26 de diciembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 59



Al volver a casa lo hice por el camino más largo, dando un rodeo que hubiese podido evitar pero no lo hice. Me apetecía conducir y pensar, por este orden. El corto rato pasado con Sergio me devolvió a un pasado que ya había casi olvidado. Hacía años que no pensaba en él, pero aquel último verano antes de la universidad, y a pesar de ser ya novia de Felipe, Sergio fue muy importante para mí. Cuando le conocí le puse el mote de Jesucristo y así le llamé siempre, sin que él se molestase. Era sobre todo por la barba que entonces llevaba, pero también por su cara pálida, delgada, doliente; como si estuviese comido por un fuego interior, quizá el que en aquel momento, antes de las canas, brotaba de su pelo. Habíamos sido amigos, aunque quizá también y sin saberlo, algo más. Pero la vida nos llevó a cada uno por un camino distinto y ahora también, caprichosamente, nos había reunido de nuevo.
Afortunadamente todos estaban ya en la cama cuando llegué. Antes de acostarme entré en la habitación de Rodolfo, que era la que ocupaba mi hermano cuando era pequeño. Como siempre estaba acostado en posición fetal, aferrado a la almohada, y destapado. Le arropé y no pude resistir la tentación de acariciar su frente y dejarle un beso suave. Me llevé la mano al pecho en un gesto de inútil intento para espantar el dolor. Si las cosas con Alexander no iban bien; y ahora mismo no iban, sencillamente, tendría que renunciar a este niño, que se había convertido en alguien importante en mi vida. Y quizá también a la amistad con Gisela, que yo valoraba tanto. ¿Entendería ella que no fuese capaz de soportar las indecisiones y falta de afecto de su hijo? Lo nuestro se había convertido en un ejercicio de toma y daca, adelante y atrás, que me dejaba insatisfecha y triste. Le echaba de menos más de lo que quería reconocer, pero también era verdad que cuando estábamos juntos el dolor de no poder llegar completamente hasta él me destrozaba.
Soñé con Alexander. Él se marchaba en un tren. Yo estaba en la estación con un niño en brazos, un bebé, y quería despedirme de él, pero ya estaba dentro del vagón y aunque miraba por la ventana, sus ojos parecían atravesarme sin detenerse. Sencillamente, no me veía. Me desperté con las mejillas mojadas por las lágrimas y el corazón saltando en el pecho. Estaba sudando. Pensé en ducharme, pero antes necesitaba tomar un vaso de agua; sentía la boca como estropajo. Cuando llegué a la cocina me encontré con Gisela sentada en la mecedora que solía ocupar mi madre. Eran las cinco de la mañana y afuera estaba oscuro, aunque ella estaba mirando por la ventana, sin ver nada más que las sombras del jardín. Cuando levantó la vista me di cuenta de que también había estado llorando, como yo en sueños. Me hizo una seña para que me acercase y yo me senté a sus pies, en un pequeño taburete, con la cabeza a la altura de sus rodillas. En silencio empezó a acariciarme el pelo, como si ella fuese mi madre y yo una niña pequeña. No sé cuánto tiempo pasamos de esa manera, pero pienso que a las dos nos sentó bien.
-Has gritado en sueños-me informó.
-Y te he despertado. Lo siento.
-No, no dormía. Estoy preocupada.
-¿Por qué?
Siguió pasando su mano delgada y larga por mi cabeza, deteniéndose en la nuca, subiendo y bajando, como quien acaricia a un perro.
-Porque sé que no estáis bien mi hijo y tú; porque noto cómo tu paciencia está llegando a su fin y no sé qué puedo hacer yo por vosotros.
La miré a los ojos; unos ojos castaños parecidos a los de su hijo.
-No puedes hacer nada, ni siquiera yo puedo, y creo que tampoco él.
-No llegas hasta él. Es eso, ¿no?
Asentí, callada. A través de la ventana la luz del alba, poco a poco, se abría paso. Hay algo en el amanecer que nos hace vulnerables y quebradizos a los humanos; nadie se libra. Gisela representaba ahora mismo la edad que tenía; aunque durante el día pareciese bastante más joven. Ahora su labio inferior parecía temblar mientras me miraba, y la piel de sus mejillas estaba tirante.
-Sí, más o menos. Hay un punto en el que se cierra; construye una barrera alrededor y no me deja pasar. Y me estoy cansando de llamar a su puerta.
Ella pasó la mano una y otra vez por encima del tejido suave de su bata. Miraba al suelo, como si de repente no fuese capaz de enfrentar mis ojos.
-Lo entiendo, sé cómo te sientes. Conmigo hace lo mismo. Pero claro, yo no puedo cansarme, soy su madre.
-¿Y yo tampoco debería hacerlo? ¿Piensas que no debería cansarme?
De repente me dio la sensación de que me estaba juzgando y no me resultaba agradable. Nunca me ha gustado que la gente se atreva a juzgarme. ¿Por qué? ¿Con qué derecho?
-Tienes todo el derecho de mundo a estar cansada-me dijo. Entiendo que estás poniendo mucho de tu parte y él se limita a dejarse querer.
Me alivió escuchar esas palabras en boca de su madre. No porque necesitase su aprobación, sino porque de vez en cuando hace falta que otra persona vea las cosas desde un punto de vista parecido al nuestro.
-¿Siempre ha sido así? ¿Con Natalia también era así?
Gisela se quedó en suspenso durante un momento, como si no pudiese recordar a quien había sido su nuera y era la madre de sus dos nietos. Se ajustó la bata, como si tuviese frío.
-¿Te parece que nos tomemos un café? Hay cosas de las que se habla mejor frente a una bebida caliente.

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