17 de diciembre de 2015

MOJITO´S CLUB 6



Llegué a casa muerta de cansancio y sólo pensar que por la tarde tendría que reunirme con las chicas para decidir la compra de los nuevos uniformes de trabajo, por decirlo de alguna manera, hizo que se me quitase el apetito. Lancé los tacones al aire con garbo y me dejé caer como un saco de patatas en el sofá, donde me arrebujé en una manta y a los cinco minutos estaba profundamente dormida. Fue de esas siestas que Cela calificaba como de pijama y orinal, de casi tres horas. Dormí tan profundamente que soñé, muchas cosas inconexas y si sentido, como suelen serlo los sueños; al menos los míos. Yo no soñaba nunca cosas tan poéticas como que volvía a Manderley; más que nada porque mi apartamento era pequeño y, aunque coqueto y agradable, no podía compararse a la mansión de Maxim de Winter. Concretamente en esa ocasión soñé que entraba en la cocina de una casa desconocida, pero que extrañamente era la mía, y me encontraba el suelo repleto de copos de avena en los que resbalaba; y los armarios de la cocina pegajosos de zumo de naranja y leche con cereales. Entonces llegaba una especie de ángel del Infierno de más de dos metros y barba poblada blandiendo un hacha y amenazándome con ella. Me desperté con la nuca sudorosa y el corazón latiendo como un potro desbocado.
Sólo se me pasó la ansiedad cuando me metí en la ducha y dejé que el agua caliente se llevase el miedo con el que me había despertado. Yo, que lo analizo todo, saqué en conclusión que a pesar de que la idea se me había ocurrido a mí, en realidad estaba un poco asustada de la ocurrencia. Me sequé el pelo y luego, como siempre que estoy nerviosa, me relajé maquillándome. Paula solía decirme que nunca armonizaba bien los colores, pero la verdad es que me importaba tres pepinos. Una de las mejores terapias que conozco es pintarse los morros. No es que se vayan los problemas, pero se ven desde un poco más lejos.
Cuando me senté con las chicas ya había olvidado, aunque sólo fuese en parte, mis miedos y dudas. Esa tarde en vez de pecar con mojitos tomamos un té, como si fuésemos damas de la realeza británica. Teníamos que hacer una excursión en busca de nuestros útiles de trabajo y era menester ir lo más sobrias posible. Nos metimos todas en el coche de Alicia, que es un monovolumen y por tanto el único donde cabemos las seis. Yo me senté a su lado, quizá porque soy algo masoca y no he escarmentado de su manera de conducir. No es que lo haga mal; el problema es que quizá lo hace demasiado bien y no deja que nadie le tosa. Esa tarde, por supuesto, no iba a ser menos. Cuando se disponía a aparcar el coche, llegó un hombre de unos cuarenta años, trajeado y conduciendo un Mercedes deportivo, que haciendo caso omiso de los intermitentes del monovolumen, ocupó la plaza. Miré de reojo a mi amiga, cuyo color pasó por todas las tonalidades del rojo. Iba a intentar detenerla pero salió como un huracán enfurecido y en menos de dos segundos se plantó delante del otro conductor, que estaba saliendo de su deportivo y se quedó mirándola, como pasmado. Todas las demás salimos del coche y nos acercamos al lugar donde se libraría la batalla. Se equivoca de medio a medio quien piense que íbamos a ayudar a Alicia; más bien estábamos preocupadas por el pobre muchacho.
-Si no sacas tu deportivo de mierda enseguida de esa plaza volverás a tu casa en silla de ruedas.
El hombre la miró, asombrado, mientras intentaba recolocarse el pelo engominado.
-Perdone, señora; pero no voy a cambiar mi coche. Yo vi primero la plaza, búsquese otro aparcamiento.
Alicia le tomó suavemente del brazo y le miró a los ojos, con una leve sonrisa irónica.
-Eso es mentira, cabronazo. Has visto perfectamente como yo señalizaba la maniobra; y has pasado olímpicamente, en plan macho ibérico. No te lo voy a decir dos veces. O sacas el coche o te meto una patada en los huevos; no sin antes rallarte tu juguetito.
Y le amenazó con las llaves de su propio coche, acercándolas peligrosamente al impoluto Mercedes. Su interlocutor tragó saliva y se aferró al maletín que llevaba en la mano. Dudó un minuto pero después de mirar nuevamente a nuestra amiga directamente a los ojos, lo pensó mejor y entró en el coche, mascullando algo que no entendimos. Salió del aparcamiento como alma que lleva el diablo.
Marta se retorció las manos nerviosamente. Era muy comedida y muy tranquila y siempre la sacaban de quicio los arranques de Alicia. Pero sabiamente no le dijo nada. No era bueno hablarle cuando todavía no se había apagado del todo su fuego asesino. En fila india, como soldados marcando el paso, entramos en el centro comercial y nos fuimos directas a la tienda de lencería.

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