30 de enero de 2016

MI NIÑO





Erase una vez un niño...así es como empiezan los cuentos, ¿no? El caso es que esto no es cuento. Pero si que voy a hablar de un niño.
Un niño que nació una mañana de lunes, a las once, exactamente, de un día frío y lluvioso de finales de abril. Un niño enorme que berreaba a pleno pulmón. Un niño que a los tres meses tenía el tamaño de uno de seis y que se metía entre pecho y espalda un biberón entero, cuando los manuales decían que debía ser mediado. Pero...su madre era joven e inexperta, por suerte para él, y no le hizo pasar hambre.
Era un niño travieso, incapaz de estarse quieto y menos de mantenerse limpio más de una hora. A los tres años ya tenía dos cicatrices, que yo recuerde.
No era un niño al uso; jugaba con cosas extrañas. No le gustaban los coches ni las cosas que suelen divertir a los niños. Prefería fabricarse sus propios juguetes, aunque su hermana era quizá su juguete preferido. Con papel higiénico, si, ese que están pensando, y cinta aislante fabricaba fantasmas que hacía volar según le diese la gana. También, durante un tiempo en que quiso ser piloto, estaba loco por los aviones. Tengo para mi que eso fue porque vivía en aquel entonces en una isla y era la manera que había de salir de allí. Si hubiese vivido en Orejilla del Sordete querría ser conductor de autobús.
Ese niño tenía un don, o varios. Pero uno de los principales era que dibujaba muy bien y que tenía mucha imaginación; ese regalo que Dios otorga a los seres especiales.
Y era un niño valiente, que no dudaba en arrojarse desde un muro para ganar un juego; aunque el resultado fuese un codo roto, una operación a media tarde y mucha rehabilitación en una terraza mirando al mar, con su madre diciendo...venga, más, dobla ese codo que tú puedes.
Y podía. Podía con casi todo, porque a menudo la vida le puso a prueba.
Ahora el niño ya no lo es. O quizá si para su madre; pero en todo caso es un niño enorme, tamaño XXL y con barba, lo cual para una madre es algo muy difícil de llevar.
Pero sigue siendo un niño valiente, el mismo que se sabía absolutamente todo de los dinosaurios y que era capaz de decir de carrerilla cualquier dato geográfico que se le preguntase. Aquel mismo niño que jugaba con su hermana a colocar huesos y músculos en su sitio, y que aprendía jugando las provincias de España. El mismo niño que ahora tortura a todo el que le quiera escuchar con artículos del código civil y penal.
En todo caso, es mi niño. Y a veces, cuando vuelvo la vista atrás, le sigo viendo, tan rubio y tan pequeño, pidiéndome que le de un vaso de agua o que le baje los juguetes de donde están guardados. También le veo con su hermana de apenas dos semanas, en brazos, mientras yo atiendo el teléfono; diciéndome “ la he sacado de la cuna, Mamá, porque estaba llorando, no quería estar sola”. Y yo, muerta de miedo, pretendiendo que no se asustase para que no se le escapase el pequeño bulto sollozante de las manos. Cada vez que intento recordar, ahí estamos siempre los tres: mis hijos y yo. Hasta cuando iba a alguna clase de Derecho ellos iban conmigo y se sentaban en la fila de atrás, pintando. No molestaban. Sabían que era el momento en que Mamá tenía que estudiar. Porque, según mi hijo, las madres hacen la comida, cuidan a los niños, trabajan, y estudian Derecho Civil.

2 comentarios:

  1. Por qué será que las madres vemos a los hijos siempre como niños?...eso se llama amor de madre. A que si?
    Yo ya soy abuela y sigo viendo a mis hijos como niños.
    Un beso.

    ResponderEliminar
  2. Es una gran verdad, Isabel. Por más años que tengan siempre son nuestros niños. Y creo que es bueno que así sea. Un beso

    ResponderEliminar