27 de diciembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 60




Me levanté y busqué todo lo necesario para preparar un café con leche. Dispuse las tazas en la mesa del desayuno, la que da al jardín trasero. La luz empezaba a entrar a través de las cortinas de hilo de mi abuela, todavía tímidamente; y arrancaba destellos en el armario blanco donde mi madre guardaba la cristalería de diario. La madera del suelo, rubia y añeja, con huellas del tiempo en sus vetas, también brillaba con los inciertos rayos del sol.
Gisela se bebió casi toda la taza antes de empezar a hablar. Cuando estaba nerviosa le costaba más expresarse en español; era como si las palabras le huyesen, se hiciesen esquivas en su lengua.
-Nunca me llevé bien con Natalia. Quizá fuese culpa mía, no lo sé. Lo cierto es que desde el momento en que se casaron me dejó claro que ella era la mujer más importante en la vida de Alexander y que yo no debía molestarles. Siempre repetía que una esposa es más importante que una madre.
Yo torcí el gesto. ¿Siempre teníamos que estar compitiendo las mujeres?
-Es posible que tú pienses lo mismo-aventuró, quizá porque yo estaba callada, esperando.
Me encogí de hombros. Nunca me había planteado las cosas de esa manera.
-La verdad es que nunca he visto la vida como una competición para ser la persona más importante, la más imprescindible o la más…lo que sea. Las mujeres, las novias, las amantes, van y vienen a lo largo de la vida. Una madre es para siempre. Eso es lo que pienso. Pero la realidad es que no creo que deba haber una competición. Me parece una pérdida de tiempo.
Me miró como si no me oyese, parecía que se había trasladado a otro lugar; tal vez a otro mundo distinto. Con la mirada me pidió que le sirviese más café y se tomó casi toda la taza. Estaba impaciente porque continuase hablando, pero le dejé que se tomase su tiempo. Sabía que esta conversación le estaba costando. Afuera era ya de día y al manzano del jardín habían llegado dos pájaros que estaban posados en sus ramas. Aquel manzano tenía ya muchos años, más que yo, porque lo recordaba desde siempre en el mismo lugar y de pequeños mi hermano y yo habíamos trepado muchas veces por su tronco. Estos recuerdos me hicieron pensar en mi otra hermana, en Leonor; y en ese momento deseé verla y hablar con ella. Necesitaba su consejo; para esto no me servía ninguna de mis amigas, a pesar de que las quería mucho. Pero en el caso de alguna de ellas, sobre todo Leo, ahora mismo la sentía lejos y sobre todo no necesitaba que nadie me juzgase o me dijese aquello de “ya te lo decía yo”. Necesitaba descansar de las chicas y refugiarme en mi familia. Di un respingo cuando Gisela me tocó la rodilla.
-Guiomar, te estoy hablando. ¿Es que te aburro?
-No, claro que no. Estaba distraída, perdóname. Sigue, por favor. Sólo tú me puedes decir algo sobre Natalia. Alexander no la nombra, a no ser que sea en sueños-dije con amargura. Dime una cosa, ¿estuvo muy enamorado de ella?
-No sabría decirlo-manifestó, encogiéndose de hombros. ¿Qué quiere decir estar enamorado? Pienso que algo debió de haber cuando se casaron y tuvieron dos hijos; aunque no lo sé. Mi hijo es hermético, no me cuenta nada. Ahora bien, si te digo que mi hijo nunca fue feliz con ella.
-¿Cómo estás tan segura?
-Porque le he parido y le conozco. Esa mujer le hizo la vida imposible y pienso que si no la dejó antes fue porque temía quedarse sin los niños.
-Pues no lo entiendo. Si al final fue ella quien se marchó y le dejó con sus hijos.
Me miró como sobrecogida y se ajustó más la bata contra el pecho.
-¿Es que no lo sabes?
-¿El qué?-pregunté con desánimo
-Ella le dejó por otro hombre. Se lio con un chico que actuaba en una de sus obras; mucho más joven que ella.
-Sabía algo, pero no conocía los detalles-confesé, dándome cuenta de que Alexander siempre sería una ostra. Yo le había contado mi vida paso a paso, incluso el primer diente que se me cayó, pero en realidad, ¿qué sabía yo de él? Cuatro cosas sin importancia que me había contado, pero nada más.
-Es muy propio de mi hijo no decir nada. ¿Qué quieres que te diga, cariño? Mira que me duele pronunciar estas palabras, pero igual sería el momento de que pensases en ti misma.
-¿Qué quieres decir?-le pregunté, agarrándome a la mesa. De repente sentí que me mareaba.
-Que debes pensar en tu felicidad. Eres una mujer todavía joven y muy hermosa. Podrías tener al hombre que te diese la gana.
-Lo dudo. Pero en todo caso, a quien yo quiero es a tu hijo. ¿Es que no lo entiendes?-me impacienté.
-Claro que lo entiendo. Pero aunque él sea mi hijo y lo que más quiero en el mundo, no creo que te debas sacrificar.

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