30 de diciembre de 2015

MOJITO´S CLUB 7



Pegadas las unas a las otras como si estuviésemos haciendo algo prohibido empezamos a mirar los conjuntos que se ofrecían en las estanterías. Todos eran muy bonitos pero también demasiado caros para nuestros depauperados bolsillos, y sobre todo nada adecuados para el fin que pretendíamos. Tuve que ponerle freno a Clara y a Marta, que se apoderaron de sendos camisones transparentes que más que tapar eran como una especie de semáforo rojo que llamaban al vicio.
-¿Estáis locas?-las increpé arrebatándoles la prenda de las manos. ¿Habéis visto el precio de estos trapos lujuriosos? Además, no sirven para lo que queremos. ¿Tengo que recordaros que vosotras vais a limpiar, o al menos a fingir que lo hacéis? Dejad eso en donde estaba-las amonesté como lo haría una madre con sus hijas díscolas e indisciplinadas.
Me miraron con algo parecido a la inquina, pero obedecieron. Alicia y yo, que nos habíamos hecho cargo del rebaño, llegamos a la conclusión, después de media hora de búsqueda infructuosa, de que no íbamos a encontrar nada apropiado allí; así con la moral por los suelos nos encaminamos al parking.
-Pues si que empezamos bien-protestó Alba mientras se ajustaba el cinturón de seguridad. Si ya tenemos problemas con los uniformes, como tú pretendes llamarles-me dijo con inquina-no te digo nada cuando tengamos que empezar a trabajar.
Me mordí la lengua para no mandarla a freír churros. Encima de que me dejaba las neuronas pensando en cómo salir de la pobreza, estas idiotas no hacían más que poner pegas. Alicia condujo hasta su casa. Su marido estaba de viaje y sus dos hijos eran algo así como convidados de piedra que se pasaban la vida en su cuarto, comiendo porquerías repletas de colesterol y haciendo a saber qué cosas en sus ordenadores. Un día de estos fabricarían una bomba y todos saldríamos volando por los aires, o quizá serían ellos los que inventasen una forma de ganar dinero; aunque dudaba que fuese algo honrado. Y bien pensado, ¿es que lo nuestro lo era? Tras un momento de duda, decidí que si. No había nada de malo en darles una alegría a unos pobres infelices.
Y de repente, mientras Alicia maniobraba para encajar el enorme monovolumen en una plaza que a mi me parecía minúscula, se me iluminó la mente. Algo parecido debió de sentir Santa Teresa de Jesús cuando entraba en éxtasis, aunque yo siempre pensé que tal y como la esculpió Bernini, eso era un orgasmo puro y duro. Nunca lo dije en voz alta; no era cosa de que me excomulgasen.
-Chicas-les dije cuando todas habíamos bajado ya del coche e íbamos camino del ascensor. Ya lo tengo.
-¿Otra idea más?-farfulló Marta.
-Esta es capaz de que nos pone a dar masajes con final feliz en algún tugurio de mala muerte-soltó Noelia, mirándome con rabia.
Y yo me quedé sorprendida porque ella era precisamente la más callada de todas y la que nunca se alteraba.
-Pues no, malpensadas, desagradecidas. Ya sé donde conseguir la ropa para empezar a trabajar.
-Ilumina nuestra ignorancia-se burló Alicia.
-En un sexshop.

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