1 de diciembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 53



-Estás horrible. ¿No puedes hacer algo con ese dichoso pelo? Y esas ojeras… ¿es que no duermes bien?
-He pasado mala noche, Mamá, eso es todo.
-Tonterías-me contestó, empujándome para que entrase. No te alimentas bien. Desde que estás sola no comes en condiciones y tu cuerpo te está pasando factura. Venga, entra, he preparado pescado al horno y una buena ensalada. Lávate las manos mientras traigo la comida y siéntate luego en tu sitio de siempre.
De repente me sentí como si volviese a ser esa chiquilla de diez años que llegaba del colegio a la hora de la merienda. Me lavé las manos y la cara, con el mismo jabón de siempre, con olor a lavanda. Mi madre lo usaba desde que tengo uso de razón. Cuando me senté ya me había servido una enorme ración de pescado y de poco sirvieron mis protestas. Me miró con aire regañón y me apuntó con su cubierto para que empezase a comer. Apenas llevábamos cinco minutos en la mesa cuando no pude más; dejé que todos los diques se viniesen abajo y soltando los cubiertos encima del plato, empecé a llorar y moquear encima de la servilleta. Mi madre, sentada enfrente de mí, se me quedó mirando estupefacta, como si no entendiese lo que estaba pasando. Pero pronto reaccionó y levantándose se acercó a mi lado y me abrazó palmeándome la espalda sin decir nada, como cuando era pequeña y me hacía daño o me dolía la garganta.
Mi madre me dejó que llorase, gimiese e hipase a mi gusto, y siguió abrazándome y dándome palmaditas en la espalda. Cuando me hube calmado algo y temblaba de puro cansancio fui sintiendo como me llegaba la calma poco a poco y mis músculos agarrotados se iban estirando.
-Anda, vamos a comer; ya estará todo frío- me aconsejó mi madre.
Me levanté para lavarme la cara y peinarme. El espejo me mostró mi imagen patética, con los ojos enrojecidos, pero con una nueva luz que antes no había en ellos. Llorar me había aliviado.
-Y otra vez, cochina-me avisó mi madre mirándome aviesamente-pondré servilletas de papel. Me has dejado perdidas las de hilo. ¿Y se puede saber a qué ha venido esa explosión de llanto?
-Tengo muchos problemas, Mama.
-Ya, hija mía. ¿Y quién no? ¿Has ido a ver a tu hermana?
-Sí, he ido hace unos diez días.
Se encogió de hombros, con resignación.
-Claro, como nunca me cuentas nada. Y bien, ¿Cómo es? ¿Qué te ha dicho? ¿Se ha enfadado contigo?
A veces mi madre era agotadora. Bebí un sorbo de agua y me pasé la mano por el pelo antes de empezar a hablar. Esperaba que no me interrumpiese más veces de las necesarias.
-Pues es muy parecida a mí, la verdad. Nos parecemos-repetí. No se ha enfadado, mamá, ella sabía por su madre que iba a visitarla y ya me estaba esperando. Fue una charla agradable, hemos quedado en vernos al menos una vez al mes. Tenemos que ponernos al día de muchas cosas.
-¿Y por qué se ha hecho monja?-quiso saber mi madre
-Pues eso son cosas suyas, Mamá. Si algún día la conoces, siempre podrás preguntárselo.
-¿Y yo para que la voy a conocer?
Empecé a recoger la mesa mientras mi madre ponía el postre.
-Pues no lo sé, Mamá. Igual deberías hacerlo. Al fin y al cabo es mi hermana, la hija de tu marido.
-No me pidas cosas imposibles, me considero una mujer bastante abierta de mente, pero todo tiene un límite.
-Pero a su madre la conocías y le dejaste que viese a Papá antes de morir.
-Eso era distinto.
No quise discutir. Eso era muy peligroso, tratándose de mi madre. Podrían darnos las doce de la noche y no habríamos aclarado nada; pero yo acabaría con remordimientos y dolor de cabeza. Ya me conocía la historia. Así que cambié de tema, aprovechando para llevar la conversación adonde me interesaba.
-Mamá; ¿Tú sabes lo que es querer a un hombre más de lo que él te quiere a ti?
Se echó a reír, dejando muy despacio la taza de café sobre su platillo. Jugueteó con la servilleta, doblándola y desdoblándola antes de contestar. Pienso que estaba ganando tiempo.
-Tienes preguntas de idiota. Y me resultaría duro pensar que he criado a una tonta.
-¿A qué viene eso?
-Eso viene a que estuve casada con un hombre que tenía una doble vida, otra familia. ¿Crees que eso es fácil de soportar?
Bajé la cabeza, avergonzada. Era verdad. Mi pregunta era completamente estúpida.
-Lo siento Mamá. ¿Cómo pudiste soportarlo?
-Con mucho sentido del sacrificio y la ayuda de Dios-declaró.
-Nunca te vi llorar cuando era pequeña.
-Nunca lo hice-dijo en voz baja, mirando por encima de mi cabeza hacia la ventana del comedor, desde donde se veía el jardín. El día era luminoso y a aquellas horas el sol hacía chiribitas encima de la madera del suelo y de los muebles.
-¿No lloraste nunca? ¿Ni a solas?
-No, ni a solas.
-¿Por qué?
-Porque si empezaba temía no poder parar. Así que no me di permiso a mí misma para llorar. Seguía con mi vida, con mis rutinas, y trataba de llenar todo mi tiempo.

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