20 de diciembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 56



Yo también me sorprendí, aunque por motivos distintos a los que sospechaba que movían a Carlos. Él, como todos los hombres, pensaba que su madre solo era madre, además de mujer. Y yo solamente me sorprendía porque pensaba que Mamá era tan fría que no sería capaz de enamorarse de nuevo.
Mi hermano me apremiaba para que le dijese algo; era como si quisiese mi apoyo para regañar a nuestra madre, como si fuese una niña pequeña.
-Carlos, lo que haga Mamá a ese nivel no es cosa tuya ni mía. Déjala que sea feliz. ¿Qué hay de malo? Los dos se conocen desde hace muchos años y son libres. No hacen mal a nadie.
Mi hermano siguió despotricando unos quince minutos acerca de la inconveniencia de una relación a esas edades, de que Mamá chocheaba y no sé cuántas bobadas más. Al final acabé por desconectar de sus diatribas y aparté algo el auricular de la oreja para que no me destrozase el tímpano. Sólo se calmó cuando le prometí que hablaría con ella durante nuestra estancia en el pueblo.
La segunda noticia que me preocupó, y en este caso bastante más que la primera, fue saber que Marina, la hija de Nuria, se había enterado, y no precisamente por su madre, de la relación que mantenía con Claudia. Nuria se había marchado de casa con lo puesto y su marido había presentado una demanda de divorcio. Claudia me pidió que me encargase del caso y le prometí que haría todo lo posible para que Nuria no se quedase en la calle. Lo que no podría arreglar era la situación con su hija; de eso tendría que encargarse el tiempo.
La última semana antes de irse al pueblo me dediqué de lleno a dejar el trabajo ultimado y no tuve tiempo a reunirme con mis amigas. Era la primera vez que faltaba a una de las reuniones. Incluso cuando me habían operado fui con los puntos tirándome todavía. Pero en este momento necesitaba una especie de vacaciones de los problemas de mis amigas; sabía que me hacían falta todas mis energías y no podía dispersarme con desgracias ajenas, bastante tenía con las propias.
Tampoco llamé a Alexander ni una sola vez ni contesté a sus mensajes. Me lo imaginaba, en su mundo perfectamente ordenado, donde había una hora para cada sentimiento y a las diez tocaba trabajar y no pensar en amoríos; preguntándose qué mosca me habría picado para no hablar con él. Nuestros papeles se habían invertido ya por dos veces. Cuando nos conocimos era él quien iba detrás de mí, me llamaba cada dos por tres e insistía en que teníamos que vernos más; incluso hablaba de vivir juntos. Y yo era la que tenía miedo y me escondía. Luego, a medida que le fui conociendo, cada vez me enamoré más de él y sentí la necesidad de formar parte de su mundo y su rutina. Y entonces él empezó a retraerse como un mejillón en su concha. Y en este instante yo empezaba a estar cansada, desengañada y profundamente frustrada. El colofón a estos sentimientos negativos había sido que la última noche que dormimos juntos pronunciase el nombre de su mujer en sueños. Le di muchas vueltas al asunto, me dije a mi misma que es imposible controlar los sueños; pero el daño estaba ahí, dentro de mí, mordiéndome la carne como si fuese un animal herido que en su último estertor quiere llevarse a todo el mundo por delante. No lo había hablado con él; me faltaba la confianza y sobre todo las fuerzas necesarias para hacerlo. Y sabía que estaba siendo injusta, porque no le daba lugar a la defensa. Todos, hasta los peores criminales, tienen derecho a defenderse; pero a él se la negaba. Y me complacía en ello, tenía que reconocerlo, al menos ante mi misma.
Por fin llegó el día de marcharnos. La noche anterior fui a buscar a Rodolfo y Gisela al aeropuerto. Los dos me dieron un abrazo reconfortante y sincero y me sentí mejor. Tomé al niño de la mano y Gisela me agarró del otro brazo. Los dos rivalizaban en contarme cómo había ido el vuelo y yo ya no sabía hacia qué lado dirigir la mirada. Mi madre se quedaba aquella noche a dormir en mi casa. Había que salir muy temprano y era más cómodo hacerlo todos ya desde el mismo punto. Tenía miedo de cómo se comportase con los invitados; pero pronto me di cuenta de que no era necesario. Gisela y ella congeniaron enseguida y a mi madre le gustó Rodolfo. Era un niño educado y ella había sido con mis hijos una abuela estricta en cuanto a modales. Sonrió al ver que pedía permiso para retirarse de la mesa y recogía su plato, lo enjuagaba y lo colocaba en el lavavajillas.
-Veo que su padre le ha educado muy bien-le dijo a Gisela.
Ella torció ligeramente el gesto y bebió un sorbo de vino. Entre las dos se habían tomado casi una botella y ahora mismo ya se consideraban amigas hasta la muerte.
-Sí, desde luego mi hijo puede ser cualquier cosa, pero sabe educar a los niños. Al menos a éste. Mi nieta, desgraciadamente, es distinta.
-Las niñas son más difíciles-repuso mi madre, mirándome aviesamente
Pero yo no me di por aludida y desvié la conversación hacia otros temas menos peligrosos. No tenía ganas de hablar de Flavia y sus rarezas.

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