26 de noviembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 52



Sara Patricia siguió hablando con su tono melodramático de profesora resignada a lidiar con alumnas ignorantes y con pocas ganas de aprender.
-No, nada de eso. En el tantra lo importante es todo lo que viene antes, los preliminares, la preparación, la unión de las almas.
-La leche en verso-resumió Leo. No nos vengas con cuentos, ¿quién se va a creer esas tonterías de un tío que está horas y horas sin…?
Ni siquiera Leo se decidió a terminar la frase.
-Guiomar-dijo Leticia.
Todas giramos la cabeza para mirarla con asombro; y desde luego yo la que más. ¿Qué decía esta chalada?
-Ella hizo una siesta de siete horas con el alemán ese-dijo de manera inocente. Y a mí me pareció que acababa de tirar una bomba.
Sentí todas las miradas sobre mí y en un gesto absurdo intenté cerrar los ojos, como hacen los niños pequeños cuando quieren esconderse, pensando que si se tapan la vista y ellos no ven, tampoco serán vistos. Pero por una vez Dios se dignó a venir en mi ayuda, porque Leo puso fin de forma abrupta al interés por mis siestas con Alexander.
-Sí, ya, fantasmadas de los hombres, esos que se comen una y cuentan veinte. No me creo nada.
-Pues es verdad. Yo no miento-se ofendió Sara Patricia, echando hacia atrás el pelo. Te corroe la envidia.
-No, guapa, a mí no me corroe la envidia, pero tú sí que te vas a quedar corroída cuando vuelva el novio de la muerte de Afganistán y te pesque haciendo marranadas de esas del yoga con el italiano. Ya verás, ya, lo que vale un peine.
La aludida se retorció las manos en un gesto inútil de desesperación. Por un momento y con el susto yo me había olvidado de Manolo el legionario; pero Leo tenía razón. A ver si no tendríamos, al final, algo que lamentar. Los celos son malos consejeros y al parecer este hombre era un Otelo en potencia.
-Bueno, la verdad es que estoy intentando decírselo de manera delicada.
-¿Hay alguna manera delicada de decirle a un tío que te estás tirando a otro?-preguntó, como siempre y sin ambages, Leo.
-Siempre podemos una de nosotras decirle que ésta se ha muerto-sugirió Leticia, enrollando en el índice uno de los hilos que se salía del cojín que abrazaba.
-Claro. Una estupenda idea-remaché yo. Y entonces Sara se tendrá que ir a vivir a Tombuctú o quedarse lo que le quede de vida encerrada para que el novio de la muerte no sepa de la mentira. Lo que tiene que hacer es coger el toro por los cuernos, nunca mejor dicho, y apencar con las consecuencias.
Todas empezaron a cacarear como gallinas cluecas y di el asunto por concluido. Que hiciese la adúltera lo que estimase oportuno. A fin de cuentas, yo ya le había avisado, en su momento, de que era totalmente estúpido prometer cosas que nunca podría cumplir. Claro que, bien pensado; ¿no era eso lo que habíamos hecho todos los que nos casamos? La vida estaba repleta de promesas que nunca se podrían cumplir.
Cuando llegué a mi casa aquella noche había en la bandeja de entrada de mi correo tres mensajes de Alexander. No le había escrito ni le había llamado desde ayer. Los abrí, los leí uno por uno con atención pero no le contesté a ninguno de ellos. No por fastidiarle, ni por hacerle sufrir o causarle preocupación, sino por algo mucho más sencillo: no me apetecía hacerlo. Por primera vez no sentía ganas de hablar con él, ni de oír su voz o que me contase como le había ido el día. Me preocupaba lo que me estaba pasando. En mis casi cincuenta años, poco a poco, había empezado a conocerme algo mejor a mí misma y sabía que cuando una situación dejaba de preocuparme, cuando empezaba a dejar de sentir interés por algo o por alguien…mal asunto. Casi siempre había sido el principio del fin. Y me daba miedo; porque todavía le quería. Pero había en mí una fuerza superior que a veces me llevaba por caminos insospechados por los que nunca había pensado transitar.
No quería pensar más en el asunto; estaba dejando de vivir mi vida a causa de sumergirme en la de Alexander. El resto de la semana me dediqué a poner en orden mis asuntos en el trabajo y el sábado fui a comer con mi madre. Últimamente la tenía muy abandonada y aunque me exasperaba con frecuencia, era mi madre y quería estrechar lazos con ella. Aparqué justo delante de la puerta, un lujo desconocido en otra parte de la ciudad que no fuese esta calle apartada. Los árboles estaban en flor y en la esquina, haciendo pantalla con la mano delante de los ojos para esquivar el sol, pude ver niños jugando y saltando a la cuerda. Me recordó mi propia infancia; yo también había jugado en esta misma calle muchos años atrás, aunque me pareciese que había sido ayer. ¿Dónde estaban los sueños que tenía entonces? ¿Y la inocencia? Ninguno de los sueños se había cumplido y en cuanto a la inocencia…algún resquicio me quedaba, para mi desgracia; pero la ilusión sí se había ido y esa ya no volvería. Me vi reflejada en el espejo del coche: no tenía buen aspecto; había adelgazado demasiado, llevaba el pelo lacio y sin vida y estaba pálida como una muerta.
No tuve ni siquiera que llamar; mi madre atisbó mi llegada por la ventana de la sala y vino a abrirme antes de darme tiempo a tocar siquiera el timbre. Iba perfectamente vestida y peinada y se quedó mirándome con desagrado. Como de costumbre, no era persona que escondiese lo que pensaba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada