17 de diciembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 54



Entonces recordé que era la época en que mi madre tenía un cargo en el ropero de la parroquia, organizaba las excursiones de los padres de alumnos en el colegio, recibía en casa a sus amigas y se ocupa de sus padres ancianos. A menudo parecía cansada y ahora me daba cuenta de que precisamente lo que buscaba era agotarse, caer rendida nada más poner la cabeza en la almohada para no pensar.
-Pero, a todo esto, ¿A qué viene esa pregunta?
Era muy sagaz y cuando inicié la conversación sabía que no podría irme sin darle explicaciones. Pero el caso es que quería hacerlo. De repente sentí que tenía la necesidad de contarle todo a mi madre. Y lo hice. Serví otro café para ambas y le hablé de Alexander, de cómo nos habíamos conocido, de sus hijos, hasta de su madre. Ella me escuchó en silencio, sin interrumpirme ni una sola vez.
-¿Y por qué piensas que tú le quieres más que él a ti?-me preguntó, cuándo yo terminé de hablar.
Me pilló desprevenida. No supe qué contestarle; me encogí de hombros, diciéndole que era obvio, que así lo sentía.
-Las cosas no son siempre lo que parecen. Igual deberías hablarlo con él.
-No, imposible-le dije sacudiendo la mano, desechando siquiera la posibilidad. Es como quien habla como una ostra.
-Bueno, no sé, hija, tú le conoces. Pero pienso que tienes una gran ventaja.
-Pues no sé cuál-barboté
-Tienes a su madre de tu parte. Y eso es muy, pero que muy importante.
-¿Tú crees?
-Nunca subestimes el poder de una madre, aunque parezca que su hijo no le hace demasiado caso. En el fondo siempre buscan su aprobación.
De camino a casa pensé mucho en las palabras de mi madre, puede que estuviese en lo cierto. Tener a Gisela de mi parte me iría muy bien no solo con Alexander sino también con su hija, que era como una fortaleza inexpugnable que se me resistía. No sé por qué las mejores ideas se me ocurren conduciendo o limpiando; pero así ha sido siempre. Como hacía buen día decidí salir de la ciudad en dirección a la playa. Lucía el sol pero todavía no había gente bañándose; tan solo familias que paseaban con niños sobre la arena mojada y algunos ancianos que calentaban sus viejos huesos al sol en los bancos diseminados por el pinar. Yo también me senté en uno de ellos, el más alejado. Se estaba poniendo el sol y el horizonte aparecía pintado de un naranja con tintes escarlata, lo cual quería decir que tendríamos buen tiempo el día siguiente. Era algo que no fallaba. Me quité los zapatos y dejé que mis pies descansasen sobre la hierba. La sensación que me invadió fue tan agradable que si yo fuese una gata, sin duda ronronearía. Como mi banco quedaba separado de la vista de la carretera por un murete de piedra y no había nadie a la vista, me levanté la falda y dejé que el sol me acariciase las piernas hasta los muslos. Estaba vergonzosamente blanca; mis piernas, siempre delgadas, parecían las de una enferma. Necesitaba sol, aire fresco, brisa de mar. Di un suspiro de alivio y cerré los ojos para sentir mejor la caricia del sol. No sé cuánto tiempo permanecí así, pero creo que me dormí, porque cuando abrí de nuevo los ojos ya no había sol y un hombre que paseaba a su perro por el camino hecho con traviesas de tren que cruzaba el pinar me miraba con un interés mezclado con lascivia. Enrojecí hasta la raíz del pelo y me tapé las piernas despacio; solo me quedaba hacerlo de manera apresurada para que encima se diese cuenta de que estaba abochornada. Aunque me parece que ya lo sabía, por más que disimulase. El caso es que la pequeña siesta me vino bien; me hizo descansar y soñar. Y precisamente el sueño me había marcado el camino que debía seguir: trataría de ignorar, en la medida de lo posible, a Alexander y a su horrible hija, y me centraría en Rodolfo y en Gisela. Los dos me gustaban y yo les gustaba a ellos; había entre nosotros un incipiente cariño que quería cultivar. Y los otros dos, si querían ser merecedores de mi cariño, se lo tendrían que ganar. Estaba ya harta de ser la que siempre está disponible, la que corre cuando la llaman y se retira a tiempo para no molestar. Faltaban un par de semanas para las vacaciones de verano, y en el despacho me debían una semana libre, así que pensé que sería buena idea ir con mi madre, con Gisela y con Rodolfo a la casa de campo de nuestra familia. Quedaba a escasos cuarenta kilómetros, en un pueblo muy agradable cerca de la montaña, con un río al lado donde Rodolfo podría bañarse. Gisela y mi madre se llevarían bien y yo descansaría también de las chicas. Las quería mucho a todas, pero ahora mismo estaba saturada con sus problemas, que se superponían a los míos propios y me hacían perder la perspectiva. En todo caso me llevaría dos o tres días a Nuria y a la pequeña Claudia, que eran las más necesitadas de calma. Y veríamos como se podía resolver su problema; es decir, de qué manera Nuria podría hablar con su hija sin destrozarle el corazón.

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