23 de diciembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 57



Los primeros dos días transcurrieron con tranquilidad y me sirvieron para recuperar horas de sueño, leer libros que tenía pendientes desde mucho tiempo atrás y disfrutar de la compañía de Rodolfo. Ese niño, tan parecido a su padre en lo físico pero mucho más cariñoso y abierto, me estaba devolviendo a esos tiempos en que criaba a mis hijos, y desgraciadamente, como la mayoría de las madres jóvenes, tenía prisa por verles crecer. Ahora que eran un hombre y una mujer, les veía muchos menos de lo que quisiera, y la mayoría de las veces les encontraba lejanos y distantes. Echaba de menos esos momentos en que mis hijos me miraban con tanta adoración como ahora lo hacía este niño, buscando en mi respuestas que a veces no sabía muy bien cómo darle. La casa que estaba enfrente de la nuestra estuvo vacía durante mucho tiempo, pero al parecer había sido ocupada por una familia joven con dos niños de una edad parecida a la de Rodolfo. Pronto los tres se hicieron amigos y como en el pueblo no hay peligros, se iban después de comer, con un bocadillo y un zumo en la mochila y no volvían hasta el atardecer, cansados, sucios y hambrientos.
Eso nos daba oportunidad a nosotras para quedarnos solas y hablar, hablar mucho. A menudo sacaba el café a la mesa del jardín, y con la sombrilla abierta nos quedábamos allí hasta que el sol se ocultaba. Una de las tardes hacía tan buen tiempo que me puse el bikini para dar algo de color a mi piel lechosa que me daba aspecto de enferma. Al verme mi madre torció el gesto y ajustándose las gafas se puso a tejer con mucho brío un jersey que estaba haciendo para Rodolfo. No me decía nada pero yo sabía que le parecía mal mi traje de baño. Sin embargo, no quise darle ocasión de que despotricase en mi contra. No era que me importase su opinión, pero hacía demasiado buen tiempo para discutir. Sin embargo, cuando ya íbamos por el segundo café helado, no pudo aguantarse e intentó aliarse con Gisela para criticarme.
-¿A usted le parece bien la indumentaria de esta chica?
Aunque se habían hecho íntimas hasta el punto de tomarse una copita de chinchón juntas cada tarde con el café, seguían tratándose de usted. Mi madre siempre ha sido muy cumplida.
-Pues yo encuentro que le queda muy bien. Su hija tiene muy buen tipo.
-Sí, se conserva bien. Pero…con casi cincuenta años…eso no es decente-remató tirando del hilo que se había quedado enganchado en la pata de la silla. Uno, dos, tres al derecho-contó en voz baja. Después de que nació mi hijo Carlos yo no me volví a poner más que trajes de baño decentes.
-Mamá, en tu época nadie se ponía bikini-repuse yo. Y además, que no te he pedido tu opinión.
-Pero es mi obligación de madre dártela. Una madre está para evitar que sus hijas hagan el ridículo.
Me eché a reír con ganas y le tapé la boca poniéndole delante la copita de chinchón, que trasegó con gusto. Gisela, a sus espaldas, me guiñó un ojo. Me preocupaba, en cierta medida, la actitud que estaba adoptando últimamente. Tanta paciencia no era normal en mí. ¿Estaría contrayendo algún virus? Había desconectado mi móvil y solamente una vez al día, a última hora de la tarde, lo encendía diez minutos para ver si había algún mensaje de mis hijos o en el trabajo tenían alguna duda en los casos que yo estaba llevando. En el pueblo no había conexión a internet, con lo cual desde mi llegada no había hablado con Alexander, y estaba muy tranquila sin oír su voz. Era como una liberación. Tampoco echaba de menos a las chicas. Leo se había enfadado conmigo cuando les dije que no me llamasen, que necesitaba descansar y no quería problemas. Pienso que estaban demasiado acostumbradas a mi constante presencia, a que no hiciese nunca planes sin incluirlas a ellas. Era hora de que tomase las riendas de mi vida y para ello tenía que alejarme durante un breve tiempo de todo aquello que formaba parte de mi rutina. Lo hacía tanto por mi propio bienestar como por el bien de los que amaba. Cuanto mejor estuviese yo, más podría ofrecerles a los demás.
Rodolfo llegó a las ocho de la tarde, con una rodilla desollada y la camiseta llena de barro. Se había puesto moreno en apenas tres días y tenía un aspecto sucio y saludable; el que debe tener un niño de su edad que está de vacaciones. Le mandé directo a la ducha y cuando salió le pasé revista a las orejas porque tenía cierta tendencia, como todos los niños, a olvidarse de que existían a la hora de bañarse. Le permití que cenase con mi madre y con su abuela, ya que yo iba a salir al pueblo de al lado, donde había un cine. No tenía ni idea de la película que daban pero seguramente no sería el último estreno. Me daba igual; hacía tanto tiempo que no iba al cine que cualquier cosa que se viese en una pantalla grande me parecería una novedad. Y quería ir sola. Era un lujo el simple hecho de conducir diez kilómetros, ver una película y cenar luego un bocadillo en cualquier cafetería. A solas conmigo misma, sin preocuparme de madres, probables suegras, amigas, hijos o niños ajenos. Yo sola, con mis pensamientos, con mis miedos y mis dudas.

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