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DICE ABEL 7



Dice Abel que en vez de un chico debí haber tenido una niña, que nos daría menos disgustos.
No sé si estoy de acuerdo, la verdad; pero en todo caso como Pablo ya tiene 23 años no creo que podamos ir a reclamar a la sala de partos por si nos han dado un cambiazo.
Cuando repaso mi vida y la de mi hijo he de reconocer que siempre ha estado más presente Abel en ellas que el propio Alberto, ya desde el momento del parto. Alberto fue, por decirlo de manera suave, un padre ausente. Nunca tuvo tiempo para ir a una reunión de profesores, ni a la función de final de curso, ni llevó nunca a su hijo de paseo. Siempre estaba en su despacho, creando casas para ricos muy caprichosos o en reuniones con otros ricos todavía más caprichosos, o en viajes de trabajo, sabrá Dios con quien.
Fue Abel quien le enseñó a Pablo a montar en bicicleta y quien le llevaba cada domingo al fútbol, a ver perder al equipo local. También era Abel quien le aplaudía a rabiar en aquella función de Navidad de primer curso, aunque mi hijo hiciese tan solo de oveja.
Alberto nunca protestó por todas esas cosas; creo que en el fondo le resultaba cómodo porque a él le aliviaba de algo que veía como un tremendo deber, y yo me mantenía callada y no le reprochaba nada. Olvido, sin embargo, no estaba muy contenta con la situación. Ella no quería tener hijos pero le parecía mal, y no la culpo, que su marido se ocupase del mío.
Igual Abel y yo hemos sido siempre unos inconscientes y unos egoístas, y hemos hecho daño a las personas que teníamos al lado, porque la pobre Olvido no debía quedarse muy feliz cuando los dos llevábamos a Pablo al parque o a la playa. Ella también estaba invitada, como es lógico, pero no quería acompañarnos.
Mi hijo siempre se dirigió a Abel como Tito, y ahora ya le llama Tío Abel, creo que porque lo de Tito le da vergüenza, aunque se le escapa cuando estamos solos. Pero nunca le llamó tía a Olvido. Una vez lo intentó y ella le detuvo, diciéndole que no era su tía y que por lo tanto con que la llamase por su nombre era suficiente.
El desánimo de Abel ahora mismo viene de que Pablo, ya con la carrera de Derecho terminada, ha decidido hacer un máster carísimo de dos años que no sé muy bien para qué le servirá, en vez de buscar trabajo, como hace todo hijo de vecino. A su padre le da igual; él se limita a darle una cantidad de dinero al mes y cree que ya ha cumplido. Yo he montado en cólera y estuve sin dirigir la palabra a mi hijo durante dos semanas. Abel, como siempre, ha intentado hablar con él, pero ayer cuando vino a cenar a casa se quejó amargamente.
-Yo no sé qué hemos hecho mal con este chico. ¿Pues no me ha dicho que yo de esas cosas no entiendo y que me dedique a mis tarados? Fíjate lo que te digo Isabel, una niña hubiese sido más manejable y sobre todo sería más cariñosa conmigo.
Le serví la sopa y no le contesté; creo que él tampoco esperaba que lo hiciese. Por un momento me salí de mi misma y vi la situación desde fuera. No me extrañaba nada que la gente que no nos conocía pensase que estábamos casados. Es que esta era la conversación de un matrimonio agobiado por los problemas de los hijos, que como bien sabemos todos, son unos desagradecidos. Yo siempre he sostenido que saldría más a cuenta criar a una piara de cerdos. Y mi madre lo ha dicho ya antes que yo, y supongo que también mi abuela.

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