15 de diciembre de 2015

MOJITO´S CLUB 5



Al día siguiente por la mañana me tocó a mí encargarme de la compra para la comida de los niñatos. Cada semana lo hacía una de nosotras, aunque no sé por qué todas terminaban poniendo alguna disculpa y ya eran tres las semanas que me endilgaban a mí el trabajo. Decidí, en contra de todos mis principios, comprar pescado congelado y carne de segunda. En vez de filetes tendrían estofados, aunque en el menú que les dejaba escrito cada día pondría gulash. Quedaba más fino y para no faltar demasiado a la verdad solo necesitaba ponerle bien de páprika. Mientras me detenía en los estantes de la fruta y compraba manzanas, que asaría en el horno con azúcar y canela, me preguntaba si no estaría metiendo la pata. La canela era afrodisíaca y mucho me temía que la páprika también. Bueno, en todo caso no era mi problema. Al día siguiente le tocaba a Noelia repartir las comidas. Si andaban con las hormonas alborotadas que le metiesen mano a ella, que era más joven y podía con todo.
Al principio confieso que me hacía gracia que unos querubines que podrían ser mis hijos me tirasen los tejos y soltasen alguna que otra procacidad. Pero solo fue al principio. Cuando llevábamos poco más de tres meses proporcionándoles comida diaria ya no me divertían sus tonterías; sobre todo porque tenía las manos muy largas para tocar donde no debían, pero el bolsillo siempre corto de dinero para pagar puntualmente. Y además de eso me ponía enferma ver cómo tenían los pisos donde vivían. Alguna que otra vez me tuve que decir a mí misma que no era problema mío que viviesen en la inmundicia y que no me pagaban para ir recogiendo calzoncillos en diverso estado de asquerosidad y calcetines apestosos de los lugares más insospechados. Por no hablar de que al abrir la nevera para guardar la comida se podía una encontrar las cosas más insospechadas. Desde apuntes de Derecho Canónico o de Biología hasta paquetes de cigarrillos a medio consumir o un porro recién liado. Cuando me tocaba a mi hacer el reparto de comida solía protegerme los zapatos con esas fundas parecidas a las que se ponen los cirujanos en el quirófano. Lo aprendí después de quedarme casi pegada a las baldosas de la cocina, sobre las que se habían derramado a saber qué clase de líquidos. Me asombraba que estos muchachos no hubiesen desarrollado enfermedades como la lepra, la peste bubónica o alguna otra guarrería. Aunque no me pagaban para limpiar no pude evitar el primer día darle un refriegue general con agua, lejía y jabón al menos a la nevera. No quería encima que me demandasen si pillaban alguna enfermedad, y no creía que fuese lo mejor para la salud guardar la comida en ese pozo de inmundicia. Eso si, les amenacé con cortarles de cuajo los huevos y ponérselos de sombrero si metían en la nevera algo que no fuese comida. Como en aquel momento tenía un cuchillo jamonero en la mano y lo blandía delante de sus narices como si fuese una espada, me hicieron caso.

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