28 de febrero de 2016

DICE ABEL 11



Dice Abel que no tengo los pies en el suelo y que soy una soñadora empedernida que todo lo idealiza. No estoy de acuerdo. Lo que ocurre es que pretendo ver siempre el lado bueno de la vida, que lo tiene, aunque hay ocasiones en que esté tan escondido que se hace casi invisible.
Cuando se pone imposible sobre todo después de haber trasegado un par de gintonics, pretende endilgarme una charla sobre cómo procesar mis emociones. Así lo dice él, lo cual me resulta bastante ridículo. ¿Las emociones se procesan No tenía ni la más remota idea. Hasta ahora siempre pensé que se procesaban los alimentos, o hasta los textos; pero las emociones...esas son para vivirlas y sufrirlas, cada uno como buenamente pueda.
Cuando entramos en estos vericuetos, que suele ser el último sábado de cada mes, en la cena, porque es el momento en que nos damos a las libaciones, siempre terminamos discutiendo y echándonos en cara supuestas agresiones y humillaciones que nos hemos hecho en el pasado. Cuando digo pasado, quiero decir mucho tiempo.
Sin ir más lejos, el último sábado me reprochó que me hubiese fumado la cajetilla de tabaco rubio que tanto le costó robar a un tío suyo americano que estaba de vacaciones en su casa. Bien; justo es reconocer que me la fumé casi entera; pero en mi descargo he de decir que de tanto prohibírmelo en casa yo estaba como loca por saber que se sentía al fumar. En mi inocencia, o ignorancia, quizá, pensé que vería elefantes de color rosa y cosas así. Entonces no sabía que para eso tendría que fumarme otras cosas y no tabaco, de ese inofensivo que al fin y al cabo solo te va a producir, tarde o temprano, cáncer de garganta, pulmón, lengua…
Además, en mi carácter está implícito el no hacer nunca las cosas a medias. Recuerdo que aquella tarde de domingo nos internamos Abel y yo en un parque cercano a nuestra casa y bajo la sombra de un roble, porque era verano y hacía mucho calor, probamos lo que era fumar. Él se rajó enseguida, pero yo continué hasta que acabé vomitando hasta la primera papilla. Al llegar a casa mi madre, siempre tan avispada, olió el tufo a tabaco en mi ropa y sin someterme a juicio previo me declaró culpable y dictó sentencia en el mismo acto: zapatillazo sin remisión. Me dejó el culo colorado como el de un mandril y tan dolorido que no pude sentarme bien en casi una semana.
Y lo que no reconoce el muy idiota de Abel es que ni bajo la tortura de la zapatilla confesé quien me había provisto de tabaco. Todavía estoy esperando que me agradezca el haberle librado del cinturón de su padre.
Si, en aquellos tiempos los padres no se andaban con tonterías. Sacabas los pies del tiesto...pagabas con dolor. No es que yo sea partidaria del castigo físico, pero unas buenas nalgadas a tiempo quitan mucha tontería y evitan males mayores. Abel, claro está, opina que soy una troglodita y que habría que encerrarme de por vida y quitarme la custodia de mi hijo, cuando era pequeño. Ahora ya se custodia él mismo, aunque la mayoría de las veces, se custodia fatal y no estaría de más que la madre que le parió le dirigiese un poco la vida.
Abel y yo discutimos más que la mayoría de los matrimonios, cuando con nuestros respectivos cónyuges no lo hacíamos. En mi caso me había acostumbrado a las órdenes de Alberto como palabra de ley, al menos de cara a la galería, porque la verdad es que desde mucho antes de separarme yo ya hacía mi vida. Y Abel estaba acostumbrado a dar la razón en todo a Olvido para que le dejase en paz. Quizá la indiferencia, mal del que sufrimos los dos en nuestras vidas de pareja, sea el peor enemigo del amor.
Sin embargo él y yo nos pasamos la vida discutiendo, sobre todo por Pablo. Me reprocha cosas respecto a mi hijo sobre las que su propio padre ni opina, y yo a veces me enfado cuando descubro que ellos dos se traen secretitos de los que yo no estoy enterada. Una discusión memorable fue cuando mi hijo se sacó el carnet de conducir y el Tito Abel, sin encomendarse a Dios ni al diablo, y menos aún a mi, le compró un coche. Ese día estuve a punto de matarle y le dije cosas muy feas, que espero que me haya perdonado. Supongo que si, ya que han pasado cinco años desde entonces y seguimos discutiendo con el mismo interés y cariño que antes.

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