10 de noviembre de 2015

PARA MI HIJA






Hace veintiocho años faltaban pocas horas para que naciese mi hija. Como era la segunda y sabía lo que me esperaba, estaba tranquila por una parte y por otra un tanto muerta de miedo pero lista para la batalla. Parir no es nada del otro mundo, solo algo para lo que las mujeres estamos diseñadas, y además es un dolor que tiene la mejor de las recompensas.
La mía pesaba 2,800 y tenía los ojos azules, como todos los bebés, al principio. Solo que los suyos siguen siendo azules.
Desde entonces e incluso desde antes ya de nacer se inició una relación que no se parece a ninguna otra. Sé que hay madres e hijas que tienen una relación complicada o incluso a veces extraña, quizá porque las madres suelen depender demasiado de las hijas y las atosigan. No soy la madre perfecta, todo lo contrario, pero siempre supe, desde que le daba el pecho y le cambiaba los pañales, que aunque era mi sangre y mi carne, era prestada. Tendría que volar sola y eso era lo ideal.
Ya hace mucho que ha volado, y sin embargo cada día que pasa la siento más mía. Ahora es una mujer hecha y derecha y hablamos de igual a igual. No somos amigas, somos algo mucho más importante: madre e hija. Aunque en algunos momentos difíciles de mi vida los papeles se han invertido y ha sido ella la que me ha hecho de madre, de consejera, hasta de cuidadora.
Estoy muy orgullosa al ver la mujer en la que se ha convertido, quizá porque no ha olvidado del todo la niña que fue y que todavía lleva dentro. Prueba de ello es que de vez en cuando se pone a cantar a todo pulmón la canción de la abeja Maya o me pide que le compre colores para pintar mandalas; una manera de disfrazar que le sigue gustando colorear como cuando era pequeña.
Lo mejor de todo es que me ha perdonado que le haya legado mis genes siniestros, lo cual la ha llevado a tener el mismo humor cáustico que yo, y que a los siete años supiese cosas que quizá los niños no deben saber sobre novela negra, crímenes, autopsias y cámaras de gas. Si llega a ser en estos tiempos, los profesores hubiesen dado parte a los Servicios Sociales y me la habrían quitado. Pero de momento no me ha salido delincuente ni mala persona, todo lo contrario, así que igual su padre y yo no hemos hecho de todo mal el trabajo.
Lo más importante es que la miro y veo a una mujer inteligente, guapa, con buen corazón, tierna con los seres más desvalidos, como ancianos, niños y animales; y cada día más capaz y más centrada.
Estoy muy orgullosa de ella, y solo espero que algún día tenga también una hija de la que sentirse orgullosa. Y por favor, que me deje vestirla de rosa y con muchos lacitos, al menos un día en semana.

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