24 de febrero de 2016

DICE ABEL 8



Dice Abel que tengo la manía de ser como esas Mammas italianas que sólo están felices cuando sientan a su mesa a ocho o nueve hijos con sus respectivos cónyuges y una caterva de nietos y les llenan a todos la tripa de espaguetis. La verdad es que mucha pinta de italiana no tengo. Ellas, que yo sepa, no suelen ser pelirrojas con ojos grises y la cara llena de pecas. Pero si reconozco que me encanta dar de comer a la gente, a mi gente.
Al propio Abel, sin ir más lejos. Como tengo llaves de su casa, dos veces por semana entro y le lleno la nevera de envases con comida recién hecha para que luego la caliente y se alimente de una manera decente y normal. Confieso que experimento con él recetas nuevas que saco de revistas de cocina o directamente de internet. El pobre no se queja, aunque tampoco me haya dado nunca las gracias. Creo que considera que forma parte de mis obligaciones.
En una ocasión me enfadé con él a cuenta de un rollete que tuve, porque me niego a darle el calificativo de novio, y estuve diez días sin dejarle comida en la nevera. Aún sin hablarnos vino a mi casa y me reprochó que no le alimentase porque literalmente se estaba muriendo de hambre. Estaba tan enfadada por su actitud y sobre todo porque al final resultó que tenía razón y el desgraciado aquel me había mentido y tenía esposa y gemelos de cinco años, que me quité los tacones que llevaba puestos y se los tiré a la cabeza. Nunca he tenido buena puntería, pero acerté y le hice sangre.
Él se quedó apabullado y sin moverse, supongo que asustado por mi ataque de ira asesina. Y yo, llorando como una Magdalena de puro arrepentimiento, fui al baño en busca del botiquín. Terminamos la noche dormidos en mi cama, yo con los ojos hinchados de tanto llorar y él harto ya de consolarme, con el perro en medio de los dos, mirándonos con cara de “¿Qué habré hecho yo para que me hayan tocado estos descerebrados?”
Creo que Kaiser y Pablo, cada uno en su nivel, son nuestros mayores lazos de unión. Cuando mi hijo tuvo un accidente con el coche y me llamaron de madrugada no acudí a su padre como hubiese sido lo más lógico, sino que llamé a Abel y él me recogió en menos de cinco minutos y ambos fuimos juntos a Urgencias. A pesar de todos los pesares, de sus defectos y manías y de que en ocasiones siento deseos de matarle, con una muerte agónica, lenta y dolorosa, sé muy bien que él es el eslabón que me enlaza con la cordura y con la vida.
Crecimos juntos, hemos llorado y reído juntos y él me ha visto en mis peores momentos, al igual que yo he estado a su lado cuando no podía más . Nada une tanto como el dolor. Abel es a quien acudo cuando siento que no puedo con la vida. Nunca he pensado que pudiese faltarme. Me he divorciado y ya apenas me acuerdo de Alberto, que se ha casado de nuevo y hasta ha tenido un bebé; he perdido a mi padre y sé que tarde o temprano me quedaré también sin mi madre. También sé que Pablo hará su vida y vendrá a verme de vez en cuando, o no, dependiendo de la necesidad que tenga de dinero, comida o ropa limpia, en este orden. Pero me niego a imaginar siquiera que pasen dos días sin ver a Abel o al menos discutir con él por teléfono o whatsapp.
Sé que a veces me comporto con él peor que una esposa gruñona, pero en el fondo me lo agradece. Hace ya tiempo que hemos decidido que cuando tiene que comprarse ropa formal para cualquier acto al que tenga que acudir, él sólo tiene que poner su cuerpo para probarse camisa y traje, y la que decide soy yo. Lo único que a veces dejo que elija son las corbatas, y no siempre. Tiene un problema; no coordina bien los colores y ya ha ido a varias conferencias, cuando yo no supervisé su aspecto, hecho un cromo. Y yo paso unos sofocos tremendos cuando le veo así. Por no hablar de que nunca se ata bien los cordones de los zapatos y a punto hemos estado de tener un disgusto. Por suerte ha entendido que hay cosas de su vida que tengo que controlar yo para que vayan bien. A cambio yo admito que me suelte peroratas larguísimas sobre lo que tengo o no qué hacer y como he de enfocar mi vida. No me cuesta trabajo. Finjo escucharle y al final hago lo que me da la gana. Él se da cuenta pero en el fondo está contento porque eso le da motivos para regañarme cuando me equivoco en mis decisiones y empezar con el consabido “Bebel...ya te lo decía yo”. Cuánto le odio en esos momentos, Dios mío...

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