30 de diciembre de 2015

AMAR Y LUCHAR






Cuando se acerca el final de un año parece que todo el mundo se siente impelido a hacer examen de conciencia; no sé si también dolor de los pecados y propósito de enmienda.
Yo mis propósitos suelo hacerlos, como reminiscencia de mi lejana niñez o adolescencia, o quizá porque siempre estoy intentando aprender cosas nuevas, cuando llega el mes de septiembre y empieza un curso. Ese es mi Año Nuevo.
Y como supongo que soy una rara avis, tampoco es que me apasione celebrar de manera especial la última noche del año. Desde luego, ni se me ocurre comer las uvas; sería de mal gusto acabar la noche en Urgencias; y las uvas no me gustan. No sé de quien ha sido la brillante idea de atragantarse en manada delante de la caja tonta. Menos mal que no se decretado que sean melones o sandías lo que hay que trasegar. Si tuviese que seguir una tradición casi que me inclinaría por lo que hacen los italianos: un buen plato de lentejas; comida rica y sana donde las haya.
La noche del 31 de diciembre nunca ha sido santo de mi devoción, y buscando el por qué, dado que yo soy mucho de buscar respuestas a todo, he descubierto que me viene de la niñez; de mi padre. Mi abuela paterna se murió cuando mi padre tenía 19 años, y fue precisamente la última noche del año. De hecho, no saben a ciencia cierta si fue en los últimos minutos del año viejo o en los primeros del nuevo. El caso es que a él no le gustaba esa noche, y siempre le recuerdo algo triste y alicaído. Para animar la cosa y desde que tengo uso de razón, bailábamos cada noche la misma canción él y yo; Delilah, de Tom Jones. A mi me encantaba cuando era pequeña bailar con mi padre; a veces lo hacía encima de sus zapatos. Desde que él se murió pasó mucho tiempo hasta que volví de nuevo a bailar, y fue hace unos días. Pensé que me había olvidado, pero no.
Haciendo un compendio de los doce últimos meses he de decir que ha sido un año provechoso. Me he librado de algunos lastres que me pesaban tanto que no era capaz de levantar la cabeza y mirar al frente; y he conocido a personas estupendas que han aportado muchas cosas buenas a mi vida. Creo que he aprendido de lo bueno y de lo malo, y noto que a medida que envejezco me voy haciendo también más deslenguada pero al mismo tiempo también más respetuosa con los demás. Trato de no juzgar a nadie y de obviar a quien quiera hacerlo conmigo.
He descubierto que me encanta vivir, aunque a veces duela. Pero el dolor a menudo es lo que nos mantiene en guardia y hace que estemos alerta y preparados para el combate, del tipo que sea.
En estos momentos tengo la sensación de ser dos personas. Una de ellas es probable que se tenga que preparar para una dura lucha y por tanto está como en letargo, haciendo acopio de fuerzas por si de verdad hay que ir a la batalla; mientras que la otra se siente como si después de haber caminado una vida entera buscando un hogar, de repente lo hubiese encontrado cuando ya casi había desistido en el intento.
Esta dicotomía me producía una extraña sensación; pero acabo de descubrir que en realidad esas dos partes de mi se complementan perfectamente y se ayudan a conseguir su propósito. Se puede luchar mejor contra la adversidad cuando uno es feliz; y al mismo tiempo el miedo a lo que pueda llegar hace que cuidemos más de quien nos proporciona la felicidad. No se puede pretender tener un hermoso jardín que nos ofrezca flores si no lo cuidamos a diario.
Por eso para el año nuevo sólo tengo dos premisas: amar y luchar, a partes iguales. Ya he encargado la armadura; me va a quedar preciosa; es rosa, claro.

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