26 de enero de 2016

HIJAS






En todas las familias hay una persona a la que recurrimos cuando ya no podemos más. En la mía esa persona es mi hija. La misma que era un bebé precioso, rubio y de ojos azules, y que luego se convirtió en una niña también rubia y de ojos azules, adorable y obediente; y que luego se transformó en una adolescente rebelde que odiaba bastante a su madre y con la que un día si y otro también había lío. En honor a la verdad tengo que decir que nunca fue maleducada ni contestona; tan solo daba la razón y hacía lo que le daba la gana, hasta que podía...claro.
Esa etapa, por fortuna, duró poco. Luego pasó a ser no mi amiga, porque es algo más importante; es mi hija; pero si esa especie de compañera de vida en la que se confía ciegamente porque sabemos que nunca nos va a defraudar. A quien contar cosas y de quien escuchar cosas.
Ahora es ya una mujer, hecha y derecha, con los pies bien asentados en el suelo y con una buena compañía a su lado. La que ella merece, desde luego; pero no por eso estoy menos contenta ni agradecida. Si...yo intento ser una buena suegra; y la verdad es que no me cuesta. El hijo postizo se lo merece.
Esta hija a veces tan irreverente y poco común es alguien en quien todos podemos descansar cuando hay problemas. Buena hija, buena nieta, estupenda hermana. Y no tengo duda alguna de que cuando le llegue el momento, y ya tengo ganas, será una muy buena madre. Mejor de lo que yo lo he sido nunca, estoy segura. En mi descargo solo puedo decir que lo hice lo mejor que pude. Y quizá no por méritos míos, sino de su padre y de ellos mismos, tengo unos hijos estupendos; considerados y buenas personas. Aunque no sea yo la típica madre de decirlo a menudo. Bueno...vale, nunca lo digo. Pero lo siento, que es lo que importa. O no...tal vez hay que decir las cosas cuando se sienten, porque luego te arrepientes de no haberlas dicho. Meditaré sobre eso...

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