18 de febrero de 2016

DICE ABEL 2



Dice Abel que entre mis muchos defectos, que él a menudo con muy mala idea me recuerda, está esa manía que tengo de ponerme siempre en el último lugar. Me lo ha dicho de nuevo ayer cuando me invitó a comer al salir del trabajo. Todos los viernes solemos comer juntos.
Ayer se presentó vestido de una manera que ya me indicó cómo iba a transcurrir la comida. Aunque sea un hombre, también él como yo y como tantas mujeres se viste según su estado de ánimo. Cuando le vi a parecer con la corbata azul de estrellitas de mar supe que, de manera ineludible, me arruinaría la comida. Es la corbata que yo llamo de la sinceridad. Y lo peor es que fui yo misma quien se la regaló en su cuarenta y cinco cumpleaños. Después de seis cumpleaños más se la sigue poniendo de vez en cuando, sobre todo cuando quiere darme una buena somanta de palos, emocionalmente hablando.
Es la nuestra una relación bien extraña. Tanto, que a los dos nos ha costado acabar con nuestros respectivos matrimonios. No quiero decir que ese haya sido el único motivo, porque la verdad es que yo estaba ya bastante harta de Alberto a todos los niveles y en el caso de mi amigo un punto decisivo en su divorcio fue que Olvido se la pegase con un compañero de trabajo. Pero desde el principio ni una ni otro entendieron jamás nuestra amistad, ni que necesitásemos comer juntos, los dos solos, una vez por semana.
Nunca he entendido que la gente se extrañe de que entre un hombre y una mujer pueda existir simplemente amistad. Aunque entre Abel y yo hay algo que va más allá. Es mi otra mitad, mi conciencia, mi alma gemela, aunque suene cursi.
Hemos dormido juntos más veces de las que puedo recordar. Cuando éramos jóvenes, en algún viaje en que por falta de dinero terminábamos en algún inmundo albergue y yo le suplicaba que durmiese a mi lado porque temía por partes iguales a las chinches y a que algún barbudo maloliente intentase violarme.
Cuando hace cinco años tuve cáncer de pecho fue él quien se quedó en mi casa quince días y me ayudaba a bañarme cuando aún no podía hacerlo sola y también quien por las noches me abrazaba si tenía pesadillas.
Y cuando él se divorció de Olvido hace más de ocho años yo me instalé en el apartamento que alquiló durante un mes y le ayudé a decorarlo al mismo tiempo que por las noches le preparaba infusiones de melisa y pasiflora y le acunaba como hacía con mi hijo cuando era pequeño para que pudiese dormir.
Y nunca en todo este tiempo nos hemos sentido atraídos sexualmente. Para mi Abel es como los ángeles, no tiene sexo. Simplemente es Abel, mi amigo, mi hermano del alma, la persona a la que siempre puedo recurrir cuando estoy tan perdida que ni implantándome un GPS sería capaz de encontrarme.

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