11 de enero de 2016

MOJITO´S CLUB 8



Alicia fue la primera en reaccionar.
-Pues no me parece mal. Además, yo nunca he estado en uno. Confieso que tengo...curiosidad. ¿Conocéis alguno en la ciudad?
Clara, que se había quitado las botas y estaba arrellanándose en el sofá, contestó que en la calle Real, justo enfrente de una pastelería a la que ella solía ir los domingos con sus padres, cuando era pequeña, había uno.
-¿Y tú cómo lo sabes?-la acusó Paula.
-Pues porque tengo ojos en la cara, maja, y estoy harta de verlo allí. Nunca he entrado, por si te lo estás preguntando.
Alicia y yo volvimos de la cocina cargadas con bandejas de café y pastas.
-Pues mañana vamos, después de dejarles la comida a los mugrientos esos.
-¿Todas?-quiso saber Marta. Te confieso que a mi no me hace gracia que me vea entrar alguien conocido en un sitio así.
Y yo en ese instante me pregunté para qué demonios nosotras y antes nuestras madres habíamos luchado tanto para que la mujer se liberase de sus estúpidas ataduras si ahora esta generación de jóvenes eran más timoratas que nunca.
-Está bien. Iremos Alicia y yo. La que quiera apuntarse, que lo haga. Pero si viene alguna que no lo haga con miedos ni haciendo el idiota, que nos conocemos.
Al final todas se rajaron y como de costumbre fuimos las mayores quienes nos hicimos cargo de la situación. Yo, como siempre, tenía un plan B. Era bastante realista pensar que en esa pequeña tienda no tuviesen lo que andábamos buscando. Al fin y al cabo, esta era una pequeña ciudad de provincias, y puede que su stock no fuese variado. Incluso en ese caso no todo estaba perdido. Mientras ellas cotorreaban y bebían café yo estuve averiguando en mi móvil a través de San Google las tiendas on line de adminículos sexuales. Y había muchas, y bien provistas. Jamás pensé que pudiese existir tanta variedad de aparatos prodigiosos, de todas los tamaños y colores, a pilas o sin ellas, y algunos tan discretos que se podían llevar en el bolso simulando una barra de labios. Pero además también había todo tipo de ropa sexy y disfraces; desde monja, lo cual me dejó bastante turulata, pues nunca se me había ocurrido que las monjas de mi colegio pudiesen ser sexys, hasta el más socorrido de enfermera o de Caperucita Roja. ¡Qué perversa puede llegar a ser la mente humana!. Y se me ocurrió de repente que quizá si nos iba bien podríamos ampliar el negocio y representar esos cuentos que siempre se han contado a los niños, pero para adultos. De entrada, había alguno de ellos que tenía su enjundia. Porque me van ustedes a explicar si no resulta chocante y hasta pecaminoso que una dulce doncella se vaya a vivir con siete enanitos leñadores; o que pretendan encamar a la Ratita Presumida con diversos animales tales como un caballo, un perro o un gato. Hay que tener una mente muy perversa, a la par que sucia, para imaginar esas cosas y sobre todo en un cuento infantil. De todos modos, de esta peregrina idea que se me acababa de ocurrir de momento no les dije nada a las chicas. No quería que empezasen a insultarme y llamarme pervertida. Lo cierto es que desde pequeña he tenido siempre demasiada imaginación y algún que otro castigo materno me he llevado por eso.
Mientras conducía de regreso a casa iba pensando en lo que pondría aquella noche de cena y pensé en hacer un arroz aprovechando una pechuga de pollo que había sobrado del almuerzo y unos restos de salpicón de marisco. Sería un arroz...mar y monte; suponiendo que el pollo hubiese sido en vida salvaje, que lo dudo. Piscifactoría y granja le iría mejor, pero no quedaba bonito como nombre.
Ya en la cocina puse música, que siempre me entona para cocinar, sobre todo cuando lo hago con sobras, y me serví una copita de vino blanco. Premio para la cocinera. Mientras el arroz se iba haciendo me senté ante la mesa de la cocina y empecé a hacer la lista de lo que íbamos a necesitar. Pero no podía dejar de pensar en el asunto de los cuentos. Si a los niños se les entretenía con historias, ¿por qué no a los adultos? Es decir, a los adultos hombres, que en el fondo todas sabemos que se asemejan mucho a los niños. La única diferencia es que a ellos cuando se ponen pesados no les puedes dar dos guantadas. Bueno, y ahora a los niños tampoco. Ya no es políticamente correcto y te pueden denunciar al Defensor del Menor. Y pensar que a mi madre me frió a collejas cuando era pequeña. Y que yo sepa, no tengo trauma alguno. Es más, salvo alguna otra inmerecida y que me dio simplemente porque estaba de mal humor, creo que todas las demás me forjaron mucho y para bien el carácter.

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