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AMANTES






Decía Alejandro Dumas que el matrimonio es una carga tan pesada que hacen falta dos para llevarla, y a menudo tres. Como era un hombre, seguramente pensaría que ese tercero tendría que ser una mujer que le hiciese a él la carga menos pesada.
Por suerte los tiempos han cambiado, y ahora la frase sería que en ocasiones son necesarias hasta cuatro personas. Porque la carga es igual para las dos partes; o no. Pero en todo caso un proyecto de vida en común requiere de mucho amor, mucho aguante y mucho sacrificio. Y el fallo de lo primero suele llevar aparejado que también se caigan lo segundo y lo tercero.
Sin embargo en la Historia de la Humanidad siempre ha habido personas inteligentes y sobre todo pragmáticas que lo han entendido; sobre todo cuando los tiempos eran otros y el matrimonio era para toda la vida.
Acabo de recordar una anécdota que no sé si es verídica, pero en todo caso ha sido muy repetida. Se cuenta que en el Liceo de Barcelona, una noche de estreno, estaba una pareja burguesa de lo más granado de la sociedad y la señora le comenta al marido que en el palco de enfrente está el señor X con su amante. El marido, nervioso, no sabe por donde salir. Y la buena señora, para ahorrarle el mal trago, le acaricia suavemente el antebrazo y le tranquiliza:
—No te preocupes, cariño. La nuestra es mucho más guapa que la suya.
La reina Alejandra de Dinamarca, esposa de Eduardo VII, cuando el rey agonizaba hizo llamar a su última amante, Alice Keppel, y les dejó un rato a solas para que se despidiesen. Pero es que Alix, como se la conocía en familia, además de reina, era una señora. Y es más difícil ser lo segundo que lo primero.
La emperatriz Elisabeth de Austria, conocida como Sissi por esas horribles y almibaradas películas, estaba un poco hasta el gorro de su Francisco José, y sabiendo que éste bebía los vientos por la actriz Katharina Scrhatt, arregló un encuentro estando ella presente y a ojos de todos era la “amiga de la emperatriz”. Llegaba, se tomaban un té los tres juntos y luego ella se iba a montar a caballo y dejaba solos a los dos tórtolos trasnochados.
Son solo un par de ejemplos pero hay unos cuantos más, que yo sepa, aunque la mayoría de mujeres.
Cierto que también ha habido algunos hombres “consentidores”, pero en su caso era porque no les quedaba más remedio. ¿Cómo negarle a un rey los favores de la propia esposa? Complicado, si además se quiere progresar.
Ahora en estos tiempos en que hasta me han contado que se practica el “poliamor”, ya nada nos puede ser extraño ni ajeno. No sé si es mejor o peor; el caso es que las relaciones humanas son tan complicadas que pienso que si se evita hacer daño a la gente, cualquier apaño, acuerdo, pacto, puede ser bueno. En mi pesa todavía la educación tradicional que me han dado, y supongo que también los años; pero no dejo de ver y entender que, se acepte personalmente o no, hay muchas maneras de hacer las cosas y si a ciertas personas le hacen la vida más agradable, ¿por qué no? Claro que lo ideal sería “y fueron felices y comieron perdices”. Pero de verdad, ¿Hay alguien que todavía crea en los finales felices? Esta que escribe, no. Si en los momentos felices y en los intentos de ser menos infeliz, y sobre todo en el trabajo diario para ser feliz con lo que uno mismo ha llegado a ser.

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en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
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en la tierra, en la
hierba la guadaña.

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amenaza.

¿POR QUÉ ESCRIBO?

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PALABRA

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Un rayo de luz que
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abandonadas, manos triste
que no tocan nada.

Tal vez, amor, todo
es triste y oscuro
ahora que hablas.

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una sola palabra,
tan solo una,
dicha en voz baja.

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brilla como si
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se visten de esperanzas
aladas; me cubro de risa
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amor, vuelve a ser, como
siempre, tu cama.

CONFÍO

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quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
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me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.