmigo buenos y malos momentos y aunque a veces me desesperasen, sabía que siempre estaban cuando las necesitaba.
-Bueno, ¿y qué tal has dejado al nazi?-me preguntó la anfitriona, mirándome con ojos entornados, supongo que porque ya había bajado varias copas de anís.
-Alexander, se llama Alexander, y no es nazi, solo alemán.
Me hizo un gesto con la mano, dándome a entender que eso daba igual.
-Está mejor, ya casi ha recuperado la movilidad.
-Ay, me parece tan romántico que hayas ido a cuidarle-susurró la dulce Leticia, abrazándose a un cojín con ojos soñadores.
-Pues a mí me parece de imbéciles-refutó Leo. Ir a lidiar con dos mocosos que no son tuyos y hacer de criada, cocinera y chica de compañía.
La miré, furibunda, y ya iba a contestarle como se merecía cuando Laura, con su proverbial incontinencia verbal, se metió por medio.
-Y es no es todo. Ha conocido a la suegra. Y se han hecho amigas.
Siguió hablando sin hacer caso de las miradas que le lanzaba ni de los gestos de que se callase la boca.
-Pero es que entonces la cosa va en serio-dictaminó Sara Patricia. Cuando un hombre te presenta a su madre es que se ha lanzado a la piscina con ropa y todo.
-Más bien ha sido su madre quien se ha presentado de improviso. Él no sabía nada de su llegada.
-Pues si os habéis hecho tan amigas…malo-sentenció Leo masticando con furia un trozo de pastel de zanahoria. Eso es que sabe que su hijo es un mierda que no vale para nada y te lo quiere endilgar.
Me pregunté de donde sacaba esas ideas tan absurdas con las que de vez en cuando nos obsequiaba, pero desistí de decir nada. ¿Para qué? Ya entre todas habían empezado a organizarme la vida y hablar de mi como si no estuviese presente, con lo cual hice lo que solía cuando hay algo que no me gusta: evadirme. Me pongo a pensar en mis cosas o a ver lo que pasa como si me saliese de mi cuerpo, como si estuviese en una película. Me fijé en lo que me rodeaba como si yo fuese una desconocida, una extraña recién llegada. La sala de Sara Patricia es estrecha y alargada, con pocos muebles y las paredes pintadas de un lila desvaído que siempre me da frío. Nuria y Claudia se sentaban en el sofá grande, juntas pero sin tocarse, aunque cualquiera que tuviese ojos en la cara se daría cuenta de que se amaban. La manera en que de vez en cuando se miraban o como sus manos se rozaban accidentalmente eran inconfundibles. Leticia estaba sentada en el suelo, sobre la alfombra color vainilla; las manos apoyadas en el mentón, callada y girando la cabeza de un lado a otro, según quien hablase, como en un partido de tenis siguiendo a la pelota. Sara Patricia se sentaba en una mecedora, de cara a la ventana, con la copa en la mano y el rostro sonrojado por los efectos del anís y el acaloramiento que le producía la discusión que había emprendido con Leo; que con su aspecto de macarra de barrio, vestida de nuevo de motera, se sentaba en el suelo al lado de Leticia. La única que seguía manteniendo la compostura era Luisa Fernanda, sentada en una butaca, muy tiesa y con la espalda recta, sin apoyarse en el respaldo, sosteniendo una taza de té en la mano en perfecto equilibrio mientras nos miraba a todas con aire lejano. No había vuelto a beber y después de haber sacado el genio con su marido parecía extrañamente tranquila y ajena a todo; con su aire elegante y solitario de siempre, pero más serena. Laura…era la misma de siempre; cariñosa y también inaguantable porque nunca medía las consecuencias de sus actos o de sus palabras. Hoy estaba en uno de sus días soñadores y se había vestido toda de azul, de los pies a la cabeza. Yo sabía que incluso su ropa interior era azul; para ella era un sacrilegio si se veía el aura de un color al levantarse por la mañana, que sus braguitas y el sujetador no fuesen de ese mismo tono. Suspiré, pensando que éramos una pandilla de chaladas sin remedio.

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