21 de febrero de 2016

DICE ABEL 5


Dice Abel que el lenguaje procaz que uso tan solo con él es prueba de dos cosas: de que soy una maleducada y de que en el trabajo y en mi relación con el resto de los mortales me contengo tanto que sólo con él doy rienda suelta a mis más bajos instintos y me desquito. Muchas veces, más de las que quiero recordar, me ha llamado barriobajera.
La verdad es que en parte tiene razón, aunque no en lo de ser barriobajera. Con Abel soy tan yo misma que no me cabe ni el más nimio disimulo y si tengo ganas de decir que la madre de la novia que me obligó a cambiar cinco veces el menú es una grandísima zorra y una hijaputa, pues así lo suelto. A él eso no le gusta. Dice que no me sienta nada bien dejar salir a la luz mi lado oscuro y que debería canalizar de otra manera mis emociones.
Y entonces yo le digo que se calle la boca antes de que me descojone viva. ¿Cómo se pueden canalizar las emociones de otra forma? Acabaría en la cárcel. Porque lo que a mi me nace es agarrar del pelo a esa foca asquerosa y arrastrarla por el suelo hasta que termine con la cara ensangrentada, la nariz rota y una prótesis en la cadera. Y luego tal vez sacarla a la calle y rematar la faena pasando por encima con mi todo terreno. A ver, ¿no es más saludable a la par que sensato llamarla hijaputa?
Si no supiese que Abel ha nacido en la misma calle que yo, cuatro casas más abajo, juraría que es argentino. Nunca podría ser otra cosa más que psicólogo. Lo lleva pintado en la cara. En la cara y en todo su aspecto. La voz, para empezar. Tiene una voz muy bonita y viril, un tanto ronca, porque fuma como un carretero, pero con el tono y el matiz adecuado para que quien la escuche se sienta arropado y protegido. Luego, los ojos. Son ojos oscuros, aterciopelados, que miran a la gente de frente y parecen decir “ cuéntame tus problemas, tengo la solución para ti”. También ayuda mucho su pelo canoso, ni muy largo ni muy corto, y su barba de dos días, que le da un aspecto bohemio pero al mismo tiempo cuidado. Quizá el ser tan alto podría ser un problema, pero creo que no. Sus pacientes tienden a sentirse protegidos en su presencia porque emana de su figura una seguridad que se contagia.
Evidentemente, no le han visto como yo le he visto tantas y tantas veces. Abel es un completo desastre en muchas cosas. La primera de ellas es que vive en el despiste y desorden más absoluto. Nunca recuerda donde ha dejado las llaves, ni sabe si ha apagado el gas o se ha dejado un grifo abierto. Vive en su propio mundo y para él las cosas cotidianas son un lastre lamentable que de alguna manera intenta sobrellevar. Siempre tengo dos juegos de llaves de su casa, porque pierde las suyas de continuo. También tengo que controlar las fechas de la ITV de su coche o cuando le toca a él ir al médico. Aunque suene feo decirlo, hace un mes le arrastré de las solapas de la chaqueta al urólogo. Yo misma le pedí cita para que le revisasen la próstata, que está en una edad muy mala. El muy imbécil no quería ir porque temía que le hiciesen un tacto rectal.
Que alguien me diga si esos terrores no son propios de una persona que no sabe gestionar su propia vida, como él me ha dicho a mi tantas veces. Cuando salió de la consulta yo le esperaba en la cafetería del hospital y se tomó el café sin dejar de mirarme con inquina y sin dirigirme la palabra.
Solo se dignó a hablar ya dentro del coche, cuando yo maniobraba marcha atrás, lo cual se me da fatal, para salir del aparcamiento.
-Jamás te perdonaré esto Bebel.
Es el único al que le permito que me llame así. Mi nombre es Isabel, pero cuando era pequeña no sabía decirlo y lo pronunciaba como Bebel. Ya ni mi propia madre se acuerda, pero él si; en los momentos en que me odia mucho, como en ese justamente.
Pero como a mi me dan igual sus enfados no le hice el menor caso y para contentarle un poco le invité a que cenase conmigo. Me tomé la molestia de hacerle una lasaña, con lo laborioso que es, y no me dio ni las gracias, aunque el asqueroso se zampó dos platos y no protestó cuando le mandé un tupper para el día siguiente, con la amenaza bajo pena de muerte de traerme el envase de vuelta. En su cocina hay más utensilios míos que los que yo tengo en mis armarios. Un día de estos entraré con mi llave y cuando me lleve todo lo que es mío tendrá que comer en el plato del perro.

2 comentarios:

  1. Voy a mirar más bajo la falda de este blog..

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  2. Buenos días. Gracias por la curiosidad y bienvenido. No sé si hay falda bajo la que mirar, pero en todo caso...curiosea. Saludos

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