24 de diciembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 58




La película, como era de esperar, había sido estrenada hacía tiempo, pero me daba igual. Me sirvió para evadirme durante algo más de una hora del mundo circundante. Al salir fui a la calle principal del pueblo, donde recordaba que había un bar en el que servían unos bocadillos de tortilla que en mi adolescencia y juventud me encantaban. Lo bueno era que continuaba abierto y como aprecié al entrar, apenas había cambiado. El suelo seguía sembrado de servilletas usadas y palillos y el aire olía ligeramente a fritanga. No era lo que se dice la quintaesencia de la elegancia pero a mí me traía buenos recuerdos. Las mesas seguían siendo las mismas que yo recordaba, con patas de hierro y el sobre de mármol de un color blanco sucio. Me senté al lado de la ventana, en el sitio donde solía hacerlo hacía casi treinta años. En la mesa de al lado seguía habiendo ancianos que jugaban al dómino, aunque ya no serían los mismos de entonces. Por un momento pensé volver atrás en el tiempo y me vi como era entonces; una joven de coleta y vaqueros, con la cara lavada y limpia de maquillaje y las ilusiones intactas. Me producía ternura aquella chica que había sido y que ya no existía más que en mis recuerdos.
Pedí al camarero un bocadillo de tortilla y una coca cola y seguí mirando el entorno con nostalgia. No me gustan las personas que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, creo que hay que vivir en el presente, pero mientras esperaba que llegase mi pedido pensé que en cierto modo había echado a perder mi vida. Ninguna de las cosas que había planeado se había cumplido, pero bien pensado, ¿Cuándo se cumplen nuestros planes?
Apenas el camarero me había dejado el plato en la mesa cuando me volví al oír mi nombre. Levanté la mirada y me encontré con unos ojos grises orlados de espesas pestañas que me miraban interrogantes. Tanto la voz como esos ojos me eran familiares. Pertenecían a un hombre de mi edad aproximadamente; alto y flaco, con la cabeza coronada por un pelo crespo de color rojo, aunque con muchas canas en la zona de las sienes. Aquellas pequeñas gafas redondas me recordaban…no podía ser.
-Guiomar-repitió. No me he equivocado, ¿verdad? Eres tú-afirmó, aunque dudando al ver mi expresión.
-Soy Guiomar, sí. Pero no sé…
-No es posible que no me recuerdes. Pasamos un verano aquí antes de irnos a la universidad.
-Eres Jesucristo-le dije entre risas.
Me levanté y él me abrazó. Seguía usando la misma colonia de entonces.
-Nadie había vuelto a llamarme así –me dijo, mirándome fijamente.
Aproveché mientras él hacía su pedido al camarero para observarle sin que se diese cuenta. No había cambiado demasiado, aunque esas arrugas que ahora surcaban su cara antes no estaban. Nadie tiene arrugas a los veinte años. Tampoco estaba la barba que le había valido el apelativo de Jesucristo y que en aquellos tiempos le llegaba hasta la mitad del pecho. Los dos pasábamos el verano en el pueblo y al ser forasteros sirvió para unirnos. En aquel momento yo ya salía con Felipe y Sergio tenía novia también. Los dos nos gustábamos, eso era innegable, pero estábamos comprometidos con otras personas y supongo que nuestro sentido de la lealtad nos impidió ir más allá. No habíamos llegado ni a darnos un beso; todo se había reducido a unir nuestras manos en el cine y lanzarnos miraditas cargadas de deseo; pero nada más. Éramos demasiado inocentes o quizá demasiado tontos, no lo sé. El caso es que ahora nos encontrábamos de nuevo frente a frente y ninguno de los dos sabía muy bien qué decir. Después de unos minutos él rompió el silencio.
-¿Te casaste con ese chico? No recuerdo el nombre.
-Felipe. Ese era su nombre.
Asentí con la cabeza y bebí un trago de coca cola.
-Pero no fue bien. Me separé hace unos años. ¿Y tú? ¿Te casaste con…?
-Lola. No, rompimos. Bueno, me dejó si he de ser sincero.
-Vaya, lo siento.
-No lo sientas, fue mejor así. Me ponía los cuernos con mi mejor amigo.
-Pero te has casado-afirmé más que pregunté.
Negó con la cabeza mientras daba un mordisco a su bocadillo.
-No, hasta el momento no. He tenido varias relaciones, he vivido años con una mujer, pero…no cuajó la cosa. Supongo que ya estoy viejo para aprender a convivir con alguien-dijo, encogiéndose de hombros.
Y los dos volvimos a quedarnos callados. Mientras daba vueltas al vaso de tubo, no sé bien por qué, pensé en Alexander. Y la sensación de frío que me invadió el pecho, a pesar del calor del local, me asustó.

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