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DOSIS DE LAURA







-No importa. Compartiremos la habitación-dijo con voz suave. ¿Verdad, querida?
Ella se quedó tan sorprendida que no pudo articular palabra y le dejó hacer. A los cinco minutos estaban en el ascensor, mirándose uno al otro con asombro. Lucas pensaba en la buena suerte que había tenido y en que quizá era verdad que existía un ángel de la guarda; y Laura estaba demasiado asombrada incluso para pensar.
La habitación era tal y como Laura la hubiese soñado si hubiese sido capaz de hacerlo, o si se permitiese a sí misma tales dispendios emocionales. Una cama enorme cubierta por un mullido edredón de un azul desvaído y un baño más grande de lo que suelen ser los baños de los hoteles, con una bañera también de buen tamaño. Apartó la cortina, aunque tampoco es que hubiese mucho que ver. El hotel estaba a pocos metros de la plaza mayor, pero en una calle estrecha, y la visión que tenía era del edificio que estaba justo enfrente; casi tan cerca que parecía que si alargaba la mano podría tocar la ventana vecina. Se preguntó quien viviría en aquella casa y qué clase de vida tendría. ¿Estaría ocupada por una familia con niños; tal vez una anciana solitaria, una pareja sin hijos? La voz de Lucas se sacó de sus ensoñaciones y la volvió a la realidad y al hecho de que aquella noche tendrían que compartir aquella habitación. Aparte de la cama, el armario empotrado y las mesitas de noche los únicos muebles que había era una descalzadora a los pies de la cama, una silla y un pequeño escritorio; con lo cual no habría discusiones sobre quien dormía en el sofá. También podría mandar a su compañero de viaje a la bañera, aunque en el fondo le daba algo de remordimiento. Y seguro que a pesar de que era muy caballeroso, no aceptaría.
-No se devane los sesos, querida mía. Compartiremos la cama, no hay otra opción.
Bien a su pesar, Laura sintió que enrojecía. Maldito hombre; tenía la virtud de ponerla nerviosa y no le gustaba. Siempre había sido ella quien había manejado la situación en su relación con los hombres; quizá porque ninguno le había importado tanto como para ceder. ¿Y Lucas le importaba? Se encontraba bien a su lado; le gustaba importunarle de vez en cuando y buscar los momentos para escandalizarle con sus salidas de tono o sus preguntas atrevidas. Y sobre todo, se reía con él. Ella precisamente, a quien tanto costaba hasta sonreír, se había descubierto en más ocasiones de las que quisiera riendo a carcajadas.
-Pues ya ve usted qué problema. Como diría Reth Buttler...”francamente, me importa un bledo”. Yo duermo del lado derecho; y no es negociable. Espero que no ronque o tendré que ahogarle con la almohada. Tengo el sueño ligero.
-No me oigo mientras duermo, así que no sé decirle si ronco. Si usted lo hace prometo no despertarla.
-Yo no ronco-protestó ella, ofendida. Eso es cosa de tíos.
-Si, y también de mujeres, señora mía. Me temo que tiene que ver con dormir con la boca abierta. Y no sé si usted podrá tenerla cerrada ni siquiera para dormir.
-Es usted un viejo insoportable-barbotó Laura. Y bien, ¿vamos a cenar algo o es que pretende matarme de hambre?
-Claro que no. Cenaremos donde usted quiera y lo que usted quiera. Estoy a sus órdenes, que es lo que le gusta. Qué general se ha perdido el ejército…
Ella hizo caso omiso de la burla y ambos abandonaron la habitación y se adentraron en el centro de la ciudad para buscar un sitio en el que cenar. Para diversión de Lucas y enfado de Laura casi todos los sitios estaban llenos y en la mayoría de ellos la única solución que les daban era esperar al menos una hora para que les pudiesen ofrecer una mesa. Lucas le propuso tomar unos vinos y unos pinchos.
-Al fin y al cabo, come usted como un pajarito. Como siempre, con dos pinchos dirá que ya no puede más.
-Está bien. Me resignaré. Aunque había pensado en una cena agradable a la luz de las velas y buena música de fondo.
-Pues será tasca con olor a fritanga. Mañana tal vez tengamos más suerte y pueda invitarla a una cena formal-le contestó, tomándola del brazo para entrar en una pequeña taberna que estaba también llena de gente.
No había ni una sola mesa libre.
-Espero que sea usted de barra, porque esta noche es lo que hay-le dijo Lucas acodándose en el mostrador.
Ella se quedó mirándole, dudando si mostrarse divertida u ofendida.
-¿Me está llamando puta?-le preguntó en voz baja, hablando entre dientes.
-No sea tonta. ¿Por qué dice eso?-se asombró él.
-Me ha preguntado si era de barra; y las chicas de una barra americana…
-Déjese de estupideces, mujer-le dijo mientras movía la mano para llamar la atención del camarero. Me estoy refiriendo a esta barra-aclaró, tocando el mostrador de madera. Ande, siéntese en ese taburete si es que puede subirse y olvide sus suspicacias. Le voy a pedir un vino blanco para que le alegre un poco el semblante.
Laura rezongó un poco, pero cuando llegó el camarero con las copas de vino y varios pinchos ya se le había pasado parte del mal humor, y aunque ni muerta se lo confesaría, estaba divirtiéndose. Por una vez estaba cómoda con alguien y tenia ganas de que la noche no se terminase demasiado pronto. Mientras bebía un sorbo de vino recordó que no tendrían que despedirse. Aquella noche dormirían juntos, aunque no revueltos, se prometió a sí misma.




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