24 de noviembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 51



Dejé de prestar atención a las discusiones de mis amigas; su voz me llegaba de lejos mientras yo me sumergía en mis pensamientos. Unos pensamientos que me llevaban a muchos años atrás, a conversaciones oídas entre mis padres. ¿Por qué me había acordado ahora de esas cosas? Quizá porque en este mes se cumplían años de la muerte de mi padre y me acordaba mucho de él. Siempre me resultó más cercano que mi madre; y por eso no podía dejar de entender a la pequeña Flavia. Para ella yo era el enemigo, la mujer que venía a robarle a su papá y era normal que me viese como a una bruja. Suspiré, cansada. ¿Por qué las cosas siempre eran tan difíciles? Mi madre solía decir que todo lo que es importante, cuesta conseguirlo. Puede que fuese verdad, pero en mi vida siempre estaba llena de escollos y problemas, y por una vez desearía que el camino fuese llano, sin tantas cuestas para subir. Volví a prestar atención a la conversación que se mantenía en aquel mismo momento; estaban hablando del profesor de yoga.
-¿Te lo has tirado?-le preguntó Leo a Sara Patricia, a su manera brutal y directa. Ninguna de nosotras se inmutó; ya estábamos acostumbradas.
La aludida puso los ojos en blanco, fingiendo un pudor que estaba muy lejos de sentir. Yo, que me preciaba de conocerla bien, sabía que si había algo de lo que ella carecía era precisamente de pudor y comedimiento. Pero se estaba haciendo la interesante; algo que le iba mucho.
-Qué manera más bestia de decir las cosas-protestó.
-Bueno, pues dilo tú como te parezca, pero cuéntanos algo-le pedí yo.
Se levantó de la mecedora para acomodarse encima de un cojín en la alfombra, en la postura de Loto, no sé si para inspirarse más en sus confidencias; y suspiró como si le faltase el aire. Estaba disfrutando de ser el foco de atención de todas nosotras, que esperábamos que nos contase algo que mereciese la pena, cada una de nosotras por una razón distinta, aunque en el fondo lo que todas pretendíamos era refugiarnos en dramas ajenos para olvidarnos de los nuestros.
-¿Quieres empezar de una vez?-se impacientó Leo
-Raúl es un hombre totalmente distinto a cuantos he conocido hasta ahora-sentenció, como si estuviese explicando una nueva ley inmutable del universo.
-¿Para bien o para mal?-preguntó la pequeña Claudia, con los codos apoyados en las rodillas, como una niña que espera un cuento.
-Para bien, para mejor-se extasió Sara Patricia, juntando las manos como en una oración. Ahora era ella de verdad, ya había dejado el teatro y estaba hablando como siempre. ¿Sabéis lo que es estar con un tío durante toda la noche?
-Pues si-dijo Laura, muy seria. Demasiado bien lo sé. No te dejan sitio en la cama, roncan, te pegan codazos, te quitan la ropa cuando se dan la vuelta, e incluso algunos como mi difunto tienen el mal gusto de radiar en sueños las aventuras sexuales con la churri de turno
-No hablo de dormir toda la noche con un hombre, sino de estar toda la noche…
Se quedó callada, haciendo un expresivo gesto.
-Dándole al tema-acabó por ella Leticia, con su cara de no haber roto nunca un plato.
-Eso-concedió Sara Patricia.
Leo encendió un cigarrillo, a pesar de que la norma era no fumar bajo techo; pero como todas estábamos pendientes de las confesiones de semejante pasión arrebatadora, nadie protestó. Ella nos miró con displicencia.
-Y esperas que nos creamos esa bola-concluyó, echando el humo hacia el techo y soltando una carcajada.
-Es que es verdad. Practica el tantra yoga y es capaz de resistir lo que quiera.
-¿Qué es eso del no sé qué cuernos yoga?-quiso saber Luisa Fernanda. A mí me suena a cuento chino. ¿No serán esas guarrerías de posturas del libro ese, del Kamasutra o como se llame?
Sara Patricia la miró con aires de reina ofendida y alisándose la falda por encima de las rodillas, procedió a aleccionarnos como si no estuviese enseñando el camino a la Salvación Eterna.
-Se trata de un tipo de yoga en donde en hombre aprende a respirar de manera adecuada para contener el orgasmo todo el tiempo que quiera.
-¿Y eso cómo se logra?-quiso saber Leo. La única manera que se me ocurre es hacerle una novena a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles.
-Pues se logra, si, mediante el control de la respiración, como ya os he dicho, panda de ignorantes. Y también porque el hombre debe concienciarse de que la eyaculación no es un fin, no es importante.
-¿Ah no?-preguntó Leticia, como en trance. Pues yo siempre pensé que lo único que querían era eso; echar lastre fuera.
Todas la miramos con desagrado, quizá porque éramos unas hipócritas y desde luego mucho menos sinceras que ella.

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