22 de febrero de 2016

DICE ABEL 6


Dice Abel que gran parte de mis problemas vienen de que no soy honesta conmigo misma ni con los demás y que por eso tengo mala conciencia. Se refiere a mi trabajo. Le parece imposible que alguien pueda dedicarse a crear para los demás una situación en la que no cree. Como de costumbre se pasa de listo y da muchas cosas por supuestas. Es ir demasiado lejos dar por sentado que tan solo porque yo me haya divorciado no crea en el matrimonio.
De hecho, considero que el matrimonio o la vida junto a alguien es una buena cosa, cuando sale bien. Algo así como ir de vacaciones y volver descansado. De toda la vida de Dios uno ha vuelto de las vacaciones hecho unos zorros y más cansado que antes de empezar. Pues con el matrimonio pasa algo parecido.
Además, hay pasteleros que prefieren comer salado y curas que han perdido la fe y siguen diciendo misa, o maestros que odian a los niños.
Yo hago muy bien mi trabajo y los novios se quedan encantados con la ceremonia y la fiesta que les preparo, por no hablar de los arreglos florales y el viaje de novios. Incluso he dado con el punto justo para que las bodas civiles resulten emotivas y dejen de parecerse a la firma de un contrato.
A nadie confesaría, ni bajo tortura, que en realidad es así como yo veo el matrimonio, como un contrato, que debería ser renovable cada año, y con las cláusulas debidamente revisadas.
Abel nunca sintió simpatía por Alberto, ni yo por Olvido, con lo cual estábamos en paz. Confieso que tampoco me gustaron nada las chicas que me presentó después de su divorcio, creo que dos o tres. Afortunadamente la relación no cuajó con ninguna de ellas. La primera se llamaba Delia y era veinte años más joven que él. Le solté una bronca impresionante y le pregunté si no veía el ridículo tan enorme que estaba haciendo; pero como buen representante de su gremio, del masculino, no del de los psicólogos, pensó con una cabeza que no es la que se asienta sobre los hombros. Así le fue. La niñata vivió un año entero a su costa, le sacó varios viajes y joyas carísimas y al final se largó con un francés al que conoció en uno de los cruceros que había pagado el tontaina de Abel.
¿Quién soportó sus diatribas y la cogorza que agarró? Yo, claro está. Todavía me duele la espalda de los esfuerzos de intentar acostarle, hasta que desistí y le dejé dormir en el suelo. Eso si, le tapé con una manta y le puse una almohada. También limpié la vomitona a la mañana siguiente.
La segunda era una de sus pacientes, lo cual no me pareció moral ni ético siquiera. Le amenacé con denunciarle al Colegio de Psicólogos. ¡Qué poco profesional! En su descargo he de decir que se liaron cuando ya habían dado la terapia por terminada, pero no importa. La cosa no pudo ir peor. Duraron tres meses porque ella no podía olvidar a su ex marido y lo único que buscaba era una venda con la que cubrir una herida que no había cerrado.
Un día mi madre tuvo la desfachatez de decirme que en el fondo no me gustaba ninguna chica que me presentase porque estaba celosa. ¡Qué tontería! Lo único que ocurre es que le conozco bien y me preocupo por él. Y también me mueve algo el egoísmo, si he de ser sincera. Si le va mal ya sé a quien le tocará luego recomponerle y consolarle.
Fruto de una de sus decepciones amorosas es que ahora nos repartamos a mi perro, como los divorciados la custodia de los hijos. Como Abel sufre de insomnio y se le agrava en las malas épocas, empecé a decirle que se llevase a Kaiser algún fin de semana, porque descubrí que cuando venia a mi casa y se acostaba en el sofá con el perro enroscado a sus pies dormía como un bendito. Después de tres años el perro divide sus cuidados entre ambos y solemos tenerle una quincena cada uno.
La verdad es que el nombre no le va nada. Hace pensar en un pastor alemán imponente y sin embargo es un mestizo blanco y negro de apenas seis kilos, con las orejas en punta y unos preciosos ojos color miel. Entre Abel y yo le tenemos tan consentido como unos padres tardíos a un bebé que se ha hecho de rogar. Somos Papi y Mami, con todo lo que eso conlleva, fotos incluidas. El perro tiene un book que para sí querrían muchas modelos.
Aunque en cada traslado el perro viene con su cama, en las dos casas duerme en la nuestra, y come comida de humanos. Solo le falta que se la sirvamos en platos de porcelana, aunque sospecho que Abel si lo hace. Kaiser es quien manda en las dos casas y nosotros somos sus fieles vasallos. Yo lo he aceptado; Abel todavía usa subterfugios y se niega a reconocer que el perro es quien dirige nuestras vidas.

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