Ir al contenido principal

MOJITO´S CLUB 6



Llegué a casa muerta de cansancio y sólo pensar que por la tarde tendría que reunirme con las chicas para decidir la compra de los nuevos uniformes de trabajo, por decirlo de alguna manera, hizo que se me quitase el apetito. Lancé los tacones al aire con garbo y me dejé caer como un saco de patatas en el sofá, donde me arrebujé en una manta y a los cinco minutos estaba profundamente dormida. Fue de esas siestas que Cela calificaba como de pijama y orinal, de casi tres horas. Dormí tan profundamente que soñé, muchas cosas inconexas y si sentido, como suelen serlo los sueños; al menos los míos. Yo no soñaba nunca cosas tan poéticas como que volvía a Manderley; más que nada porque mi apartamento era pequeño y, aunque coqueto y agradable, no podía compararse a la mansión de Maxim de Winter. Concretamente en esa ocasión soñé que entraba en la cocina de una casa desconocida, pero que extrañamente era la mía, y me encontraba el suelo repleto de copos de avena en los que resbalaba; y los armarios de la cocina pegajosos de zumo de naranja y leche con cereales. Entonces llegaba una especie de ángel del Infierno de más de dos metros y barba poblada blandiendo un hacha y amenazándome con ella. Me desperté con la nuca sudorosa y el corazón latiendo como un potro desbocado.
Sólo se me pasó la ansiedad cuando me metí en la ducha y dejé que el agua caliente se llevase el miedo con el que me había despertado. Yo, que lo analizo todo, saqué en conclusión que a pesar de que la idea se me había ocurrido a mí, en realidad estaba un poco asustada de la ocurrencia. Me sequé el pelo y luego, como siempre que estoy nerviosa, me relajé maquillándome. Paula solía decirme que nunca armonizaba bien los colores, pero la verdad es que me importaba tres pepinos. Una de las mejores terapias que conozco es pintarse los morros. No es que se vayan los problemas, pero se ven desde un poco más lejos.
Cuando me senté con las chicas ya había olvidado, aunque sólo fuese en parte, mis miedos y dudas. Esa tarde en vez de pecar con mojitos tomamos un té, como si fuésemos damas de la realeza británica. Teníamos que hacer una excursión en busca de nuestros útiles de trabajo y era menester ir lo más sobrias posible. Nos metimos todas en el coche de Alicia, que es un monovolumen y por tanto el único donde cabemos las seis. Yo me senté a su lado, quizá porque soy algo masoca y no he escarmentado de su manera de conducir. No es que lo haga mal; el problema es que quizá lo hace demasiado bien y no deja que nadie le tosa. Esa tarde, por supuesto, no iba a ser menos. Cuando se disponía a aparcar el coche, llegó un hombre de unos cuarenta años, trajeado y conduciendo un Mercedes deportivo, que haciendo caso omiso de los intermitentes del monovolumen, ocupó la plaza. Miré de reojo a mi amiga, cuyo color pasó por todas las tonalidades del rojo. Iba a intentar detenerla pero salió como un huracán enfurecido y en menos de dos segundos se plantó delante del otro conductor, que estaba saliendo de su deportivo y se quedó mirándola, como pasmado. Todas las demás salimos del coche y nos acercamos al lugar donde se libraría la batalla. Se equivoca de medio a medio quien piense que íbamos a ayudar a Alicia; más bien estábamos preocupadas por el pobre muchacho.
-Si no sacas tu deportivo de mierda enseguida de esa plaza volverás a tu casa en silla de ruedas.
El hombre la miró, asombrado, mientras intentaba recolocarse el pelo engominado.
-Perdone, señora; pero no voy a cambiar mi coche. Yo vi primero la plaza, búsquese otro aparcamiento.
Alicia le tomó suavemente del brazo y le miró a los ojos, con una leve sonrisa irónica.
-Eso es mentira, cabronazo. Has visto perfectamente como yo señalizaba la maniobra; y has pasado olímpicamente, en plan macho ibérico. No te lo voy a decir dos veces. O sacas el coche o te meto una patada en los huevos; no sin antes rallarte tu juguetito.
Y le amenazó con las llaves de su propio coche, acercándolas peligrosamente al impoluto Mercedes. Su interlocutor tragó saliva y se aferró al maletín que llevaba en la mano. Dudó un minuto pero después de mirar nuevamente a nuestra amiga directamente a los ojos, lo pensó mejor y entró en el coche, mascullando algo que no entendimos. Salió del aparcamiento como alma que lleva el diablo.
Marta se retorció las manos nerviosamente. Era muy comedida y muy tranquila y siempre la sacaban de quicio los arranques de Alicia. Pero sabiamente no le dijo nada. No era bueno hablarle cuando todavía no se había apagado del todo su fuego asesino. En fila india, como soldados marcando el paso, entramos en el centro comercial y nos fuimos directas a la tienda de lencería.

Comentarios

Entradas populares de este blog

JOHNNY Y JUNE

“June era mis señales en el camino, me hacía alzarme cuando estaba débil, me animaba cuando estaba desanimado y me amaba cuando sentía solo y desamparado. Es la mujer más grande que jamás he conocido. Nadie más, excepto mi madre, se le acerca”.
Esto es lo que decía Johnny Cash de la mujer de su vida, June Carter. Fue su segunda esposa, pero para él la única mujer que marcó su vida y su camino, y también la que le salvó de perecer en un infierno de drogas y alcohol.
No quiero hablar de él como cantante, todos sabemos que fue una de las leyendas del country, el icono de los presidiarios y tipos duros, y quien mejor supo entenderles y cantarles. También que vestía siempre de negro y saludaba con un parco “Hi, I´m Johnny Cash”. No, quiero hablar del hombre, de la persona tímida y reservada que tuvo una vida complicada y salió a flote con mucha voluntad por su parte y con la ayuda de alguien que le amaba.
Cash y June se conocieron en los escenarios. Ella provenía de una familia que cantab…

ESPERA

Hemos regresado, amor,
de muchas vidas pasadas,
de amaneceres ocultos
entre brumas que le
daban a la felicidad
la espalda;
de miedos robados al
tiempo, de deseos silentes
que no pronunciábamos en
voz alta.

Y ahora, de la mano,
destejemos embrollos
que a veces nos velan
la mirada,
limpiamos de guijarros
el camino, abrimos
veredas donde antes
solo había zarzas
y montes de espinos
que en las plantas
de los pies
se nos clavaban.

¡Y es tan largo el
camino, amor, que
algunas noches yo
llego a la cama cansada!
Y ansío tus brazos
que me arrullen sin
palabras, quiero
tus dedos recorriendo
mi espalda,
trazando surcos
en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
como lo hace la azada
en la tierra, en la
hierba la guadaña.

Solo dime que tras
el invierno llegará
la primavera, verde
y blanca, preñada
de flores hermosas,
cargada de nubes
que no huelan a
amenaza.

¿POR QUÉ ESCRIBO?

Hace poco me preguntaba para qué escribir. Hoy quiero saber por qué escribo, cual es el motivo que me lleva a esto que hago a diario. Desde hace ya mucho tiempo sé que así como hay gente que necesita, para sentirse bien, hacer deporte, o cantar, o bailar, o coser… yo necesito escribir. Pero además, pensando y analizando muchas cosas me he dado cuenta de que para mí el escribir se ha convertido, además de en una importante terapia, en un acto de poder y de soberbia.
Si…mal que me pese reconocerlo, es así. Yo no soy por naturaleza una persona a quien le guste mandar o controlar. Tampoco me gusta estar del lado contrario; es decir, odio que alguien me diga lo que tengo que hacer. Mi lema siempre ha sido “vive y deja vivir”. Pero esto de escribir tiene tanto encanto porque me permite jugar, por un momento, a ser Dios.
Cuando escribo una novela o narro un cuento, no importa la extensión de lo que escriba, estoy creando personajes, dando vida, interviniendo como mano ejecutora en la cade…

PALABRA

Poco hace falta;
una luna desnuda
que en la noche se alza,
un silencio entre líneas
pintadas, la radio que suena
con asesinos en serie, con
extrañas amenazas...
Un rayo de luz que
me baña las manos
abandonadas, manos triste
que no tocan nada.

Tal vez, amor, todo
es triste y oscuro
ahora que hablas.

Pero a mi me basta
una sola palabra,
tan solo una,
dicha en voz baja.

Y entonces el sol
brilla como si
estuviera naciendo
la mañana.

Ha amanecido de pronto,
la noche ha hecho
la maleta al país
del Olvido, mis manos
se visten de esperanzas
aladas; me cubro de risa
de nuevo, y mi corazón,
amor, vuelve a ser, como
siempre, tu cama.

CONFÍO

Llévame de la mano
por campos nevados,
hazme ver la luz de
la luna que asoma
entre torres de aurora,
quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
la bruma del norte
me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.