18 de diciembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 55



Me levanté con el corazón ligero y aliviado por mi decisión, y apenas llegué a casa, antes de bañarme, llamé a mi madre para contarle mis planes. A su manera, poco expresiva y gruñona, se puso contenta. Lo sé porque me dijo con voz de trueno que la dejase en paz, que tenía que estar sola para hacer una lista de cosas que llevarse y lo que era necesario comprar para las comidas. La conversación con Gisela fue igual de provechosa, solo que ella no se vio obligada a fingir enfado, sino que aceptó mi propuesta con una carcajada jubilosa y se despidió de mi con un “cariño, eres una maravilla y mi hijo un imbécil”.
Y ahora me quedaba lo más difícil; hablar con el imbécil. Marqué su número y ya iba a desistir cuando al final se dignó contestar. No me detuve demasiado tiempo hablando de conveniencias, sino que fui al grano, como solía hacer él. No dudó en aceptar, aunque pensé que me pondría pegas.
-Entonces, ¿qué día quieres que vayamos? Tienes que darme la dirección exacta y las indicaciones para llegar.
Hinché el pecho para tomar aire, pero una vez se me hubo pasado el miedo, pudo más la maldad de imaginar su cara al otro lado del receptor.
-No me has entendido, querido. Flavia y tú no estáis invitados. Solo iremos mi madre, la tuya, Rodolfo y yo. Gisela llegará a finales de mes a tu casa y vendrá hasta aquí con el niño. Y luego yo me los llevaré a todos en mi coche al pueblo. Ya os llamaremos por teléfono desde allí al llegar y os mantendremos al tanto de nuestras aventuras. Prometo mandarte fotos. Tu hijo se lo pasará muy bien.
Y no le di tiempo a que me contestase. Me despedí de prisa y colgué el teléfono. No me miré al espejo, pero supongo que mi sonrisa no sería precisamente angelical.
Parece mentira cuanto ayuda tomar las riendas de la propia vida y no dejar que sean los demás quienes marquen nuestros tiempos. En el último año me habían pasado muchas cosas y no todas buenas. Pero algo me hacía pensar que de ahora en adelante mi vida iría mejor, con o sin Alexander, cerca o lejos de mis hijos, llevándome mejor o peor con mi madre. Pienso que uno está bien o mal dependiendo de las circunstancias pero también porque nos proponemos seguir adelante y jugar la partida con las cartas que nos han repartido para jugar. No sé si las mías eran las mejores, probablemente no; pero en todo caso eran las que tenía y con ellas jugaría. Antes de marcharme a la casa de campo dos acontecimientos vinieron a trastornar en cierta medida mi vida, aunque les di la importancia justa y no permití que me desestabilizasen.
Aquel sábado por la tarde me lo había reservado para mí misma. Me lavé el pelo, me puse una mascarilla, me depilé y a las seis de la tarde dudé entre salir a dar un paseo por la playa o quedarme en casa viendo una película de esas de llorar, de las que te dejan los ojos y el alma lavados y nuevos. Al final la pereza me pudo y me acomodé en el sofá con una caja de pañuelos y otra de bombones de licor. Sin embargo, no llegué a usar ninguna de las dos cajas; la de bombones porque cuando me metí el primero en la boca me vino a la mente la idea de que luego me arrepentiría cuando las caderas se me empezasen a ensanchar y el culo pareciese un portaviones, y lo escupí en el cubo de la basura como si fuese un veneno mortal. Y la caja de pañuelos tampoco la usé; no llegué al momento apropiado en la película porque mi hermano me llamó antes. Me sorprendió su llamada. Carlos y yo nos queremos mucho pero no solemos hablar demasiado a menudo. Somos muy distintos los dos y la mayor parte de las veces acabamos discutiendo. Noté de inmediato que estaba nervioso. Mi hermano fue tartamudo de pequeño y cientos de sesiones con un buen logopeda le libraron del problema, pero cuando se encuentra inseguro sigue tartamudeando ligeramente.
-¿Qué es lo que pasa, Carlos?
-¿Tiene que pasar algo para que te llame?
-Pues supongo que no, pero te conozco bien y sé que algo te preocupa.
-Es Mamá.
Agarré fuerte el auricular. ¿Le habría pasado algo a nuestra madre? Aunque a veces me desesperase, mientras ella viviese yo estaba en libertad todavía de sentirme niña de vez en cuando.
-¿Qué pasa con Mamá? ¿Le ha subido de nuevo la tensión?
Al otro lado de la línea hubo un chasquido de fastidio. Y decidí callarme y esperar, haciendo un ejercicio de paciencia, porque sabía que si le interrumpía se pondría más nervioso todavía y sería peor.
-No es eso. De salud está perfectamente. Pero el otro día cuando salía de comer con unos amigos la vi entrando en el mismo restaurante. Ella no me vio, estaba muy entretenida.
-¿Y para eso me llamas?-le reproché. No sé qué tiene de raro que Mamá salga a comer, sé que lo hace una vez a la semana con sus amigas.
-Es que no iba con esas viejas cotorras.
Pasé por alto el insulto y le insté a que continuase.
-¿Sabes con quien entraba y por qué no me vio?
-Pues no, no lo sé, maldito pesado. ¿Piensas que tengo una bola de cristal?
-Iba muy cogida del brazo de Eduardo.
Me quedé callada. ¿Quién diablos era Eduardo? Me puse a pintar conejitos en un bloc de notas mientras mi mente trabajaba a toda velocidad. Y entonces caí en la cuenta; era Eduardo Mendoza, el mejor amigo de mi padre. Eran como hermanos y habían sido socios. Le había visto por última vez hacía tres años, en el entierro de su mujer. En un tiempo fue como una especie de tío para nosotros.
-Bueno, ¿y qué? Era muy amigo de Papá. No sé qué tiene de malo que coman juntos.
-Se besaron cuando estaban entrando en el restaurante-me comentó, completamente escandalizado.

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