26 de febrero de 2016

DICE ABEL 10



Dice Abel que mi peor enemigo soy yo misma. Puede que tenga razón, aunque nunca se la daré, porque le conozco bien y se me subiría a la parra. Y ya es bastante insoportable abajo.
Es verdad que a veces me fustigo sin necesidad alguna y que le doy tantas vueltas a las cosas que acabo rota de dolor y de abatimiento, culpándome de casi todo lo malo que veo a mi alrededor.
Él es distinto. Para todo encuentra una explicación o una justificación, incluso para aquello que no la tiene.
La única vez que no encontró justificación alguna fue hace muchos años,cuando Pablo era un bebé. Esa tarde vino a mi casa porque hacía un par de días que no sabía de mi. Y me encontró con el niño en brazos, dándole el pecho y llorando ya sin lágrimas, pues creo que hasta el enorme caudal que solemos atesorar las mujeres se me había secado.
Había discutido con Alberto, ya no me acuerdo ni por qué. Y él, enfurecido, me pegó una bofetada. Nunca me habían pegado, ni siquiera cuando era pequeña en una época en la que los castigos físicos eran algo común. Me dolió, me dolió mucho. Sentía que el oído me iba a estallar por dentro y la cabeza me daba vueltas. Pero todavía me dolía más el alma. Creo que nunca me sobrepuse a la humillación de haber sido agredida por un ser humano que supuestamente debía amarme y protegerme. Una debe temer del desconocido que sube en el ascensor, pero no de quien cada noche duerme a su lado.
Abel no me preguntó nada. Se limitó a rodearnos con sus brazos, a mi hijo y a mi, y en silencio me acarició el pelo y me besó en la cabeza. Cuando el niño hubo comido lo acostó y me preparó un baño. Al regresar, envuelta en mi viejo albornoz, me metió en la cama como si fuese una niña pequeña y se quedó a mi lado, hablándome, hasta que me dormí.
Al día siguiente por la mañana temprano Alberto volvió a casa. Traía un ojo morado e inyectado en sangre. Él no me explicó nada ni yo lo pregunté. No me hacía falta. Sé que Abel tuvo con él una conversación y no me cabe duda que los que más hablaron fueron los puños. Nunca más me volvió a pegar, aunque el daño ya estaba hecho. Lo grave es la primera bofetada; a partir de ahí la única solución sensata es marcharse.
Pero no lo hice. ¿Por qué? No lo sé. Creo que por cobardía, o porque soy de esa generación de mujeres a las que nos han educado en la creencia de que romper una familia es un pecado mortal. Lo que no saben es que todavía es peor mantener unas formas cuando la familia ya no existe. Me fui cuando tuve la fuerza necesaria para hacerlo. Y he de confesar que saber que Abel estaría a mi lado siempre, pasase lo que pasase, me ayudó mucho. Por eso y por otras cosas forma parte de mi vida y de mi alma; es como uno de mis brazos o de mis piernas, una parte de mi.

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