8 de enero de 2016

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 61



Me quedé callada, sin saber qué decir. Tal vez tenía razón y lo único que estaba sacando en limpio de esta relación era el amor de un niño, la amistad de mi supuesta suegra y mucho, mucho sufrimiento. ¿Para qué estaba esperando algo que nunca llegaría? Alexander vivía en un mundo propio de desdicha, al que de vez en cuando dejaba que yo me asomase, y entonces revivía, durante unos días al menos, para volver a sumirse en la negrura.
La visita de Claudia y Nuria aquel día me evitaron seguir torturándome. Mi madre y Gisela se fueron al pueblo con Rodolfo; había una feria y comerían fuera. Eso me permitió la libertad de quedarme sola con ellas y pudimos comer las tres en el jardín, en total tranquilidad. Aunque quizá sea una exageración, porque las dos estaban sobrecogidas y superadas por lo que les estaba tocando vivir.
-Mi hija no me habla-dijo Nuria cuando estábamos tomando el café.
Claudia bajó la cabeza. Toda la seguridad que había ido ganando con el tiempo estaba desapareciendo. Se había vuelto a vestir de oscuro, como cuando la conocí. El día era cálido y luminoso pero ella llevaba puestas unas mallas negras que convertían sus piernas en las patitas de un gorrión famélico, y una sudadera gris que le venía grande. Sentí una horrible opresión en el pecho al darme cuenta de que las cosas siempre acaban por torcerse, por mucho que nos empeñemos en llevarle la contraria a la vida.
-Piensa que es algo temporal. No hay nada en el mundo que pueda separar a una hija de su madre.
Estaba intentando consolarla pero en el fondo yo sabía que estaba mintiendo. Hay muchos motivos por los que los hijos pueden olvidar a sus padres, aunque ellos perdonen siempre a los hijos. Y cómo entendía a esa pobre niña que ahora parecía más joven y perdida que nunca. Ella se culpaba de todo lo que estaba pasando, sin darse cuenta de que los seres humanos rara vez tenemos control sobre lo que ocurre en nuestras vidas. Me contaron que estaban viviendo en el piso de Claudia y Nuria había encontrado un trabajo que hacer en casa, con el que no ganaba mucho pero al menos le servía para mantener su autoestima. Era muy hábil haciendo labores y ahora que todo lo hecho a mano estaba de moda, cosía y tejía para una de las boutiques de lujo de la ciudad. Saldrían adelante, estaba segura, aunque dudaba de que a cada una de ellas no le quedasen marcadas en el alma las cicatrices que acompañan siempre a las duras batallas.
¿Y yo? ¿Saldría yo adelante? No estaba demasiado segura. Además de la difícil relación con Alexander estaba el problema de Leo. Desde aquella pelea que habíamos tenido en la que yo tuve la lengua muy larga, justo es reconocerlo, nuestra relación quedó, de alguna manera, herida de muerte. Ninguna de las dos lo expresó con palabras y quizá ese fue nuestro error. Pero había un daño que estaba hecho, un resentimiento que antes nos era desconocido. Y eso me dolía, me dañaba profundamente aunque había intentado desterrarlo al fondo del cajón, donde se guardan las cosas molestas con las que no se sabe qué hacer; si tirarlas a la basura o seguir conservándolas.
Mientras las despedía en la puerta pensé que mañana iría a ver a mi hermana. Necesitaba su consejo o tal vez solo sentirme apoyada por alguien que conocía el sufrimiento y sobre todo que sabía escuchar sin decirme lo que debería hacer. Y en silencio le di las gracias a mi padre por haberme dado una hermana. Las amigas van y vienen, pero las hermanas son para siempre, porque la sangre es espesa y valiosa, y siempre se abre camino.

Las vacaciones tocaban a su fin y antes de volver a la ciudad quería ver a mi hermana. Ni mi madre ni Gisela conducían así que antes de emprender el camino fui al pueblo para dejarles provisiones. Solo estaría fuera dos días pero siempre he padecido del mal de la “nevera llena”. Cuando ya estaba cargando las bolsas en el maletero del coche alguien me tocó el hombro y antes de volverme sabía que era Sergio. Su aroma le precedía y a mí, a pesar de los años transcurridos, todavía me resultaba familiar. Como el día que le vi en la cafetería, el estómago me dio una sacudida.
-Tantos años sin vernos y ahora te encuentro hasta en la sopa
-Gracias, Sergio. Había olvidado tu proverbial amabilidad-bromeé.
-No, mujer, es una manera de hablar. ¿Tienes tiempo de tomar un café conmigo?
Yo soy de esas mujeres que no saben hacerse las interesantes ni de rogar y así me ha ido en la vida a todos los niveles. Siempre decía lo que quería y lo que pensaba. En menos de cinco minutos estábamos delante de un café retinto al que ni las tres cucharadas de azúcar pudo mejorar. Pero el sabor del café era lo de menos. Me agradaba la compañía; era como un soplo de aire fresco a mis problemas cotidianos; una manera de retroceder a una etapa de mi vida que ya nunca volvería, aunque pudiese recrear la fantasía de recuperarla por breves momentos. Pero si he de ser sincera me bastaba mirar a Sergio para darme cuenta de que ya no era aquel chico que yo conocí. Había algo más que las canas y las arrugas de la edad; sus ojos ya no eran tan inocentes detrás de las gafas redondas. La vida, como a mí y a todo el mundo, le había marcado.
-La vez pasada no pudimos hablar demasiado y no te pregunté si estás con alguien
-¿En qué sentido?-le pregunté para ganar tiempo. Sabía de sobra lo que me estaba preguntando, pero no sabía si quería hablar de mi relación con Alexander, considerando que ni yo misma sabía en este momento cual era.
-No te hagas la tonta, que no te queda bien. ¿Vives con alguien, tienes novio?
-No, no vivo con nadie.
-Pero no me has contestado a la segunda pregunta.
-Es que esa palabra a mi edad me parece fuera de lugar.
-No me sigas dando largas. ¿Hay alguien en tu vida?
Enrollé varias veces sobre sí mismos los papeles de los sobres de azúcar, pero noté que Sergio se estaba impacientando. Me había hecho una pregunta muy sencilla y siempre podía decirle que no era asunto suyo. Pero, ¿por qué habría de reaccionar así?. Decidí hablar.
-No sé qué contestarte. Puede que haya alguien en mi vida, pero en este momento no lo sé a ciencia cierta.
Se encogió de hombros y me miró entornando los ojos.
-Veo que sigues complicando las cosas sin necesidad. O lo hay o no lo hay.
-No es tan sencillo. Digamos que lo hay pero dudo de que tenga un futuro. Es una relación complicada.
No sé si fueron imaginaciones mías o de verdad emitió un suspiro de alivio.
-¿Y tú?-contraataqué. ¿Estás con alguien?
-Ahora no.
No le pregunté más. Los hombres nos acusan a las mujeres de ser unas cotillas pero según mi experiencia ellos no se quedaban a la zaga. Yo nunca fui demasiado aficionada a preguntar sin ton ni son. Siempre pienso que si alguien quiere hablar, tarde o temprano lo hará. Y no me equivoqué. Con el segundo café de Sergio y una coca cola para mí porque era impensable más castigo para mi estómago en un solo día, me estaba contando que su última aventura amorosa había terminado porque ella era casada y no quería romper con su marido para iniciar algo serio con él.

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